Ha tenido que esperar a su discurso de despedida como presidenta del partido, tras la asamblea denominada de refundación de la formación, para admitir su fracaso al frente de Ciudadanos. Se ha resistido Inés Arrimadas a irse hasta que, presionada por muchos cuadros dirigentes y quien sabe si incluso por los acreedores de la formación naranja, ha lanzado la toalla y ha dado paso a una elección bastante irrelevante de sucesión que ha ganado la mallorquina Patricia Guasp. Se cierra definitivamente la etapa de un partido que tuvo al alcance la gloria con Albert Ribera, y que el abogado barcelonés y Arrimadas han situado al borde de la extinción en una de las peores gestiones del poder que se recuerdan. El odio a todo lo catalán los hizo atractivos en Madrid, que los cautivó primero y los mató después, una vez el trabajo para el que fueron alimentados económicamente ya no fue necesario.
Ciudadanos es la enésima prueba de un artefacto electoral alimentado el tiempo necesario y dejado caer cuando ha sido necesario. Sirvió mientras hizo bondad y pereció cuando se creyó lo que no era, una alternativa. Al final, y es importante retenerlo, Ciudadanos venía de Barcelona, y Madrid tiene su propio ecosistema político repartido entre PP y PSOE, y al régimen de la transición le viene muy bien esta distribución de papeles. Ribera y Arrimadas son las últimas víctimas de este Madrid que tiene sus propias reglas y que emboba a quien no ha tratado nunca con ellos. Es una lección que se acostumbra a olvidar en el trayecto del puente aéreo, en los despachos del poder capitalino, entre algunos pocos ministerios y empresas del Ibex, mientras se ignora, la mayoría de las veces, que el deep state ya ha hecho su elección.
Es ese poder el que decide, por ejemplo, que el Supremo se va a pasar por el forro la reforma del Código Penal de la malversación, ya que el poder ejecutivo y el poder legislativo no les van a decir que es lo mejor para España. Ribera y Arrimadas han sido meras marionetas y ahora es el tiempo de Vox, no el suyo. En cualquier caso, tampoco van a tener quien les llore. Hay pocos ejemplos de partidos tan destructores de la convivencia como ellos y su campaña en Catalunya de esta última década lo certifica. Un partido político debe tener una ideología, un programa político no debe ser un colectivo alimentado exclusivamente por el rencor.
Arrimadas tenía que haber dimitido hace mucho tiempo. Los resultados electorales le obligaban a ello después de que las elecciones autonómicas que se han celebrado en los últimos tiempos -Madrid y Andalucía, entre otras- le hayan dejado con el contador de diputados a cero. A un poco más de cuatro meses de las municipales y autonómicas del 28 de mayo, las expectativas no son mejores. En Barcelona, por ejemplo, las encuestas no le otorgan representación municipal en la capital. Esa es la herencia de un barco que no ha hecho sino perder tripulación desde hace mucho tiempo.
