Con la elección de Ernest Maragall como candidato de Esquerra Republicana a la alcaldía de Barcelona -hace unos días los comunes hicieron lo propio con Ada Colau, una vez la alcaldesa hizo pública su voluntad de repetir después de dos mandatos- las elecciones municipales se sitúan claramente en primer lugar de la agenda política de los próximos meses en Catalunya, de la misma manera que en España también sucederá una vez se despeje del horizonte las importantes elecciones para Pedro Sánchez que se celebrarán en Andalucía el próximo 19 de junio.
Maragall, a sus 79 años, afronta un reto nada fácil, como es conservar la primera posición que alcanzó en las municipales de 2019. A diferencia de hace tres años en que el pacto de los despachos del Upper Diagonal abrió las puertas de par en par a un segundo mandato de Colau, a través de un insólito acuerdo entre la alcaldesa y Manuel Valls, el fracaso de los que propiciaron aquella operación, que ha resultado tan negativa para la ciudad, le aseguraría, seguramente, la alcaldía a Maragall si volviera a quedar primero. Las encuestas le sitúan en cabeza, pero aún hay mucha tela que cortar y quien sabe si alguna sorpresa significativa entre los candidatos que restan por oficializarse.
Entre los que deben despejar la margarita está el PSC, que aunque mantiene a todos los efectos a Jaume Collboni como su alcaldable, tiene en la recámara varias apuestas como, por ejemplo, la de Miquel Iceta, por si hubiera que realizar una apuesta más reconocible por el electorado. Ya lo hizo el PSC unos meses antes de las últimas elecciones catalanas desplazando a Iceta a Madrid y situando a Salvador Illa como candidato, y el resultado logrado hace ahora algo más de un año se saldó con un balance positivo, ya que lograron la primera posición, algo que no sucedía desde los tiempos de Pasqual Maragall.
En esta carrera por la capital quien anda más retrasado y tiene peores expectativas es Junts per Catalunya. La retirada de Elsa Artadi, el congreso del partido -que se celebrará el próximo sábado- y los cambios en la dirección han aplazado sine die cualquier novedad importante. Nada apunta, tampoco, que se resuelva en unas pocas semanas, a diferencia del trabajo que sí han realizado en el territorio, tejiendo desencuentros históricos con la práctica totalidad de alcaldes que aún se mantenían fieles al PDeCAT. Borràs y Turull se encuentran aquí un trabajo de pegamento realizado por Sànchez y Saldoni, y que tiene su importancia pensando en diputaciones y consejos comarcales.
Si los partidos catalanes empiezan a calentar motores a un año de las municipales, en España la partida electoral se juega dentro de tres semanas en Andalucía. Después de las derrotas en Madrid y Castilla-León, una tercera derrota para Pedro Sánchez, en lo que históricamente había sido el granero electoral socialista, será un plato de difícil digestión. Serían tres derrotas socialistas y tres victorias del PP, un auténtico impulso para que Feijóo se sitúe en el camino hacia la Moncloa. Como ya se vio en Castilla-León, la dependencia del PP de Vox genera mucho ruido pero poco más, sobre todo cuando incluso el PSOE ha normalizado votar junto a la ultraderecha en los últimos tiempos en el Congreso de los Diputados. La última vez, en la votación de la comisión de investigación sobre Pegasus.
