Se despertaba el día desabrido y con el cielo tapado para saludar lo que se había bautizado, por dimensión, como el "Sant Jordi más grande de la historia". A priori, un tiempo que no hacía justicia a la categoría. Pero eso no parecía inquietar al escritor Andreu Claret, premio Ramon Llull por París érem nosaltres (Columna), que afirmaba, a primera hora de la mañana, que era el tiempo perfecto para una jornada larga. "Mejor que no haga calor", advertía con el ojo experto de quién ha vivido muchas.

Después de un Sant Jordi confinados, el otro con las restricciones de la pandemia y el pasado de la granizada, tocaba reencontrarse con la normalidad de la fiesta. Los paradistas de la ciudad acababan de colocarse en las aceras de las calles, en la supermanzana de Passeig de Gràcia sonaban los primeros gritos de 'en tres eurillos la rosa' y los paseantes empezaban a llenar la zona designada para editoriales y librerías, que repetía del año pasado todo y que con algunas modificaciones.

Después de un Sant Jordi confinados, el otro con las restricciones de la pandemia y el pasado de la granizada, tocaba reencontrarse con la normalidad de la fiesta

En la Diagonal, Gemma Ruiz se encomendaba a sus bambas y a las nueces que llevaba para poder aguantar la jornada: "Espero que las pilas me duren mucho", decía a con una sonrisa esperanzada. Nuevos también llevaba a Gemma Ventura, galardonada el año pasado con Josep Pla por La llei de l’hivern (Destino), que confesaba vivir con mucha ilusión su primer Sant Jordi como escritora, hasta asegurando que no había conseguido "prácticamente dormir".

"Hoy gana todo el mundo" recordaba Ruiz, que con Les nostres mares (Proa, Premio Sant Jordi), promete ser una de las autoras más vendidas de la jornada. Y reunía protagonismo a la periodista también en el acto oficial del Ayuntamiento de Barcelona en el Palau de la Virreina, donde ha sido la pregonera, después de serlo ayer en el Salón de Cent en el pregón del Consorcio de Bibliotecas. Hoy, Ruiz no ha fumado el puro que ayer le sirvió para reivindicar la memoria de la novelista Maria Aurèlia Capmany. La aparición estrella ha sido su tortilla de patatas, que ha mencionado delante de un palacio lleno de personalidades, periodistas y autores.

Encuentro de escritores y escritoras en el Palau de la Virreina / Foto: Montse Giralt

"El año pasado vinieron a mi casa los escritores de la residencia literaria internacional de Vil·la Joana", explicaba Ruiz, y mientras les hacía una tortilla de patatas, les pregunté cómo se lo hacían para ganarse la vida escribiendo en sus países. El desconcierto de los autores y autoras ante la pregunta, le hizo evidente la difícil realidad de la literatura catalana, en una nación "sin estado" y con un mercado pequeño. Pero Ruiz explica que ante la envidia por las becas que los creadores reciben en otros países, contraatacó presumiendo de la unicidad Sant Jordi. La festividad como refugio.

Según la alcaldesa Ada Colau, Sant Jordi no solo es la fiesta más bonita del mundo, sino también una fiesta "de la empatía y el amor hacia los otros. Lo ha dicho mientras exhibía fraternidad transfronteriza con Yolanda Díaz, que también hacía acto de presencia en el Palau de la Virreina vestida de rojo de rosa. Se nota, pues, que Colau no ha entrado en Twitter la semana previa a Sant Jordi siguiendo la tensa polémica en torno a la lengua y de Consum preferent de Andrea Genovart, el último premio Anagrama. Seguro que hubiera matizado el punto de vista.

Colas para las firmas y un Paseo de Gracia lleno

Las colas delante de los escritores que firmaban empezaban a ocupar el Paseo de Gracia, algunas incluso alargándose hasta tres travesías, como la de Alice Kellen. ¿Quién? Os preguntaréis. Pues, una autora bestseller de novela juvenil que genera absoluta devoción entre los adolescentes. Y es que la fiesta también sirve para comprobar la capacidad de convocatoria de algunos autores que acostumbran a estar fuera de determinados focos mediáticos, como si estallaran la burbuja.

La festividad ha dejado también escenas que parecían sacadas de una película dirigida conjuntamente por Berlanga y David Lynch. Un ejemplo, la de Xavier Graset poniéndose unas braguitas por encima de los pantalones en el escenario de Catalunya Ràdio; braguitas que le había dado, claro está, Regina Rodríguez Sirvent, autora de Les calces al sol (La Campana), uno de los otros títulos destinados a destacar en las listas de ventas. Demostraba que aquello que había dicho a este medio entrevista, "Xavier Graset y sentido del ridículo no van de la mano", no era ninguna exageración.

En el de Rac1, hacían acto de presencia los miembros del podcast 'La Sotana' que se conjuraban por superar a Xavier Sala i Martín en la categoría de no ficción con su Enciclopèdia del Barça (Blackie Books). "Esconded los suyos en las paradas y poned el nuestro encima, que se vea más," pedían al público. Como decíamos, la fiesta de la empatía y el amor hacia los otros.

Éxito internacional de la literatura catalana

También se conjuraba Eva Baltasar, uno de los nombres destacados de la actualidad literaria de los últimos días. Boulder, su segunda novela, ha sido el primero en catalán a ser nominada en la shortlist del premio Booker International, un éxito indiscutible. Mientras espera la resolución del premio el día 23 de mayo, saboreaba la consecución en un brindis en la parada de Club Editor. Por suerte, asegura que no es "de las que se pone nerviosa" y que, gane o no, el trayecto de Boulder "ya habrá sido fantástico". La ayuda a conservar la calma seguir escribiendo en su nueva novela, que, a pesar de no tener todavía fecha de salida, explica ya tiene muy adelantada|avanzada.

Brindis d’Eva Baltasar en la parada de Club Editor por la nominació al Booker International / Foto: Montse Giralt / Foto: Montse Giralt

Los escritores, contentos, cansados y algunos incluso agobiados se sueltan durante el día y confiesan cómo viven la festividad. Marta Orriols, explicaba que el contacto con los lectores de la festividad hace que el hecho de escribir tome sentido: "el calor es un empuje a seguir escribiendo porque ves que a la gente le está gustando". Y añadía que disfruta cuando la gente "les explica historias o por qué regalará el libro a alguien próximo".

También compartían los trucos y consejos de los que lo viven a su lado. Un autor, confesaba la importancia de no beber demasiado cuando tienes que firmar, por la dificultad de interrumpir la tarea para encontrar un lavabo, mientras pedía disculpas por ser "prosaico". Una opinión que compartían otros dos escritores, que, unos metros más allá, comentaban exactamente lo mismo. Lo hacían no muy lejos de paseantes que, por su parte, se preguntaban si los autores "habían invertido en teletransportación" para ser capaces de pasar de una parada a otra en cuestión de minutos. Cosas de la magia de la fiesta.

Algunos escritores habían apostado con sus editores a que no firmarían más de un libro por parada, otros no habían parado de hacerlo

Algunos escritores habían apostado con sus editores a que no firmarían más de un libro por parada, otros no habían parado de hacerlo. Todos, sin embargo, se mostraban contentos de haber recuperado el esplendor colectivo de un Sant Jordi que ha recuperado las masas y la normalidad de los años anteriores, por delante de una pandemia a quien todo el mundo empieza a mirar por el retrovisor.