El título de la obra de Guadalupe Sáez, Tinc un bosc al cervell, ya apunta hacia un territorio espeso, denso, laberíntico, lleno de sombras y difícil de atravesar: un espacio mental repleto de ramificaciones, caminos que se bifurcan, donde los pensamientos se entrelazan, el miedo arraiga y donde es fácil perderse. En este universo inquietante se adentra Rosa Boladeras (Terrassa, 1972) bajo la dirección de Alícia Gorina, asumiendo el reto de un texto que oscila entre el thriller y la poesía. A través de una multiplicidad de personajes, la actriz transita por la pérdida y la culpa, y por todo aquello que cuesta decir. 

Rosa Boladeras en una escena de 'Tinc un bosc al cervell' / Foto: Kiku Piñol

Para situar al lector, y de una forma muy resumida, Tinc un bosc al cervell cuenta la historia de una mujer que se despista un momento con el móvil y pierde a su hijo de siete años en un castillo hinchable dentro de un centro comercial, durante la víspera de Navidad. La propuesta de Guadalupe Sáez se construye sobre la ausencia: ¿Crees que es posible olvidar? ¿Crees que debemos olvidar según qué? ¿Cómo gestionas el dolor, cómo reparas este dolor? En el escenario, ni rastro físico del castillo hinchable ni de los espacios que evoca el texto; todo pasa por el filtro de la palabra y la imaginación, activada sobre todo por la interpretación de Rosa Boladeras. La actriz inicia el trayecto como jefa de un departamento dedicado a personas desaparecidas, en una cápsula de cristal que transmite claustrofobia y retiene la angustia, el dolor y el miedo de una madre que ha perdido a su hijo entre la multitud. Es por eso que los espectadores siguen la obra con auriculares durante buena parte de la función, cosa que permite sentir las respiraciones de la actriz, incluso los latidos de su corazón, y entrar dentro del "bosque" de una forma mucho más íntima. Más allá de la puesta en escena, Sáez crea un universo de miedos muy universales: el miedo de perder a alguien, la imposibilidad de olvidarlo, la incapacidad de pasar página, la culpa intrínseca de esta pérdida, y pone de manifiesto el desequilibrio social que hay entre la maternidad y la paternidad.

Boladeras sostiene el conjunto con una interpretación sólida y dúctil: transita del dolor contenido a momentos de desinhibición, y construye personajes con una precisión que combina voz, cuerpo y matiz, culminando en un monólogo final que concentra buena parte de la carga emocional de la pieza. A su lado, tres intérpretes jóvenes (en realidad son seis, porque los menores no pueden trabajar tantos días seguidos) aportan una energía inesperada. Rosa Boladeras es inmensa, tiene un currículum infinito, con registros cómicos (cómo olvidar a Sònia Polanco de 7 de notícies y 7 de nit o a Hermínia en Temps de Silenci) y registros más dramáticos como esta interpretación o la anterior Tallar-se un peu amb una motoserra, también en la Sala Beckett. Actualmente, la podemos ver en la serie diaria Com si fos ahir de 3Cat, donde coincide con sus dos hijas, Sara Diego (30 años) y Carlota Keiko (17 años). Boladeras no solo es actriz, sino que también se dedica a la política municipal; actualmente ejerce de concejala de cultura en el Ayuntamiento de Terrassa, aunque ha renunciado al cargo "por un tema de conflicto de intereses", pero antes terminará el mandato. En esta entrevista hablamos sobre el viaje interpretativo que propone esta obra y sobre los límites emocionales que atraviesa.

Cartel de la obra 'Tinc un bosc al cervell', con Rosa Boladeras como protagonista

Interpretas a una mujer que transmite la angustia, el miedo, el pánico y el dolor de un duelo que queda abierto, que no puede cerrar. ¿Qué es lo que más te ha impactado de esta madre?
No quiero ni pensarlo, pero creo que es importante visibilizarlo. Los datos (de los niños desaparecidos en el mundo) son muy bestias. Y creo que es uno de los dolores más grandes que existen. Y no sé cómo se puede gestionar, lo desconozco, es duro y pienso que debe necesitar un proceso largo. A mí me provoca una absoluta admiración y ternura por todas las personas y todas las familias que sufren o han sufrido una situación similar. Hay un momento de la obra en que hago una especie de reconocimiento a estas personas que no sabemos dónde están. Y eso es una de las cosas que más me ha impactado, de tener el privilegio, el placer y la suerte de poder hacer de canal con todo ello. Y también lo duro que es enfrentarte a las instituciones, a la justicia, a la policía, de tener que justificar por qué pasó, cómo pasó, si miré el móvil un segundo o no. Ha habido una falta de recursos, en este sentido, en acompañamiento a las familias, porque son cosas que, dentro de la sociedad, no se tratan con suficientes recursos. 

En alguna ocasión has explicado que eres adoptada y ya de adulta has decidido buscar tus orígenes y has encontrado tu familia biológica. En esta obra, la protagonista es una madre que pierde a su criatura y convive con la aceptación, la pérdida y la culpa. ¿Este personaje te ha conectado o te ha hecho pensar en tu madre biológica?
No, tengo que decirte que no. Con el tema de los niños, no, porque no tiene nada que ver con mi historia. Pero sí que conecto con la cuestión de la memoria. Es algo que le preocupa a la documentalista, que es: “¿Crees que es posible olvidar? ¿Crees que debemos olvidar según qué? ¿Cómo gestionas el dolor, cómo reparas este dolor?"

¡Cómo nos cuesta a las mujeres no sentirnos culpables!

¿Piensas que la protagonista sufre más por la pérdida o por la culpa?
Va muy junto. Uy, la culpa, es que la culpa, tela, ¿eh? Las mujeres con la culpa, madre mía, cómo nos cuesta, cuando nos dan voz, decir las cosas. Cómo nos cuesta no sentirnos culpables. Te acabas haciendo toda tu justificación: “Si yo no hubiera hecho...” Y cuando en realidad dices: "Hostia no, aquí te han estado destrozando, aquí hay una institución muy bestia que te está machacando, una sociedad que te está destrozando" y tú todavía estás ahí intentando sacar adelante algo, sin sentirte culpable.

Rosa Boladeras en la Sala Beckett / Foto: Alba Richart

La obra refleja muy bien el desequilibrio entre la implicación de las madres y los padres a la hora de criar a los hijos. Tú interpretas muchos personajes, pero principalmente el de una mujer que se esfuerza mucho por la educación de su hijo y, a pesar de ello, la juzga una sociedad entera. ¿Crees que se juzga igual a los padres y a las madres a la hora de educar a los hijos?
No, no. Desafortunadamente, todavía estamos muy desequilibrados. Poco a poco, no podemos desistir. Forma parte de toda la lucha feminista que desde hace muchos años es una resistencia constante, es muy cansado porque es mucho más fácil llegar a un momento de decir: “Tiro la toalla”. Pero no, se tiene que seguir batallando con todo ello, porque tenemos que dar ejemplo a nuestros hijos. Es la única manera que nuestros hijos e hijas podrán romper el patrón, marcar los límites, poner los puntos sobre las íes, no dejarse embaucar por manipulaciones. No podemos desistir porque hay mucho sufrimiento, hay mucha violencia todavía con muchas parejas, con muchas exparejas. Si nos unimos las mujeres, somos más de la mitad. Y entre nosotras y los hombres que también tienen esta conciencia, yo creo que esto lo tenemos que sacar adelante.

Rosa Boladeras en una de las escenas de 'Tinc un bosc al cervell' / Foto: KikuPiñol

Cuando a ti te han devastado el alma de una manera tan fuerte como puede ser este tipo de pérdida, al final, o te mueres o poco a poco la hierba vuelve a crecer 

Hay datos que reflejan que los adolescentes de ahora sienten que el feminismo ha ido demasiado lejos. A tu hijo, por lo que explicas, lo has educado en el feminismo.
Sí, sí, sí. En casa, todas somos mujeres. Y ha crecido con mi madre, conmigo y mis otras dos hijas. Entonces, esto lo ha tenido a flor de piel, pero aparte, ha tenido mucho esta conciencia, siempre ha trabajado como voluntario en la educación en el ocio, y sí, yo creo que los jóvenes de hoy han tenido que buscar mucho su nuevo camino y han ido a charlas y han hablado de nuevas masculinidades.

Es una obra que requiere mucha concentración porque interpretas muchos personajes y muy intensos. Debes acabar reventada.
Sí, acabo reventada. Interpretar siempre es reventarse, como diría Sarah Kane en Blasted. O sea, haciendo una comedia o un drama, emocionalmente tú te tienes que implicar. Dicen que esta profesión, después de los astronautas, es la que más concentración requiere, porque realmente tienes que estar tan, tan, tan absolutamente ahora y aquí! Tienes que estar con tu personaje, pero también tienes que tener un cierto control del espacio de los compañeros y del recorrido.

Este espectáculo tiene un elemento original que son los auriculares a través de los cuales los espectadores escuchan todo lo que pasa encima del escenario. ¿Te distraen las luces que hacen?
¡Para nada!

Los auriculares para seguir la obra 'Tinc un bosc al cervell / Foto: Alba Richart

Hago una especie de ruiditos que me ayudan a entrar dentro de esta fantasía. Es una experiencia auditiva, una especie de ASMR

¿Y cómo es esta experiencia?
Es un código que no es nuevo, que ya se ha usado, pero no es habitual. Es singular, y es una experiencia nueva para muchísima gente. Y, claro, te permite jugar con muchas cosas, con tu respiración, con tus murmullos, incluso con un eructito, si quieres. Por ejemplo, es una tontería, pero al principio de la función, que hay un momento que representa que la documentalista se conecta, tiene una especie de esencia de médium. Siempre había oído decir que las médiums hacían muchos eructos. De una manera muy discreta, porque es una cosa muy mía, hago una especie de eructitos que me ayudan a entrar dentro de esta fantasía. Es una pasada tanto para el intérprete como para el público, porque es una experiencia auditiva, una especie de ASMR. Es como si de repente hubiéramos aterrizado en Marte y tuviéramos un público con todo de cascos de color verde. Como intérprete es una experiencia gustosa.

Rosa Boladeras en 'Tinc un bosc al cervell' / Foto: Kiku Piñol

De alguna manera, los auriculares te ayudan a adentrarte en este bosque y en este cerebro del título. ¿Cómo interpretas este bosque?
El bosque que explica Guadalupe Sáez, la maravillosa autora contemporánea, es tenebroso, asfixiante, oscuro, esta sensación de espesor, de sentirte desamparado, perdido, un agujero muy grande, que yo entendía que esa es la sensación que a ella le daba, pero hay otra sensación al final de la obra: el último rayo de sol es verde. De alguna manera, cuando a ti te han devastado el alma de una manera tan fuerte como puede ser este tipo de pérdida, al final, o te mueres o poco a poco la hierba vuelve a crecer. Si consigues superar este incendio, poco a poco tiene que volver a nacer el verde.

Además de actuar en el teatro, lo compaginas con la serie diaria Com si fos ahir donde coincides con tus dos hijas. ¿Cómo es eso de trabajar con familia?
Yo no soy la directora de TV3, yo no soy la productora ni soy la directora del programa Com si fos ahir. El tema es que si estás dirigiendo una institución pública o estás en un espacio de poder y pones a tu familia, entonces tienes un conflicto de intereses y es algo grave. Mi hija mayor, Sara, entró cuando tenía 21 años, ahora tiene 30, su personaje entró, salió, ha ido haciendo sus cosas. Al principio mis hijas decían: “No quiero decir que soy hija de Rosa, porque yo quiero hacer mi propio camino”. Sara no lleva mi apellido, por lo tanto, ella ha ido haciendo sus cosas. Carlota igual, no lleva mi apellido precisamente por eso, porque también hay un peso. De repente a Carlota le llegó el casting en su escuela de teatro, se lo preparó con Sara, que no sabía ni para qué era, porque hace mil castings y ha ido así; y cada una tiene una trama diferente y es guay encontrártelas y quizás nos seguiremos encontrando o quizás no. 

En la obra, que es un gran drama, estás magnífica, pero siempre te he relacionado más con la vertiente cómica. ¿Con qué te sientes más cómoda?
A mí me gusta todo. Me gusta el cine, me gusta la televisión, me gusta el teatro, me gusta la comedia, me gusta el drama, me gusta todo a la vez y de todas las maneras. Yo empecé muy dramática. Primero, haciendo teatro de calle, una de las épocas más divertidas de mi vida y qué aventuras con mis amigos de Terrassa y Sabadell, y después nos juntamos con unos de Girona, hacíamos bolos y era muy divertido. Una época preciosa. Posteriormente, fui a l'Institut del Teatre y entonces empecé haciendo dramas en el Teatre Nacional, y hubo un momento que hice una obra que se llamaba Olors con la gran Rosa Maria Sardà. Había una escena en la que me tenía que tropezar, porque representa que iba bebida, y hubo un director que me dijo: "¿Sabes que tú tienes mucha vis cómica, lo sabes"? Y digo: "Ah, ¿sí?, no lo sé, siempre me ha tocado hacer la más desgraciada". No sé cómo fue, me cogieron para hacer una comedia. Después aquí vino Carles Capdevila y Toni Soler. Carles Capdevila era el que hacía el casting para el programa de Toni Soler. El maravilloso Carles Capdevila. Aquí empezó una época más cómica. Y de vez en cuando también alguna tragedia. Quiero decir que, no lo sé, va como va, venga lo que sea, ¡estamos contentos!