Zaragoza, 12 de noviembre de 1591. Hace 435 años. Un cuerpo de 12.000 Tercios de Castilla, comandados por el capitán general Alonso de Vargas, entraban en Zaragoza y acababan con la rebelión llamada Alteraciones de Aragón. Un conflicto político y jurídico entre las instituciones de autogobierno aragonesas y el poder central de la monarquía hispánica, que culminaría con esa acción de fuerza. Solo ocho días más tarde, el 20 de noviembre de 1591, el rey hispánico Felipe II ordenaba la decapitación de Juan de Lanuza, el Justicia de Aragón, una institución capital en el entramado político aragonés, recogida y contemplada en los Fueros de Aragón, las constituciones que habían regulado la vida política y jurídica del reino aragonés prácticamente desde su fundación (siglo XII). Pero, ¿es en ese momento cuando Aragón empieza a no ser Aragón?
¿Qué era el Justicia de Aragón y qué supuso la decapitación de Lanuza?
La decapitación de Lanuza no supondría la desaparición de la figura y de la institución, pero sí quedarían muy limitadas. Y esto, para la sociedad aragonesa, representaría un golpe durísimo, ya que el Justicia había sido una figura reconocida por todos como el mediador en los conflictos políticos (inicialmente, entre el rey y la nobleza y, posteriormente, entre todos los corpus sociales del reino). Y también se le había reconocido como el representante del poder real en las Cortes aragonesas en ausencia del monarca. Por lo tanto, el Justicia era una figura y una institución capitales en el entramado político aragonés: era la voz del poder real (ausente de Aragón desde la unión dinástica con Barcelona, 1150) instituida —por ley— en la persona de un natural del país (esto era importantísimo), y era también la representación de la soberanía y la independencia jurídica de Aragón.
La decapitación del Justicia: el principio del fin
La ocupación hispánica de Zaragoza y la decapitación de Lanuza eran la culminación de un largo conflicto, que se remontaba a la coronación del autoritario e integrista Felipe II y el cambio de paradigma centralista de la cancillería hispánica (1556), que se había precipitado con la crisis provocada por Antonio Pérez del Hierro (1591), el polémico primer ministro, quien, acusado de tramar un asesinato, había escapado a Aragón y se había amparado en la justicia independiente aragonesa. Pérez haría buena la idea que ensalzaba esta independencia: “no vendrán por nuestras riquezas, lo harán por nuestras libertades”, que, sin embargo, no evitaría la reacción de Felipe II y el principio del desmantelamiento del edificio político y jurídico aragonés. Una demolición que culminaría un siglo más tarde con otro Felipe, el quinto de Castilla y primer Borbón hispánico (1707).
La sustitución de la lengua aragonesa
El inicio de la demolición del edificio político aragonés tendría un gran impacto en aquella sociedad. Pero solo era un hito que marcaba el inicio de la desnaturalización de Aragón, entendida desde el punto de vista identitario. Simultáneamente (finales del siglo XVI y siglo XVII), aparece otro fenómeno, también de gran importancia: la sustitución de la lengua aragonesa por la castellana. En este punto, cierta historiografía ha querido situar el inicio de este fenómeno con anterioridad —la entronización de la estirpe castellana Trastámara al trono catalanoaragonés (1412)—. Pero esto es muy cuestionable, porque una familia y su séquito, que podían representar unas doscientas personas, que se establecieron en Barcelona y que visitaban Zaragoza una vez al año; por mucho poder y prestigio que tuvieran, difícilmente podían provocar una sustitución lingüística de tal dimensión.
El retroceso de la lengua aragonesa
Y la prueba más evidente de ello es que entre 1412 (coronación de Fernando de Trastámara) y 1591 (Alteraciones de Aragón), la lengua aragonesa solo retrocedió —y no podemos asegurar que fuera realmente minorizada— en Zaragoza, Tarazona, Calatayud y Daroca, plazas totalmente orientadas, excepto la capital, hacia el potentísimo eje económico ganadero castellano-aragonés. Por otra parte, sí es cierto que entre 1571 y 1591 se produjo una progresiva sustitución lingüística en Teruel y Albarracín; pero también lo es que veinte años antes de la decapitación de Lanuza, el poder central hispánico —¡¡¡con la inestimable colaboración de la Inquisición!!!— ya había enseñado sus colmillos en aquella zona. Teruel y Albarracín también eran plazas orientadas al eje económico ganadero castellano-aragonés. Pero no deja de ser una curiosa y sospechosa coincidencia.
La guerra de Sucesión
Poco después de que Catalunya y el País Valencià se posicionaran a favor de la causa Habsburgo (1705) en la guerra de Sucesión hispánica (1701-1715), Aragón hizo lo mismo. Y corrió la misma suerte. En 1707, las tropas borbónicas ocuparían el país y Felipe V impondría la Nueva Planta. El edificio constitucional aragonés sería, literalmente, arrasado, y Aragón perdería la categoría de Estado foral (con una relación bilateral propia con el poder central hispánico) y sería reducido a la condición de simple provincia castellana. De la nueva España borbónica y castellana. Un mapa político de España de 1850 (dos siglos y medio después de las Alteraciones y un siglo y medio después de la derogación de los Fueros) sitúa a Aragón en el marco de los territorios reveladoramente considerados “España incorporada o asimilada”, en contraposición a los territorios castellanos, que son denominados “España uniforme o puramente constitucional”.
Pignatelli, Aranda y Ricla
La erosión (1591) y posterior destrucción (1707) del Estado foral aragonés precipitarían la desnaturalización del país. No haría falta una escuela castellana y adoctrinadora. Entre 1707 (ocupación borbónica) y finales del siglo XIX (universalización del sistema de instrucción pública), la lengua aragonesa —el único elemento de identidad que quedaba después de la destrucción del Fuero— desapareció, sustituida por el castellano, de las zonas más pobladas del país (los valles de los ríos Ebro, Jalón y Gállego). En este monumental retroceso, jugaron un papel decisivo las nuevas élites del país surgidas de la derrota foral. Pretendidos ilustrados, como Pignatelli, Aranda o Ricla, construirían y predicarían el relato elitista que consideraba la lengua aragonesa —el único elemento de identidad aragonés que quedaba— como un sistema propio de personas asilvestradas.
¿Dónde están los Fueros? ¿Dónde está el aragonés?
Aragón recuperó parte de su autogobierno en 1982. Pero su estatuto, como el de Catalunya o el del País Valencià, es, comparativamente al edificio constitucional aragonés medieval y moderno, un chiste de mal gusto. Y el otro elemento identitario —la lengua aragonesa— sobrevive como puede, recluida en los valles altos del Pirineo, no tan solo sin ninguna voluntad política de restaurar su antiguo papel protagonista (fue la lengua mayoritaria de la sociedad aragonesa y fue la lengua de la cancillería real que debían conocer los soberanos de la Corona catalanoaragonesa), sino que incluso tiene que soportar la desalentadora hostilidad de una parte de la actual sociedad aragonesa. Y la pregunta es: ¿cómo se entiende la identidad aragonesa actual cuando te conformas con un autogobierno de tres al cuarto y cuando renuncias a recuperar la lengua propia?
Piezas del engranaje del régimen borbónico español
Solo se explica como la consecuencia final del proceso de desnaturalización de Aragón (erosión y destrucción de los Fueros > diglosia y sustitución lingüística), que, como resultado, presenta una clase dirigente mediocre e insustancial. Sin proyecto para que Aragón vuelva a ser el de “no vendrán por nuestras riquezas, pero sí por nuestras libertades”. Una clase dirigente que quiere gobernar Aragón para impedir la independencia de Catalunya. Porque no tienen valor para contradecir el poder que gobierna el régimen borbónico español (al sol o a la sombra) y explicar que la independencia de Catalunya y de Euskal Herria sería una gran oportunidad que situaría a Aragón en una posición de gran valor estratégico y económico. Porque son, sencillamente, piezas del engranaje del régimen borbónico español y no le llegarían ni a la suela de los zapatos al Justicia Lanuza.
