Hay una imagen que se ha repetido demasiadas veces últimamente: pancartas en manifestaciones educativas llenas de faltas de ortografía. Y no hablamos de un acento olvidado o de un error puntual, sino de frases enteras mal escritas, pronominalizaciones inexistentes y barbarismos muy evidentes.
Y aquí es donde la cosa deja de hacer gracia. Porque un error lo puede cometer todo el mundo, está claro, pero cuando quien tiene que enseñar a escribir escribe mal, el problema deja de ser anecdótico y se vuelve estructural. Es una grieta que dice mucho más del sistema educativo que cualquier informe oficial, y que, además, a menudo se relativiza con una facilidad preocupante. “Ya se entiende”, “no seas repelente”... Como si fuera una cuestión secundaria. O mi excusa preferida: “es que yo no soy profe de lengua”, como si escribir bien fuera tan solo un requisito prescindible y no la base indispensable para cualquier enseñanza de cualquier materia en cualquier instituto.
Escribir mal no es solo una cuestión estética: es una manera de pensar peor, de matizar menos, de simplificar aquello que requiere precisión
La lengua no es solo un vehículo neutro que transporta ideas, sino que es la misma estructura con la que estas ideas se construyen. Escribir mal no es solo una cuestión estética: es una manera de pensar peor, de matizar menos, de simplificar aquello que requiere precisión. Y eso, en un entorno educativo, no es menor y no es irrelevante.
Los docentes no somos solamente transmisores de contenidos, sino referentes constantes, incluso cuando no somos conscientes de ello. Y un referente no se puede permitir banalizar aquello que debería defender. Si quien enseña lengua no la cuida, difícilmente se podrá exigir al alumnado que lo haga. Y si la corrección se percibe como una manía o como una exigencia exagerada, el mensaje que queda es que todo vale.
Quizás el problema es que hemos asumido que exigir nivel es elitista, que corregir incomoda y que, en nombre de una cierta espontaneidad mal entendida, es mejor no poner límites. Pero esta indulgencia no eleva nada; al contrario, rebaja el conjunto. Y cuando se rebaja el nivel de la lengua, también se rebaja el nivel del debate, de la educación y, en última instancia, del país.
Las pancartas con faltas de ortografía no son solo una mala imagen puntual, sino un síntoma de esta dejadez progresiva que hemos ido normalizando. No dan vergüenza por una cuestión de purismo, sino por una cuestión de coherencia. Además, consultar el Optimot o comprobar el texto en Softcatalà es gratuito! ¡No hay excusa posible!
Porque, al final, no se trata de ser perfectos, sino de ser responsables con lo que se representa. Y quizás es aquí donde radica el problema: en haber dejado de exigirnos esta responsabilidad, incluso en lo más básico.
Y quizás también sea necesario hacer otra afirmación que incomoda: esta relajación con la lengua no es inocente. Tiene que ver con una idea mal entendida de modernidad, con el miedo a parecer exigente, con la pereza de corregir y de corregirnos. Como si pedir rigor fuera una forma de autoritarismo y no una responsabilidad mínima. Lo siento, pero educar no es solo acompañar; también es marcar límites, fijar criterios y, sí, exigir. Sin exigencia no hay aprendizaje.
Por eso, cuando vemos una pancarta llena de faltas, no deberíamos mirar hacia otro lado ni bromear. Deberíamos preguntarnos: si esto es lo que mostramos, ¿qué enseñamos? Porque al final no es solo una cuestión de ortografía, sino de credibilidad. Y una escuela que no se toma en serio la lengua difícilmente se tomará en serio nada más.
