La obra de Antoni Gaudí en Barcelona es conocida mundialmente por construcciones icónicas como la Sagrada Familia, la Casa Batlló y la Pedrera, así como el Park Güell, pero el arquitecto de Reus tiene todo un rosario de obras menos conocidas, pero igual de destacables, como la Casa Vicens, la Torre Bellesguard y los Pavellons Güell, pero aprovechando que este 2026 es el Any Gaudí, en recuerdo del centenario de su muerte, es un buen momento para reivindicar una de las obras de más difícil acceso, ya que habitualmente no abre al público, pero capital para entender la importancia de la fe en la obra gaudiniana, el Col·legi de les Teresianes.
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En este recinto escolar de la calle Ganduxer (distrito de Sarrià-Sant Gervasi), el arquitecto de Reus hizo un ejercicio de estilo centrado en la figura de Santa Teresa de Jesús y su obra Las Moradas, una guía espiritual que concibe la adquisición de la fe como un viaje en siete etapas que culmina con la comunión con Dios. Construido por Gaudí entre 1888 y 1889, y declarado bien cultural de interés nacional, el Col·legi de les Teresianes —que sigue funcionando como centro escolar— marca un punto de inflexión de la obra gaudiniana, coronando una etapa capital de su tránsito hacia la religiosidad más profunda que llenará la última etapa de su vida gracias a su inmersión en la espiritualidad teresiana.
Efecto de esta etapa es su obra más mística, destacada principalmente por los pasillos que conforman una especie de claustro interior, caracterizados por los arcos de catenaria de un blanco virginal, que dotan de majestuosidad a un espacio pensado para la reflexión y la comunión con Dios, que contrasta con el ladrillo visto que distingue las fachadas exteriores y se complementa con los trabajos de hierro forjado, como la puerta de acceso, que esconden también detalles simbólicos del pensamiento teresiano, como el hecho de que solo se puede abrir desde el interior. Tanto es así que las Teresianas es un espacio muy indicado para comprender el misticismo de la arquitectura de Gaudí, que a medida que pasaban los años era más y más creyente.


De hecho, todo el edificio tiene una apariencia de castillo, que conecta con el otro nombre con el que se conoce Las moradas, el de El castillo interior, creando un contraste entre el exterior y su impresión de fortaleza y el interior, donde todos los elementos ayudan a crear una impresión de recogimiento con un aprovechamiento de la luz solar, a base de luces cenitales en pequeños patios interiores y lateral por las ventanas bastante verticalizadas, que crean una atmósfera que invita a la reflexión y la búsqueda de uno mismo que llega a su clímax en los dos corredores paralelos de la primera planta que son los que, con sus arcos de catenaria y su desnudez blanca, identifican este espacio tan gaudiniano y a la vez tan particular, donde la arquitectura no solo se ve, también se vive interiormente.

