Cómo el absentismo reduce la productividad

- Fernando Trias de Bes
- Barcelona. Domingo, 12 de julio de 2026. 05:30
- Tiempo de lectura: 3 minutos
Las declaraciones de Alberto Núñez Feijóo de esta semana sobre el absentismo laboral han vuelto a situar el tema en el centro del debate. Dejando al margen la discusión política, vayamos a las cifras. En 2025, el absentismo alcanzó el 7,7% de las horas de trabajo, el nivel más alto de la serie histórica, frente a registros cercanos al 5,0% antes de la pandemia.
Cada día se ausentan de su puesto alrededor de 1,6 millones de trabajadores, de los que aproximadamente 1,3 millones lo hacen por incapacidad temporal.
Normalmente, hablamos de cuánto cuesta una baja laboral a la Seguridad Social o a la empresa. Es una cuestión importante, pero curiosamente no es la más relevante desde el punto de vista económico. Mi experiencia es que el mayor coste no se concentra en las prestaciones, sino en la productividad que se pierde.
Una empresa, además de las horas de trabajo de la persona ausente, pierde el performance de una parte de su capital humano. Cada trabajador acumula conocimientos sobre clientes, proveedores, procesos internos, herramientas o formas de resolver problemas que difícilmente pueden sustituirse de un día para otro. Ese conocimiento permanece en la empresa, pero deja de estar disponible mientras dura la ausencia.
Las empresas funcionan como una cadena. La ausencia de una sola persona puede ralentizar el trabajo de varios departamentos
El segundo impacto de productividad proviene de la reorganización a la que se ve obligada la gente cuando falta un compañero. Hay que redistribuir tareas, modificar prioridades, reorganizar agendas y asumir las responsabilidades del que no se ha presentado a trabajar. Ese tiempo de coordinación lo dedican otras personas que dejan de emplearlo en producir. La consecuencia es que la pérdida de productividad termina afectando a un número de trabajadores superior al del propio ausente.
Por otro lado, las empresas funcionan como una cadena de actividades conectadas entre sí. Un informe pendiente retrasa una decisión. Una decisión aplaza un pedido. Un pedido demora una entrega. La ausencia de una sola persona puede ralentizar el trabajo de varios departamentos. Hay un coste económico dificilísimo de cuantificar, pero que existe: el de proyectos retrasados, oportunidades desaprovechadas o ingresos diferidos; y es que el coste comercial que apenas suele mencionarse.
Si el trabajador mantiene contacto con clientes, pueden retrasarse respuestas, demorarse presupuestos o deteriorarse la calidad del servicio. Algunas ventas se aplazan y otras simplemente no llegan a producirse. Es un coste difícil de atribuir estadísticamente al absentismo, pero muy real para muchas empresas. Es el llamado lucro cesante. Algún día debería crearse este concepto: lucro cesante del absentismo.
Algunos afirman que todo esto se suple, nunca mejor dicho, con un suplente. Pues no. Más bien al contrario. Cuando la empresa decide incorporar un sustituto, no desaparecen los problemas anteriores. Hay que seleccionarlo, formarlo y acompañarlo durante un periodo de adaptación. Incluso un profesional muy cualificado necesita tiempo para conocer la organización y alcanzar el rendimiento de quien sustituye. Hasta entonces, la productividad permanece por debajo de su nivel habitual.
Hay un coste económico dificilísimo de cuantificar: el de proyectos retrasados, oportunidades desaprovechadas o ingresos diferidos
Todos estos efectos se intensifican en un país como España, donde el tejido empresarial está formado mayoritariamente por pequeñas y medianas empresas. Una gran compañía dispone de más margen para redistribuir recursos. Una pyme depende mucho más de cada trabajador. La ausencia prolongada de una persona altera el funcionamiento de toda la organización y reduce significativamente su capacidad para generar ingresos.
Un país de pymes y de servicios desemboca en un absentismo de mayor impacto en productividad que uno basado en industria o agricultura, donde una sustitución depende de menos factores personales, relacionales o de valor añadido.
España lleva años preguntándose por qué nuestra productividad crece tan poco. Se aducen problemas de digitalización, de inversión, del tamaño de las empresas o de la formación de los trabajadores. Todos esos factores influyen.
Quizá convenga incorporar el absentismo a esta lista y al análisis. Si el absentismo se encuentra en máximos históricos, es razonable pensar que una parte del problema también tenga su origen en la creciente cantidad de horas de trabajo que dejan de transformarse en producción.
Probablemente sea ahí donde se encuentre la mayor factura económica del absentismo y una de las explicaciones de por qué la productividad española no avanza con la velocidad que podría.