Dos linajes de industriales de la perfumería y la cosmética, los catalanes Puig y los neoyorquinos Lauder, negocian una complicada fusión que, en caso de llevarse a cabo, daría lugar al segundo grupo más grande del sector, con una cuota de mercado del 15%, solo superado por el gigante francés L’Oréal.

A favor de la fusión está el hecho de que se trata de compañías bastante complementarias tanto en su cartera de productos –Estée Lauder está centrada en marcas de cosmética, mientras que Puig destaca en las de perfumería– como en la implantación territorial, donde la primera domina Estados Unidos y, la segunda, es fuerte en Europa. Pero las actuales dinámicas de los dos grupos, liderados actualmente por las terceras generaciones de las respectivas familias fundadoras, dificultan la operación.

De entrada, no sería una fusión entre iguales: Estée Lauder facturó el año pasado 12.300 millones de euros, más del doble de los 5.042 millones de Puig, si bien la norteamericana perdió 981 millones (básicamente en el plan de reestructuración, por el que ha prescindido de 7.000 empleados), mientras la catalana ganó 594 millones. Una encadena tres años en caída de ventas, mientras que la otra aún escala.

Sandra Rams, consejera de Rhombus, consultora especializada en adquisiciones y fusiones, señala que el problema de Estée Lauder “no es de producto, es de relevancia cultural” porque “ha perdido la conexión emocional con el consumidor, que hoy es el verdadero motor de la industria”.

Indica que la operación mantiene interrogantes desde el punto de vista financiero: la elevada deuda de Estée Lauder, de 5.200 millones de dólares, apunta a un pago en acciones, que condiciona el grado de control que tendría la familia Puig en el grupo resultante (según los analistas, no superaría el 25%). Además, la compañía norteamericana ha recortado dividendo en los últimos ejercicios por los malos resultados, cuando Puig ha mantenido la estabilidad. Pero la gran duda es qué hará Estée Lauder, que será la dominante por su dimensión, con la identidad de las marcas procedentes de Puig. Rams recuerda que la historia del sector está llena de integraciones donde el valor diferencial se ha diluido después de la compra. Señala que este es el verdadero riesgo.

Talante familiar

En Estée Lauder, la familia posee el 35,5% de las acciones y controla el 84% de los derechos de voto, mientras que, en Puig, las cuatro ramas familiares poseen el 71,7% de las acciones y mandan sobre más del 92% de los derechos de voto. En resumen, son potentes empresas familiares, pero entre las dos estirpes que las lideran hay diferencias, también en el aspecto personal, de talante.

Los Puig han mantenido excelentes relaciones con el poder, sobre todo con la Casa Real española, pero no han entrado directamente en política, como ha hecho un destacado miembro de la familia neoyorquina, Ronald Lauder, de 82 años: uno de los dos hijos del matrimonio fundador, multimillonario, exembajador en tiempos de la administración de Ronald Reagan, presidente del Congreso Judío Mundial, cercano a Benjamin Netanyahu, donante de la campaña de Donald Trump y, según The Guardian, la persona que ha inspirado al actual presidente de Estados Unidos en sus reclamaciones territoriales sobre Groenlandia.

John Bolton, exasesor de seguridad nacional en el primer gobierno de Donald Trump, reveló a este tabloide británico que, en 2018, Ronald Lauder sugirió al presidente la compra de Groenlandia, si bien este último, en el actual segundo mandato, ha dado un paso más al amenazar con la anexión de este helado territorio.

Según Bolton, el hecho de que Trump insista en la idea de Lauder durante este segundo mandato es típico de cómo actúa el presidente: “Toma como ciertas las informaciones que escucha de sus amigos y es imposible hacerle cambiar de opinión”, informa The Guardian.

En un artículo publicado en The New York Post hace un año, Ronald Lauder se presenta como “experto en Groenlandia” y expone tres vías para convertir este territorio danés en “la próxima frontera de Estados Unidos”. Parece, según informaciones de medios británicos, que tendría intereses económicos en ello. Está obsesionado con las tierras raras escondidas en su subsuelo, necesarias para la inteligencia artificial, el armamento y la tecnología más moderna. También forma parte del consorcio norteamericano que desea explotar los minerales de Ucrania.

Ha sido embajador de Estados Unidos en Austria, a mediados de los ochenta, y ha ejercido su influencia dentro del Partido Republicano, del que es donante. En 1989 se postuló para la alcaldía de Nueva York, pero perdió la candidatura republicana ante el empuje de Rudy Giuliani. Pero, sobre todo, es amigo de Trump, al que conoce desde hace 60 años, y uno de los donantes millonarios de sus campañas electorales.

Es padre de dos hijas, Aerin y Jane. Esta última está casada con Kevin Warsh, miembro del consejo de gobernadores de la Reserva Federal (Fed), propuesto por Trump para relevar a Jerome Powell en la presidencia de este organismo, que es el equivalente al banco central de los Estados Unidos. Es decir, Ronald Lauder es el suegro del próximo presidente de la Fed.

Tanto Lauder como Warsh, suegro y yerno, aparecen en la documentación de Jeffrey Epstein, que ha sido desclasificada por el FBI este 2026. Esto no implica ninguna actuación delictiva, pero se conocían. La senadora Elizabeth Warren, portavoz demócrata de la comisión de banca del Senado, recientemente ha pedido explicaciones a Warsh, porque supuestamente mantuvo la relación con Epstein después de ser condenado por delitos sexuales.

De religión judía, Ronald Lauder preside desde hace cerca de veinte años el influyente Congreso Judío Mundial. Y en 1987 creó la fundación que lleva su nombre, cuyo objetivo es reconstruir comunidades judías en Europa del Este. Ha apoyado al Likud y mantiene una estrecha relación con Netanyahu. Este le encomendó, en 1998, que formara parte de una delegación que negoció en secreto la paz con Siria, pero no lograron el objetivo.

Es un gran coleccionista de arte. Hace veinte años, compró el Retrato de Adele Bloch-Bauer, también conocido por La Dama dorada, del pintor Gustav Klimt, por 135 millones de dólares, que exhibe en la Neue Galerie de Nueva York.

En realidad, la presidencia de Estée Lauder la asumió durante décadas su hermano mayor, Leonard, que falleció el año pasado y al que estaba muy unido. En la actualidad, esta posición la ocupa el hijo mayor de Leonard, William P. Lauder, si bien el primer ejecutivo de la compañía no es de la familia: el francés Stépane de La Faverie, CEO desde enero de 2025, aunque hace 16 años que está en este grupo. A pesar de dedicarse a la política, Ronald todavía figura al frente de Clinique, una de sus grandes marcas.

Orígenes

Este linaje empresarial comienza con la neoyorquina Josephine Esther Mentzer (1908-2004), conocida como Estée Lauder a raíz de su matrimonio con Joseph Lauder (fallecido en 1982), si bien de nacimiento se llamaba Lauter, con 't', apellido que se cambió en la década de los años treinta. Estée era hija de un emigrante húngaro, Max Mentzer, que se dedicó al comercio de forrajes para la ganadería, la ferretería y a una funeraria. Pero su hija tuvo claro, desde jovencita, que su mundo era la cosmética.

El matrimonio tuvo dos hijos: Leonard, que hizo grande la compañía, y Ronald, que prefirió la política, si bien ejerce actualmente de jefe de la familia, pero sin poderes ejecutivos, además de figurar al frente de algunas empresas. Con el paso de los años, tal como hizo Puig, también han ido incorporando marcas: Estée Lauder (skincare, maquillaje y perfumes de alta gama), Clinique (tratamientos para la piel), MAC (maquillaje profesional), La Mer (famosa por su icónica crema hidratante), Bobbi Brown (maquillaje con un toque natural), Jo Malone (fragancias), Aveda (productos capilares), Too Faced (maquillaje juvenil, muy popular en las redes), además de  Tom Ford, Smashbox, Origins, Darphin, Le Labo o Kilnian.