Tengo una edad… fantástica. Nací en Terrassa. Esto implica estar rodeada de una energía creativa bastante potente, de mucha gente original, de artistas y pensadores que te predisponen a desarrollar una carrera artística. Por otro lado y por desgracia, esto también comporta que raramente podrás llevar a cabo y explotar esta carrera y todas tus potencialidades artísticas. Ahora hace un tiempo que vivo allí donde tengo la maleta pero creo que en breve volveré a vivir en Berlín, una ciudad donde hay espacio para todo, donde todo el mundo encuentra un rincón para ser uno mismo, que se reinventa constantemente, con una energía que te potencia continuamente a mirarte y repensarte en términos artísticos, con un punto proletario que me atrae mucho y, evidentemente, con una enorme oferta cultural y musical. Soy cantante de música clásica, de canción, de repertorio vocal de cámara y de ópera. Acabo de interpretar los papeles de Viuda Reposada y Plaerdemavida en la ópera Diàlegs de Tirant e Carmesina del compositor Joan Magrané (Reus, 1988) en el Liceu y el próximo jueves a las 20.30 presento mi disco de canción catalana Legacy en la Sala Llevant de la Biblioteca de Catalunya. En la fotografía del perfil de Whatsapp tengo un selfie que me hice justo antes de salir a cantar El amor brujo en Menorca.

Anna Alas   Mireia Comas

Tu primer recuerdo musical.
La guardería, las canciones populares catalanas que después he reincorporado a mi repertorio de concierto. De pequeña ya cantaba mucho, y el maestro de música de la escuela siempre le decía a mi madre que ―aunque hacía la clase de espaldas, porque se sentaba en el piano mientras cantábamos― él siempre sabía donde estaba yo, porque tenía muy buena voz y siempre afinaba.

El instante en el que decides ser músico profesional.
A los 19 años cuando ―tras haber hecho todo un curso estudiando conjuntamente biología, piano, canto, teatro… de todo― estaba esperando que alguna de estas cosas cayera por su propio peso, porque todavía me sentía incapaz de decidir hacia dónde tirar exactamente. Tras un intercambio musical en Alemania y de este año de probar un poco de todo, la ley de la gravedad se impuso hacia el lado de la música, del escenario y, más en concreto, del poder de interacción con el público que tiene el canto.

“El público está mucho más cerca de la música contemporánea de lo que se imagina”

Acabas de hacer algo demasiado poco habitual en tu gremio: interpretar una ópera, Diàlegs de Tirant e Carmesina, donde cantas música de un compositor vivo. ¿Qué le dirías a la gente que no asiste a conciertos de música clásica compuesta en la actualidad porque piensan que no entenderán nada de nada?
Primero les diría que seguramente ya ha sucedido el hecho de que estén viendo (¡y por tanto escuchando!) películas o otros productos audiovisuales en los que, de fondo, hay música igual o similar en términos de complejidad y lenguaje que la utilizada por los compositores contemporáneos. Esta música, que es mucho más minimalista y menos descriptiva que las bandas sonoras tradicionales, ya está calando en el imaginario de las nuevas audiencias. Por tanto, y para empezar, el público está mucho más cerca de esta nueva música de lo que se imagina. Después, evidentemente, les diría que escucharán una música de un compositor que piensa y escribe desde la sensibilidad de una persona que vive en el siglo XXI, que es la del público y que, por tanto, han de tener la confianza de asistir a una obra de arte que seguramente les será mucho más cercana que una ópera escrita hace 300 años. Y finalmente, en lo que se refiere al público catalán en concreto, ¡todavía hay más ventajas! El aliciente de escuchar una obra musical escrita en su lengua materna y que, por tanto, podrá entender mucho mejor que una ópera italiana o alemana.

También pasa pocas veces que puedas trabajar codo con codo con el compositor. En tu oficio se suele convivir mucho más con los muertos.
¡Sí, en la ópera hacemos mucha más güijas que cafés! En general, cuando te aproximas a un compositor de la tradición debes interpretar aquello que crees que Mozart o Monteverdi habrían querido en una partitura determinada. Tener al autor a pocos metros de distancia, como me ha pasado con Joan Magrané, es una experiencia extraordinaria, porque le puedes preguntar directamente tus dudas. Pero en mi caso todavía ha sido una experiencia más enriquecedora, porque Magrané escribió expresamente para mí la parte de los personajes que interpreto. Yo también estoy viva, como puedes comprobar, y él sabe perfectamente cómo es mi voz y cuáles son mis recursos teatrales y mis potencialidades. Un privilegio.

“El lied me obliga a pensar la música desde el primer silencio hasta la última corchea”

Dentro del mundo del canto, te has focalizado en el lied, el caviar de la música.
El amor por el lied proviene de mi fascinación por unir el esfuerzo de ser cantante, la pasión por jugar con el lenguaje, pero sobre todo el interés por ser músico y hacer música. El lied tiene un repertorio de mucha riqueza, donde se esconde la interpretación, que deriva en la determinada intención que das a cada frase y la línea de canto que resulta de ello, donde te preguntas continuamente cuándo es mejor respirar, qué color quieres dar a la voz a cada segundo en el que cantas. Esta parte de la dirección absoluta de la voz la encuentro especialmente en el lied, siempre en colaboración (en un 50%) con la persona con la que trabajo al piano. En la ópera, si mi responsabilidad llega al 3% del resultado final ya es mucho, porque es un género donde se combinan muchísimos elementos, es un arte realmente total, pero me ahorra responsabilidad. El lied, en cambio, me obliga a pensar la música desde el primer silencio hasta la última corchea.

“Tenemos exactamente el mismo potencial de nombres que aquí suenan muy exóticos, pero que no tienen por qué ser mejores que nosotros”

Formas parte de una generación de músicos en el exilio. Creamos mucho talento, pero se nos escapa de las manos.
Esto tiene diversas explicaciones, empezando por una histórica. Antes de la Guerra Civil, a principios del siglo XX, Catalunya florece musicalmente de una forma brutal y exportamos compositores y cantantes a todo el mundo: divas, prime donne, tenores maravillosos, de todo… ¡De hecho, los mejores compositores de Europa veían aquí a conocer a nuestras cantantes y a colaborar con ellas en nuestras mejores salas de concierto! Vivíamos el decurso normal, en definitiva, de una nación que apreciaba su propia cultura. La guerra no sólo destruye la vida del país, sino que arrasa este ecosistema cultural tan importante. De este hecho todavía nos quedan reminiscencias emocionales y de autoestima. A todo ello, súmale que toda la península Ibérica, porque esto también les pasa a mis compañeros españoles, cala mucho esta sensación que todavía tenemos inculcada en el cerebro según la cual “en el extranjero todo va mejor y hay más talento”. Nadie se ha parado a pensar que, por ejemplo, mi generación ya estudió fuera de Catalunya: primero nos formamos aquí en instituciones sufragadas con impuestos de todos los catalanes, pero después nos hemos perfeccionado fuera y hemos asistido a clases con los nombres y apellidos de los cantantes que ahora copan los carteles de teatros del estado y de todo el mundo. Por tanto, tenemos exactamente el mismo potencial de nombres que aquí suenan muy exóticos, pero que no tienen por qué ser mejores que nosotros.

“El talento, como todo, se trabaja, se ha de dejar madurar y, sobre todo, tiene que permitirse a los artistas el derecho a poder equivocarse”

Eso también lo piensan demasiados programadores.
Sí, porque este prejuicio absurdo se extiende al hecho de que el público todavía no se acaba de creer que su vecino pueda ser un gran artista, y por tanto los medios de comunicación no los promocionan tanto como lo harían con un nombre extranjero. Los programadores deben romper con esta dinámica y deben tener muy claro que también debe acabarse la idea según la cual uno nace con el talento y el gusto por el arte ya hecho y madurado, como si una fuerza superior bajase del cielo y te inoculara una calidad interpretativa o de instrumento espectacular. Porque no es así, el talento, como todo, se trabaja, se ha de dejar madurar y, sobre todo, tiene que permitirse a los artistas el derecho a poder equivocarse. ¡Eso es lo que se está permitiendo hacer a todos los intérpretes de Europa y eso es precisamente lo que no se nos permite a nosotros! ¡Por eso primero has de pasar por todo el mundo y, literalmente, como decimos en catalán, tornar al Born! En el resto de Europa la cosa no va así; se dan muchas más oportunidades, los cantantes pueden actuar progresivamente en salas más pequeñas y se les da la posibilidad de errar, que no quiere decir necesariamente que lo hagan, pero tienen esta opción, tienen programadores con fe como para dejarles probar diferentes caminos.

Ahora los cantantes clásicos también sois expertos en redes sociales.
Yo me siento muy bien comunicando mi trabajo en las redes, porque soy de naturaleza divulgadora y comunicativa. Intento que la gente sepa qué estoy haciendo y también publicitar el trabajo de mis compañeros. Vivo las redes justamente por esto, porque los canales de comunicación (prensa, radio, y televisión) donde salen regularmente mis colegas extranjeros, a nosotros aquí muy raramente nos incluyen. Las redes sociales, en ese sentido, son un instrumento de guerrilla que nos permite visualizarnos para recordar que existimos. Yo hace 13 años que vivo en el extranjero y he seguido en contacto con el mundo catalán en buena medida gracias a las redes, gracias a que todos vemos qué estamos haciendo (o dejando de hacer) en Twitter o Facebook. Ahora bien, tengo límites muy claros: divulgo mi trabajo con un toque personal y cuidado, pero no soy exhibicionista de mi vida privada, no me llama para nada la atención hacerlo.

Anna Alas   Mireia Comas (4)

Acabas de hacer un disco de compositores catalanes que, paradójicamente, cantarás mucho más fuera que en Catalunya. ¿Qué demonios nos pasa?
Pues, simplemente, que no hay interés por lo que hacemos. Y si encuentras a alguien que tiene interés, tiene que pensarse y repensarse mucho cómo encajarnos, porque aunque parezca delirante, esto a lo que me dedico va a contracorriente, y suerte tenemos que todavía hay programadores que van a contracorriente. Este prejuicio que te comentaba antes no existe fuera de aquí. Ven a una persona que tiene, como servidora, algunos premios importantes a nivel de lied, que se ha formado en buenas escuelas y con profesores competentes, que hace un programa que es indiscutiblemente bello, que pretende emocionar, distraer y mostrar sonoridades diferentes de otro país. En definitiva, piensan: “¿Hay calidad en el producto? ¡Pues vente para aquí!”

“La vida de un cantante se parece a la de un deportista, es tremendamente monacal”

Tenemos una idea muy glamurosa de la vida de un cantante. La realidad es diferente.
La vida de un cantante se parece a la de un deportista, es tremendamente monacal. Depende de la persona y del repertorio, de si te exige o no tener el instrumento siempre en condiciones inmaculadas, pero básicamente es una vida “de deporte”, porque debes tener la capacidad aeróbica muy entrenada, has de mantener cierta musculatura siempre tonificada, debes descansar con tal que la creatividad (¡y la memorización!) te exige tener el cerebro con poca fatiga. Por tanto, debes cuidar muchísimo la alimentación con el objetivo de estar lo más sana y fuerte a nivel físico posible. A parte de esto, que implica cuidarse mucho, no podemos enfermar. No hay bajas: ¡tú puedes hacer todos y cada uno de los ensayos de una producción entera sin cobrar, caer enfermo, no poder estrenar y haberte pasado seis semanas currando, ayudando a levantar una producción y que (aunque esto no pase en todos los lugares) el sueldo se lo acabe llevando otro porque tú no puedes hacer las funciones!

“Aquí no tenemos Cor Nacional, coros de música antigua realmente profesionalizados. Deberíamos, como mínimo, tener dos coros profesionales más”

Existe “precariado” en la música.
No es que exista, es que es un sinónimo. Ahora mismo tenemos un problema enorme de precariedad laboral con la emergencia de espacios pseudolaborales que hay que combatir enérgicamente en el caso de los coristas. Un corista, dicho con todo el rigor y el respeto, es un cantante profesional de coro. En Catalunya gozamos de una gran tradición coral, pero el único coro realmente profesional que tenemos es el del Liceu, que por tanto básicamente hace ópera y exige una vocalidad muy concreta que puede no ser apta o no ser adecuada para toda la profesión. En Madrid, por ejemplo, ¡hay hasta cinco coros profesionales! Aquí no tenemos Cor Nacional, coros de música antigua realmente profesionalizados. ¡Deberíamos, como mínimo, tener dos coros profesionales más! Pues bien, tanto en el Liceu como en la ESMUC cada año licenciamos unos diez o más cantantes profesionales titulados. ¿Dónde van estos músicos? ¿De qué trabajarán? Un corista tiene muy difícil trabajar y cobrar a un nivel que le permita tener una vida adulta y familiar de mínima dignidad. Tenemos un problema muy grave.

“A un público más bien formado, o que entienda mínimamente de música, es mucho más difícil colarle una simple trampa de marketing”

Además, el nivel de exigencia que se os pide es mucho más alto que en la época de las grandes divas. Y el talento cada vez es más global, hay cantantes en todos los lugares del planeta.
La profesión se ha vuelto mucho más polifacética. Los parámetros teatrales han subido radicalmente en cuanto a exigencia y se nos pide ser mucho mejores actrices y actores, y también tener muchos más decibelios, porque las orquestras suenan mucho más fuerte. Es cierto que existe la sensación de que hay mucho talento pero también, si te fijas, el talento que nos muestran es muy cíclico. La industria te da un nombre y el marketing de la ópera lo aguanta al máximo nivel durante tres o cinco años, hacen un “ciclo del famoso” que genera un interés brutal en el público y que hace que vendas discos, que debutes en los grandes coliseos de turno, tantas giras como quieras (que pueden dejarle a uno exhausto por la cantidad de trabajo acumulado) y, como he podido ver en algunos casos, pasados estos cinco años te disuelves y desapareces. Todo esto está calculado: la industria ya sabe perfectamente cuándo debe salir el nuevo tenor, la nueva soprano de moda, y así va girando la rueda. Hay mucho talento, pero sobre todo se ha perfeccionado este tipo de marketing de consumición rápida. Eso también pasa porque la música cada vez forma una parte menos nuclear de la formación de nuestros estudiantes. A un público más bien formado, o que entienda mínimamente de música (porque ha cantado en una coral y sabe qué es afinar un intervalo de tercera mayor o cuando un cantante está apretando la voz) es mucho más difícil colarle una simple trampa de marketing. La revolución que implicaría tener un público que vuelva a confiar en los artistas de kilómetro cero exige también que la gente vuelva a recuperar un criterio propio y bien formado.

“Si los cantantes no pueden cantar un determinado repertorio, esta música morirá con ellos y así también el potencial de la nueva creación en el ámbito del lied

La próxima semana presentas un disco maravilloso, Legacy, con tu fiel pianista Alexander Fleischer y un repertorio que incluye Toldrà, Mompou, Montsalvatge… 
El título y la noción de legado tienen un sentido triple. Primero, porque como decías Alexander y yo hace diez años que trabajamos juntos y nos apetecía mucho celebrarlo con una fiesta en forma de disco: eso ya es, a nuestro modo de ver, un legado que valía la pena registrar en una especie de instantánea artística. En segundo lugar, reivindico el legado de las cantantes que estrenaron estos ciclos, de la tradición a la que antes me refería, unas liederistas muy reconocidas que crearon escuela de lied en Barcelona y un espíritu de hacer música con una determinada exigencia que llega a mi generación a través de nuestras maestras, que a su vez fueron sus alumnas. Existe un orgullo y un amor para con el lied muy potente en Barcelona, un espíritu que transita a lo largo de la historia y que se encarna justamente en estas enormes artistas… pero que las instituciones han olvidado. Los programadores, por decirlo de algún modo, no han recibido clases de los programadores de aquella época y así se ha roto la conexión que se tenía con el artista. Si los cantantes no pueden cantar un determinado repertorio, esta música morirá con ellos y así también el potencial de la nueva creación en el ámbito del lied. Por ello, Legacy también significa el legado de los compositores, que acaba con un autor vivo como de nuevo es Magrané, que recibe la influencia de la tradición catalana de Mompou, Montsalvatge y Toldrà. He querido incluir a un compositor vivo para recalcar que debemos tener cura de nuestros creadores, que debe continuarse creando repertorio y que sea cantado por los artistas de mi generación y del futuro.

En un momento de crisis del sector discográfico, con Seed Music presentáis un disco que es una pequeña obra de arte.
La coproducción con Seed Music ha sido un placer, he trabajado muy bien con ellas. El resultado final es sorprendente, y cada vez que alguien tiene el disco en las manos exclama un ¡oh! de admiración porque no estás acostumbrado a esperarte esta calidad en la edición, este cuidado en el detalle y, evidentemente, la exigencia en la calidad sonora, que aquí es espectacular. Estoy muy contenta con el resultado, pero también como músico del país, porque es muy importante tener plataformas de esta calidad que apuesten por el talento de casa que está convenciendo al público de fuera; porque como te decía antes, primero nos vemos obligados a convencer a la gente de fuera para poder volver a casa. Si no has hecho una gran carrera en el extranjero, en Catalunya no se te valora. En Seed he encontrado cariño, exigencia, pero también un acompañamiento del artista que resulta fundamental. Precisamente porque la industria está en crisis, Seed presenta otro enfoque y ha querido comunicar el por qué yo he querido hacer este proyecto y por qué puede interesar en determinadas salas del país.

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El futuro de la clásica en el país. Tu también tendrás legado.
Creo que hay cosas que, por fortuna, están cambiando. Las nuevas generaciones de cantantes, por ejemplo, no son tan invisibles. Creo que los programadores son cada vez más conscientes de las nuevas voces que salen del país. Lo que no me creo ni acabo de ver es que se les permita madurar como es debido. Insisto en la posibilidad del error como forma de oportunidad para los artistas. Necesitamos actos de fe. Veo presencia, veo que se da oportunidad a las nuevas voces y que se reproduce muchas veces esta etiquita tantas veces fatídica de “joven promesa” (que a menudo arrastras hasta que ya estás consolidado, justamente porque a muchos les sirve como excusa de habernos programado, en el caso de que las cosas no acaben de ir bien) y veo que, en definitiva, de cara a la galería esto puede parecer un cambio, pero yo no me lo acabo de creer. Porque ya he presenciado casos de nombres jóvenes que prometían mucho y que merecían mucho, pero que han vuelto a círculos laborales de poca visibilidad que no les tocan en absoluto, porque de calidad tienen mucha.

“Que se nos exija una cierta talla y una cierta estética o belleza, ya no para ser cantantes sino para poder tocar cualquier instrumento del universo de la clásica, y que se te obligue a entrar en un determinado canon de belleza, esto es patriarcado puro y duro”

¿En la música clásica hay machismo?
En la música clásica existe el mismo machismo y las mismas actitudes que en cualquier espacio laboral que te puedas imaginar. La diferencia es que en nuestro trabajo hay una particularidad, y es que exige el contacto físico: en el escenario nos tocamos, fingimos relaciones de deseo durante los ensayos. Eso quiere decir que nos encontramos en situaciones de contacto físico propias del oficio que ―combinadas con el poder que pueda tener un compañero sobre el mercado en un determinado estadio de su carrera― pueden derivar en actitudes reprobables. Hay que tener muy claro, y aquí todo el mundo debe sentirse cómodo desde su criterio, en cómo se gestiona este contacto y, evidentemente, que nunca sobrepase un punto en el que mujeres y hombres no estemos plenamente a gusto. Pero el machismo no se acaba aquí. Que se nos exija una cierta talla y una cierta estética o belleza, ya no para ser cantantes sino para poder tocar cualquier instrumento del universo de la clásica, y que se te obligue entrar en un determinado canon de belleza, esto es patriarcado puro y duro.  De esto no nos escapamos y diría que vamos a peor. Hay una auténtica dictadura estética que te obliga a no pasarte de unas ciertas dimensiones corporales para hacer un determinado rol, lo cual es terrible, porque la ópera está copiando los criterios de Hollywood y la cosa no tiene ningún tipo de sentido. ¡Los cantantes debemos estar sanos y tranquilos, y no vivir con el pánico que yo he visto en compañeras (y también cada vez más en compañeros hombres) de saber que tienes la voz perfecta para un rol pero estar cagada de miedo porque mañana tienes una reunión con un director de escena y sabes que es posible que te quiten de una producción si no te ve con una determinada altura, peso o abdominales bien formados! La dictadura de la edad, por ejemplo, es otra forma de patriarcado, porque la mujer sólo interesa cuando es joven, porque se acerca más a determinados cánones de belleza y también porque puede ser más inmadura, y por tanto más manipulable. Éste es un problema demasiado presente, y es por esto que no he podido regalarte el placer de empezar la entrevista como lo haces siempre, diciéndote mi edad.

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