Este extraño planeta vive en un día eterno, sin amanecer ni atardecer, pero podría albergar vida

En LHS 3844b nunca amanece ni anochece. El planeta tarda exactamente lo mismo en girar sobre sí mismo que en completar una órbita alrededor de su estrella, por lo que siempre le muestra la misma cara. Un hemisferio permanece bajo una luz abrasadora, mientras el otro está sumido en una noche permanente.

A primera vista, no parece un buen lugar para buscar vida. Las diferencias de temperatura entre ambos lados son extremas y las observaciones indican que probablemente carece de una atmósfera significativa. Sin embargo, un experimento realizado por investigadores de la Universidad de Pensilvania y varias instituciones japonesas sugiere que el interior de estos mundos podría redistribuir el calor de una forma más estable de lo que se pensaba.

El trabajo no demuestra que LHS 3844b sea habitable. Lo que plantea es que los planetas bloqueados por marea pueden transportar energía bajo su superficie mediante un ciclo lento y continuo, capaz de generar regiones menos extremas en determinadas condiciones.

Un mundo donde el Sol nunca se mueve por el cielo

LHS 3844b es un planeta rocoso ligeramente más grande que la Tierra, situado a unos 48,5 años luz del sistema solar. Orbita muy cerca de una estrella enana roja y completa una vuelta en apenas unas horas.

Esa proximidad hizo que quedara bloqueado por marea. Es el mismo fenómeno que provoca que desde la Tierra veamos siempre la misma cara de la Luna: la rotación del cuerpo se sincroniza con el tiempo que tarda en completar su órbita.

En un planeta así, el Sol permanecería inmóvil en el cielo. Desde el centro del hemisferio iluminado nunca se ocultaría, mientras que en la cara opuesta jamás aparecería sobre el horizonte. Entre ambos extremos existiría una franja de penumbra permanente conocida como terminador.

Las condiciones de LHS 3844b son especialmente severas. La cara diurna alcanza temperaturas de cientos de grados y el lado nocturno es mucho más frío. Además, la aparente ausencia de una atmósfera espesa impide que el aire transporte el calor de un hemisferio al otro.

Por eso, los investigadores no se centraron únicamente en la superficie. Querían saber si el interior rocoso del planeta podía mover energía desde la zona caliente hacia la fría.

Los científicos recrearon el interior del planeta en un tanque

Para estudiar ese proceso, el equipo construyó un modelo físico en el laboratorio. Utilizó un tanque rectangular lleno de glicerol, un líquido viscoso cuyo movimiento puede representar, a otra escala, la lenta convección del manto de un planeta rocoso.

También incorporó pequeños cristales líquidos termocrómicos que cambian de color con la temperatura. De esta forma, los investigadores pudieron observar cómo se desplazaba el fluido mientras distintas partes del tanque eran calentadas o enfriadas.

Cuatro sistemas de control térmico reprodujeron las diferencias que existirían dentro de un planeta bloqueado por marea: una superficie muy caliente en el lado diurno, otra fría en el nocturno y una fuente adicional de calor procedente de las capas profundas.

Los investigadores reprodujeron en laboratorio la circulación del manto y observaron un flujo estable capaz de transportar calor entre ambos lados del planeta
Los investigadores reprodujeron en laboratorio la circulación del manto y observaron un flujo estable capaz de transportar calor entre ambos lados del planeta

El experimento produjo un patrón sorprendentemente ordenado. El material caliente ascendía bajo el lado iluminado, avanzaba por la parte superior hacia la zona oscura y descendía al enfriarse. Después regresaba por las capas inferiores hasta el punto de partida.

El resultado era un único circuito de convección continuo, parecido a una enorme cinta transportadora que movía calor y materia entre ambos hemisferios. A diferencia de la convección más irregular del manto terrestre, este ciclo permaneció estable en distintas condiciones experimentales.

El equipo también observó columnas de material caliente con forma de hongo que ascendían desde el fondo. Estas plumas se mantenían prácticamente fijas, por lo que podrían concentrar la actividad volcánica o geotérmica en regiones concretas del planeta.

Lo importante no es LHS 3844b, sino otros mundos parecidos

El experimento no convierte a LHS 3844b en una segunda Tierra. Sus temperaturas, su cercanía a la estrella y la posible falta de atmósfera hacen que siga siendo un candidato poco favorable para la vida tal como la conocemos.

La importancia del estudio está en lo que puede revelar sobre otros planetas bloqueados por marea, especialmente aquellos que orbitan dentro de la zona habitable de estrellas enanas rojas. Estas estrellas son muy comunes y muchos de sus planetas cercanos probablemente mantienen siempre el mismo hemisferio orientado hacia ellas.

Hasta ahora, la capacidad de estos mundos para distribuir calor se había estudiado principalmente a través de sus atmósferas y océanos. El nuevo trabajo añade otro elemento: el propio manto podría participar en ese proceso.

Una circulación interna estable podría mantener actividad geotérmica en latitudes intermedias o cerca de la franja que divide el día y la noche. Bajo la superficie, esas regiones podrían presentar temperaturas menos extremas y condiciones químicas distintas a las observadas desde el exterior.

El movimiento del manto también podría afectar a la actividad volcánica y al núcleo líquido del planeta. Los autores plantean que incluso podría influir en la generación de campos magnéticos diferentes al de la Tierra, aunque esa posibilidad no fue analizada en este experimento.

Por ahora, no hay pruebas de que LHS 3844b albergue vida ni de que tenga una región realmente habitable. El estudio sí cuestiona una conclusión que parecía evidente: que un planeta dividido entre un día abrasador y una noche congelada tiene que ser estéril por completo.

En mundos con condiciones algo menos extremas, esa circulación subterránea podría contribuir a mantener regiones más estables. No bastaría por sí sola para garantizar la vida, pero sí ampliaría los lugares donde tendría sentido buscarla.