Cuando se habla de la peste, nuestro imaginario nos remite automáticamente a la Edad Media, la época en la que Eurasia y el Norte de África vieron morir a más 80 millones de personas o, lo que es lo mismo, entre el 30 y el 60% de la población que la zona tenía entonces. Los años más crudos de la epidemia fueron los comprendidos entre 1347 y 1353 y, del total de muertos, 25 millones se registraron en Europa. El resto –entre 40 y 60 millones- se registraron en Asia y el Norte de África. De la peste negra, que así se llamó aquella epidemia, se ha escrito largo y tendido, pero de lo que se ha hablado mucho menos es de la pervivencia de esta enfermedad causada por la bacteria Yersinia pestils y que se contagia a través de picaduras de pulgas de rata hasta épocas muy cercanas. Ireneu Castillo, estudioso de la historia de l’Hospitalet de Llobregat, la segunda ciudad de Catalunya, hablaba de ello hace pocas semanas en su blog: el último brote de esta enfermedad en Catalunya se registró en 1931 precisamente en la ciudad ribereña.
Seis muertos
Y no fue un brote menor porque los muertos registrados fueron seis. El brote se registró a principios de agosto de 1931 y la primera noticia del mismo llegó a oídos del Instituto Municipal de Higiene de Barcelona, organismo al que se informó acerca de un caso en el barrio de la Torrassa. La enferma tenía 13 años y, aunque se ordenó su traslado al Hospital del Mar de Barcelona, murió antes de que llegase la ambulancia. ¿Por qué se registró un brote epidémico así en la hoy segunda ciudad de Catalunya? La respuesta la detalla el propio Ireneu en su blog: detrás del brote estaba la particular (e insalubre) manera como se gestionaban en la época los residuos que producía entonces Barcelona, segunda ciudad española en habitantes ya en aquellos años.
Los sitiales
L’Hospitalet, que tenía en la época menos de 5.000 habitantes, era desde finales del siglo XX algo parecido al patio trasero de Barcelona. Barrios como Santa Eulàlia acogían industrias de todo tipo que no tenían ya cabida en los límites del término municipal de Barcelona y, también, otros espacios de difícil definición compartidos con el desaparecido barrio de Can Pi en los que la basura que producía Barcelona se utilizaba para alimentar cerdos. En la época, y así lo detalla el historiador hospitalense, las basuras urbanas era orgánicas casi en su totalidad. El sistema de funcionamiento de estos espacios llamados sitiales –en realidad no eran más que explanadas a cielo abierto- era muy simple: los propietarios recorrían las calles de Barcelona en carros con los que recogían desperdicios de todo tipo y que, una vez llenos, volvían a aquellas singulares bases de operaciones y volcaban allí su contenido, que era sometido a un primer triaje que eliminaba la basura no susceptible de ser consumida por cerdos que moraban en porquerizas habilitadas en torno a la explanada que constituía el centro de cada sitial. Lo que no se consumía, acaba convertido en abono orgánico. Las medidas de higiene eran nulas y a la materia orgánica en putrefacción se le sumaban también las deyecciones de los cerdos y de otros animales como gallinas y cabras que también se solían criar en estos singulares equipamientos. Las ratas, por supuesto, abundaban también. Desde 1890, la instalación de complejos de este tipo sólo se permitía a más de 1 km de zonas urbanas, pero el crecimiento poblacional de l’Hospitalet en los años 30 del siglo XX hizo que nadie tuviese en cuenta tal límite. Hasta un millar de personas llegó a trabajar en estos precarios complejos de valorización de residuos creados cuando nadie hablaba ni de residuos ni de valorización ni, por supuesto, de economía circular aunque la actividad no dejase –sin ningún tipo casi de medida higiénica- de ser algo tal que eso.
Más brotes
Con todo, hay que indicar que el brote de L’Hospitalet no fue el único que se registró en Barcelona durante el primer tercio del siglo XX. Durante 1905 y 1931 se registraron un total de ocho. En 1905 fallecieron 23 personas, en 1919 murieron nueve en el entorno del Puerto tras localizarse un foco en un almacén de grano, en 1920 se detectaron dos casos, en 1922 se identificaron 28, en 1923 se tuvo noticia de otros dos y en 1925, de un caso aislado. En estos casos últimos (1920, 1922, 1923 y 1925) no hubo muertos. En 1930 se registró otro brote más en la carretera de la Bordeta (muy cerca de la zona de sitiales) con cuatro fallecidos y, ya en 1931, el que nos ocupa, con seis muertos vinculados directamente a las precarias actividades de gestión de residuos que se desarrollaban en l’Hospitalet.
Desde entonces, el Ayuntamiento de Barcelona y el de l’Hospitalet activaron brigadas permanentes de desratización. La cría de cerdos de tan poco higiénica manera empezó a preocupar de manera seria a las autoridades municipales de Barcelona y l’Hospitalet, pero ni las sucesivas prohibiciones ni los intentos, después de la Guerra Civil, de ubicar estos espacios de valorización de residuos y cría de animales en zonas (áreas despobladas del municipio de El Prat) ubicadas todavía más lejos de Barcelona sirvieron para erradicar una actividad insalubre a la que sólo puso fin, paradójicamente, el cambio de hábitos de consumo que comportó la generalización del plástico y la aparición de las grandes superficies comerciales. Con un mix de residuos más difícil de gestionar, los antiguos y precarios sistemas de tratamiento dejaron de ser válidos y la actividad acabó desapareciendo sin más. ¿Dónde estaba Can Pi? Pues muy cerca de lo que hoy es Fira Barcelona II.
