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Bill Gates lleva tiempo defendiendo que la inteligencia artificial cambiará profundamente el mercado laboral, pero una de sus predicciones va más allá de la sustitución de determinados empleos.

El cofundador de Microsoft cree que, en un horizonte de unos 20 años, la combinación de inteligencia artificial y robótica podría transformar tanto la producción que el marco económico actual dejaría de explicar buena parte de lo que ocurre.

No habla exactamente del final del capitalismo. Su planteamiento es que una economía basada en la escasez de trabajo y conocimiento tendría que adaptarse si la tecnología consigue ofrecer ambos recursos a un coste mucho menor.

La IA podría reducir la escasez de trabajadores especializados

Gates hizo estas declaraciones durante una conversación con el empresario indio Nikhil Kamath en el pódcast People by WTF. Al preguntarle cómo encajaría una población numerosa dentro de una economía capitalista en el futuro, respondió que dentro de dos décadas ese marco probablemente ya no sería suficiente.

La razón estaría en el avance simultáneo de dos tecnologías. Por un lado, la inteligencia artificial podría encargarse de una parte creciente del trabajo intelectual. Por otro lado, los robots mejorarían hasta asumir tareas físicas que hoy dependen de trabajadores humanos.

Gates puso como ejemplo profesiones en las que actualmente existe escasez de personal, como médicos, profesores y trabajadores de fábricas. Su hipótesis es que la tecnología podría cubrir buena parte de esa demanda y hacer que determinados conocimientos y servicios dejaran de ser tan escasos.

La expresión que utiliza es la de una especie de "inteligencia gratuita". No significa que todos los servicios pasen literalmente a costar cero, sino que el conocimiento especializado podría resultar mucho más barato de reproducir y ofrecer a gran escala.

Un sistema de IA capaz de tutorizar alumnos, analizar pruebas médicas o resolver determinadas tareas profesionales puede atender a muchas más personas sin aumentar el número de trabajadores en la misma proporción.

La parte física plantea más dificultades. Para trasladar ese mismo efecto a fábricas, hoteles, almacenes u obras, hacen falta robots capaces de manipular objetos, adaptarse a espacios cambiantes y trabajar con suficiente seguridad y fiabilidad.

El avance de la automatización podría elevar la productividad con menos trabajadores, abriendo un debate sobre salarios, jornadas laborales y reparto de la riqueza

Producir más con menos trabajadores cambia las reglas

El escenario descrito por Gates afecta a uno de los mecanismos básicos de la economía actual: la mayoría de las personas obtiene sus ingresos a través del trabajo y utiliza ese dinero para comprar bienes y servicios.

Si las empresas pueden producir cada vez más utilizando menos trabajadores, la productividad podría crecer con rapidez. El problema es que ese aumento no determina automáticamente cómo se reparten sus beneficios.

En un escenario favorable, la automatización podría reducir las jornadas laborales, cubrir empleos para los que hoy falta personal y liberar más tiempo para actividades fuera del trabajo. Pero también podría concentrar una parte mayor de los beneficios en menos manos mientras disminuye el número de personas que reciben ingresos suficientes para participar en esa nueva abundancia.

Ahí aparece la cuestión central: cómo obtiene ingresos una sociedad en la que una parte creciente de la producción ya no necesita trabajo humano. El problema no sería necesariamente la capacidad para fabricar bienes o prestar servicios. Podría existir incluso mucha más capacidad productiva. La dificultad estaría en determinar quién puede acceder a ella y cómo se distribuye el valor generado por sistemas automatizados.

Ese es el sentido de la reflexión de Gates. No plantea que la IA vaya a provocar inevitablemente el fracaso del capitalismo, sino que algunas de sus reglas podrían necesitar una revisión profunda si el trabajo humano pierde peso dentro de la producción.

Trabajar menos no dependerá solo de la tecnología

La automatización abre la posibilidad de una sociedad en la que sea necesario trabajar menos horas para mantener niveles similares o superiores de producción.

Sin embargo, una mejora tecnológica no conduce automáticamente a jornadas más cortas. Los aumentos de productividad pueden traducirse en mejores salarios, precios más bajos, mayores beneficios empresariales o una combinación de todos ellos.

Qué acaba ocurriendo depende también de decisiones laborales, fiscales y políticas.

Una economía con una presencia mucho mayor de la IA tendría que afrontar cuestiones relacionadas con los impuestos, la propiedad de los sistemas automatizados y la financiación de servicios públicos. Si una fábrica produce mucho más con una plantilla mucho menor, también cambia la manera en la que se generan salarios y determinadas contribuciones.

Gates no propone en aquella conversación un modelo económico concreto que deba sustituir al actual. Su previsión se centra en que conceptos como trabajo, escasez, productividad y remuneración podrían cambiar lo suficiente como para obligar a revisar algunas reglas.

Tampoco existe garantía de que la IA alcance en dos décadas el nivel de capacidad que imagina. Muchos empleos requieren responsabilidad, interacción humana o habilidades físicas que los sistemas actuales todavía no pueden reproducir de forma fiable.

Su escenario parte precisamente de que esos límites se irán reduciendo. Si ocurre, la pregunta ya no será únicamente si una máquina puede hacer el trabajo de una persona. ¿Será que sucede con el tiempo, los ingresos y la riqueza cuando una parte cada vez mayor de ese trabajo deja de necesitar personas?

Ese es el núcleo de la predicción de Gates: la IA podría hacer posible una economía capaz de producir mucho más con menos trabajo humano, pero el reparto de esa abundancia seguirá siendo una decisión de la sociedad.