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Cuando una enfermedad infecciosa se extiende, los humanos tendemos a extremar las precauciones. Recordamos la pandemia de la COVID-19, nos lavamos más las manos, evitamos tocar superficies sucias y desconfiamos de algunas superficies. Ahora, un nuevo estudio publicado en la revista Royal Society Open Science ha descubierto que los macacos japoneses (Macaca fuscata) también modifican sus hábitos para evitar posibles fuentes de infección después de haber vivido un brote de enfermedad.

La investigación aprovechó un brote de retrovirus de simio de tipo II que en 2020 afectó a varios grupos de macacos en un santuario de primates del sur de Texas, en Estados Unidos. El virus, que puede provocar una inmunodeficiencia similar al sida, se transmite principalmente a través de la sangre y la saliva, mediante mordeduras y arañazos. El brote causó enfermedades graves y la muerte de algunos animales.

Para estudiar cómo esta experiencia había afectado el comportamiento de los primates, los investigadores observaron 55 macacos distribuidos en cuatro grupos: tres habían estado expuestos al brote y uno no. Les ofrecieron alimentos sobre dos superficies diferentes: una limpia y otra que parecía contaminada con excrementos de otros macacos. Para evitar cualquier riesgo de infección, los excrementos estaban recubiertos con una capa de resina transparente.

Los resultados fueron reveladores. Los macacos de los grupos que habían vivido el brote se comieron el alimento de la superficie aparentemente contaminada solo en el 47 % de los ensayos. En cambio, los animales que no habían estado expuestos a la enfermedad lo hicieron en el 79 % de los casos. Además, el comportamiento era similar tanto en los individuos que habían enfermado como en los que simplemente habían convivido con animales enfermos.

El sistema inmunitario podría también ser conductual

El hallazgo apunta a la existencia de un sistema inmunitario conductual, un conjunto de comportamientos que permiten a los animales reducir el riesgo de infección antes de que los patógenos entren en el cuerpo y que el sistema inmunitario biológico tenga que actuar.

En los humanos, este mecanismo está muy relacionado con el asco, es decir, la reacción de rechazo ante alimentos en mal estado, excrementos u otras posibles fuentes de microorganismos. Los investigadores consideran que esta respuesta podría tener raíces evolutivas profundas y no ser exclusiva de los humanos.

El estudio también sugiere que la experiencia y el entorno social pueden influir en estos comportamientos. En otra parte de la investigación, los científicos observaron 54 macacos de siete especies diferentes y encontraron que los individuos nacidos en santuarios y criados por sus madres mostraban más aversión a los alimentos potencialmente contaminados que los que habían sido criados como mascotas en entornos humanos. Los autores plantearon entonces, que el aprendizaje social podría contribuir a transmitir estas conductas dentro de los grupos. Sin embargo, el estudio no demuestra directamente que los animales aprendan de sus compañeros, ni que experimenten asco en el mismo sentido que los humanos.

Las conclusiones muestran, pues, que una estrategia de prevención como lavarnos las manos o desinfectar la compra, podría formar parte del repertorio de defensa de nuestros parientes primates.