Si todo el mundo esperaba que los resultados de Donald Trump y el Partido Republicano en las elecciones de medio mandato que se han celebrado este martes en Estados Unidos fueran malos, el resultado final de los republicanos ha superado de mucho las expectativas que había y ha sido un desastre político de enormes proporciones. Cuatro ejemplos demoledores: han perdido la Cámara de Representantes, con una victoria demócrata mucho más amplia de lo previsto; se les escapa también el Senado, que era bastante más difícil de arrebatar a los republicanos y donde los demócratas ya tienen asegurada una mayoría de, al menos, 54 escaños; son arrasados en territorios históricamente republicanos, como Texas, Kansas y Carolina del Sur en las elecciones al Senado; y sufren derrotas en gobernaciones importantes, entre ellas Texas, Ohio, Georgia e Iowa. Ha habido, por tanto, un auténtico tsunami anti-Trump, por más que el presidente trate de buscar explicaciones que no existen y se escude afirmando que eso le ha pasado a su partido porque su imagen no estaba en la papeleta.
Lo cierto es que lo que ha sucedido en estos importantes comicios no es simplemente una victoria demócrata: ha sido un voto de castigo a Trump. Los electores han señalado el coste de la vida, la guerra con Irán y la corrupción como motivos fundamentales de su descontento. Y es que las desigualdades sociales se han acentuado enormemente e iniciar una guerra como la de Irán, después de haber llegado a la Casa Blanca afirmando lo contrario, ha sido una apuesta claramente refractaria para el votante conservador. Hay un dato histórico muy significativo: es la primera vez desde George W. Bush, en 2006, que un presidente republicano pierde ambas cámaras del Congreso en unas elecciones de medio mandato. Y ahí van algunos ejemplos que son demoledores: Kansas ha escogido el primer senador demócrata desde 1932 (Adam Hamilton); Texas llevaba 38 años sin elegir un senador demócrata (James Talarico); en Carolina del Sur lo mismo, 28 años sin una victoria demócrata al Senado y Annie Andrews se ha impuesto en uno de los estados más conservadores del sur. En Georgia, Keisha Lance Bottoms, antigua alcaldesa de Atlanta, logra un hito histórico nacional al convertirse en la primera mujer negra elegida gobernadora en Estados Unidos.
Lo que ha sucedido en estos importantes comicios no es simplemente una victoria demócrata: ha sido un voto de castigo a Trump
Podríamos seguir con Michigan, que ha elegido al primer senador musulmán de la historia (Abdul El-Sayed) en Estados Unidos; con Ohio, Maine, Nuevo México o Iowa, donde hay ejemplos muy similares. Pero la foto parece clara. Texas es el resultado políticamente más devastador para Trump, pero Kansas es posiblemente el más extraordinario desde una perspectiva histórica. Y hay algo que une Texas, Kansas, Carolina del Sur e Iowa: no estamos hablando de estados indecisos, sino de territorios que parecían formar parte del suelo electoral republicano. Trump no solo ha perdido las mayorías del Congreso y del Senado; ha visto cómo se resquebrajaban bastiones que su partido consideraba seguros. Si ponemos un poco de perspectiva, el presidente estadounidense ha conseguido que los demócratas ganen en Kansas por primera vez desde los tiempos de Roosevelt y en Texas por primera vez desde los tiempos de Reagan. Con solo dos años más de mandato, la fractura republicana puede ser importante. El vicepresidente JD Vance ya ha atribuido la derrota a la guerra con Irán. Trump, por su parte, ha responsabilizado a los candidatos republicanos. Es tan solo una primera señal de búsqueda de culpables.
Hay una cuestión que es especialmente interesante y que va a ser objeto, a partir de ahora, de todo tipo de análisis: ¿estamos ante un voto de castigo coyuntural o ante el principio del agotamiento electoral del trumpismo? La magnitud y la distribución territorial de la derrota hacen que esta segunda hipótesis sea la más razonable y que no estemos ante una derrota electoral de mitad de mandato. Trump prometió prosperidad, seguridad y evitar guerras innecesarias, y sus electores se han encontrado con que tienen más incertidumbre económica y menos estabilidad institucional, y de ahí el desencanto de su base electoral. La gran pregunta, a partir de ahora, ya no va a ser si Trump podrá recuperarse, sino cuándo empezarán los republicanos a considerar que seguir siéndole fieles es más peligroso electoralmente que distanciarse de él. El modelo político norteamericano tiene registrada estas situaciones como lame duck o pato cojo, una expresión muy utilizada para describir a un presidente que conserva formalmente el poder, pero ha perdido buena parte de su capacidad de influencia. Trump aún tiene dos años de presidencia por delante, pero corre el riesgo de convertirse en un pato cojo mucho antes de abandonar la Casa Blanca. Y eso, en su caso, dado su carácter, tiene también muchos elementos preocupantes.