Cuando viajas puedes aprovechar para aprender cosas, si te da la gana. Hace pocos años acompañé a unos amigos hasta Abòs, en Bearn, a recoger a un tímido cachorro llamado Ca. Que así le llamaban en occitano, lo ca, el perro, y que así le ha quedado como nombre propio, pasando del genérico al particular. Por el mismo precio también recuperábamos este monosílabo contundente, eficaz, que en las tierras donde vivo, los años que hará que se ha perdido, mientras que en Mallorca aún lo gastan con tanta naturalidad. Gracias a Ca y a su bautizo pude hablar con el señor Michel, un venerable anciano procedente del norte de Francia, una persona de una humanidad formidable, de una gentileza perfecta, de una simpatía natural difícil de olvidar. Como, a pesar de ser de estirpe francesa, noté que hablaba en perfecto bearnés con sus vecinos me interesé, inmediatamente, por los motivos que le habían llevado a fundirse lingüísticamente con su entorno. Por los poderosos motivos que le habían hecho canjear la prestigiosa, gloriosa, imperial lengua de Molière por una lengua silvestre, insignificante, vulnerable, casi sin futuro. “¿Qué quiere que le diga, monsieur Jordi? Llegué a Abòs con quince años, cuando aún tenía las piernas bien recias y no como ahora. Debía adaptarme al nuevo hogar que encontré aquí. Debía ser como los demás y no hablar como un forastero. En francés todos me entendían bien, naturalmente. Pero no basta con entenderse. Piense usted que mantener diferencias innecesarias con los demás no es nunca un buen camino para nada.”

¿Por qué, en Portugal, todos los castellanohablantes que se han quedado a vivir allí hablan todos portugués, a veces un portugués aproximado llamado portuñol, y en Catalunya no todo el mundo hace el esfuerzo de aprender la lengua del país?

Acabo de recordar, como si fueran de ahora, estas palabras de mi amigo, el señor Michel. Y es que durante mi reciente viaje a Portugal he podido constatar que son válidas, perfectamente sensatas. En ese país hermano todo el mundo entiende sin ningún esfuerzo la lengua española, y cuando me canso de pensar en mi portugués rudimentario y escaso, puedo recurrir a ella para comunicarme mejor, para hacerme comprender con más riqueza. Es cómodo. El escritor António Lobo Antunes me dijo una vez, mientras bebíamos y hablábamos de mujeres y de fútbol, que el portugués es una especie de español “sem ossos”, sin huesos, por lo que todos los portugueses entienden bien el español y a la mayoría de los castellanohablantes les cuesta bastante entender el portugués. Es curioso, en Portugal todo el mundo entiende el español, como ocurre en Catalunya, donde todo el mundo también puede comunicarse con la expansionista lengua de Castilla. Y, en cambio, es totalmente verdad, no basta con entenderse y ya está. No. ¿Por qué, si la lengua sólo fuera para comunicarse, si la lengua sólo fuera, como dicen algunas personas malintencionadas, una herramienta de comunicación, entonces, por qué hay personas que llevan viviendo más de cincuenta años en Catalunya y no saben decir ni un triste “bon dia”? ¿Por qué, en Portugal, todos los castellanohablantes que se han quedado a vivir allí hablan todos portugués, a veces un portugués aproximado llamado portuñol, y en Catalunya no todo el mundo hace el esfuerzo de aprender la lengua del país? ¿Por qué, si los castellanohablantes se hacen entender bien en español, dejan de hablarlo en Portugal y en Catalunya no siempre sucede?

Qué misterio más misterioso, le digo a mi amiga Carmo, una de las mujeres con más sentido común que he conocido, una gran señora portuguesa que habla catalán y que siempre tiene los pies en el suelo. “¿Cómo es que no tenéis castellanohablantes que se nieguen a hablar portugués en Portugal?” Me mira a los ojos, de golpe, muy sorprendida por haberle hecho esta pregunta. “¿Qué te crees? ¿Que algunos castellanohablantes, siempre tan imperialistas, no lo intentan también en Portugal? Pues claro que sí, querido. Lo que pasa es que nosotros, si no intentan hablar portugués, peor o mejor, lo que hacemos es enviarlos directamente a la mierda”.

Jordi Galves
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