Con el rostro desencajado y la cabeza gacha comparecía el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, tras el Consejo de Ministros de este lunes. No podía esquivar la rueda de prensa en la Moncloa, donde se anunciaba la aprobación del techo de gasto, como sí lo había hecho con la de la semana anterior, tras su reprobación en el Congreso. Entonces intentó huir de los periodistas a la salida del hemiciclo, hasta que se vio obligado a ofrecer unas declaraciones. Pero ayer Montoro encaraba otro frente de envergadura: ser quizás corresponsable de la dimisión del exministro José Manuel Soria, y del presunto tráfico de influencias que habría llevado a cabo el despacho fundado por él, Equipo Económico.

"Esto es la política", decía Montoro denunciando que existirían intereses fácticos para que dimitiera. Entre ellos se encontrarían las acusaciones de Soria, relativas a que el titular de Hacienda habría trasladado a Mariano Rajoy la existencia de una cuenta bancaria en Suiza de la madre del exresponsable de Industria. Pero el ministro evitaba pronunciarse y afirmaba que no podía revelar "ninguna información sobre ningún contribuyente". "No hablo y no hago valoraciones al respecto", se defendía. Era el mismo Montoro que en muchas ocasiones se ha protegido de sus adversarios –desafiante– bajo el conocimiento tributario de que dispone. "Hay más casos en su grupo", amenazó al PSOE, antes de que votara sí a reprobarlo por la amnistía fiscal inconstitucional.

La cuestión es que Soria es el ministro que salió del ejecutivo por los papeles de Panamá. El mismo Montoro le dio la espalda hace meses, cuando dijo que ningún miembro del Gobierno podía seguir en el cargo "si había operado en paraísos fiscales". La frialdad del ministro de Hacienda y de la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría en aquella misma mesa del Consejo de Ministros habría dejado cicatrices en Soria. Este les deja en mal lugar en las memorias que estaría a punto de publicar, considerando que le habían hecho un ajuste de cuentas por tensiones pasadas en el gabinete. Pero en la Moncloa recuerdan que el exministro se marchó por el caso Panamá, no por la cuenta de la madre.

El hecho es que la situación de Montoro roza la gravedad después de que un diario del espectro del PP se haya apuntado a la carga. ABC publicó que el despacho fundado por él habría hecho tráfico de influencias. El periódico decía que en 2011 Rodrigo Rato, entonces presidente de CajaMadrid, organizó unos encuentros entre él y el Ibex-35 para explicar las políticas económicas que aplicaría el PP. Más tarde, en 2012 el titular de Hacienda presentó en la Comisión Delegada de Asuntos Económicos un informe criticando la retirada de las primas a las renovables. Soria, que impulsaba la retirada, vio cómo el texto era igual que el presentado por Abengoa –asesorada por el bufete en cuestión, Equipo Económico.

Sin embargo, el ministro se niega a ofrecer explicaciones en el Congreso y se refugia en la tarea de década y pico al frente de la administración. "Estoy fuera del despacho desde 2008, tendrán que hacerlo los que están allí", afirmó recordando que aquel mismo año el negocio fue traspasado a su hermano. Más tarde, se justificaba con que el frente tácito que le acosa no sería peor que la llegada al gobierno en 2011, cuando se destruían 300.000 puestos de trabajo con la crisis. "Yo tengo una responsabilidad por cumplir y la cumpliré hasta el último día", añadía sacando pecho de haber salvado los Presupuestos del 2017 –a pesar de hacerlo a golpe de talonario con los partidos nacionalistas– y no descartar ahora la rebaja fiscal que exige Ciudadanos.

Pero Montoro teme poco marcharse del ejecutivo, y todavía menos, los envites del "nuevo PSOE". Tiene la jubilación cerca y no se encuentra en la lista que le piden los socialistas sobre los amnistiados en el 2012. "Absolutamente nada" le aflige eso, porque Hacienda promovió una modificación de la Ley General Tributaria para que fuera público. Menos le agobia que las comunidades del PSOE voten en contra de los objetivos de déficit, o que Catalunya se oponga. Sabe que podrá revalidar la mayoría de los presupuestos de 2017 para 2018, y ante el frente que le asedia, tiene clara una premisa: que la política "no va de cómo se siente uno cada día al levantarse", sino de resultados y de amigos. Y ahí solía contar con el apoyo de Rajoy y Santamaría.