Gabriel Colomé (Barcelona, 1955) es profesor de ciencia política y ha sido director del Centre d'Estudis d'Opinió de la Generalitat (CEO) y del Institut de Ciències Polítiques i Socials (ICPS). Aunque apunta que él viene más bien "de la academia y la teoría", también ha probado la práctica. Fue concejal del Ayuntamiento de Barcelona (2011-2015) y desde 2023 es senador de la mano del PSC. En el Senado, dice, está haciendo "un máster" en parlamentarismo. Se pensaba que habría "esgrima y florete" y se ha encontrado que van "con bate de béisbol y al pressing catch". En conversación con El Nacional, Colomé analiza la actualidad política catalana en la era postprocés y en plena ola reaccionaria.
¿Me haría un diagnóstico de en qué punto está Catalunya políticamente en estos momentos?
Venimos de donde venimos. Las elecciones de 2012, con la disolución del Parlament por parte de Artur Mas, dinamitan el sistema político y de partidos que habíamos conocido desde 1977. Esto da lugar al Procés, diez años en los que Catalunya vive momentos históricos, pero también de enfrentamiento, polarización y un choque frontal con las estructuras del Estado. La sociedad catalana se tensiona, incluso a nivel familiar. El PP en el Gobierno no ayudó en absoluto al diálogo, judicializa la política y vemos cómo los jueces toman la iniciativa. La perspectiva cambia cuando llega Pedro Sánchez al Gobierno. Había sido un frontón, tirar la pelota y que rebotara; y a partir de 2018 al otro lado quieren jugar, y eso ya es un partido de tenis. ERC decide que la vía del enfrentamiento ya no es válida, han perdido, y entran en la lógica de reconstruir el país. Junts mantiene la lógica de confrontación hasta 2023, cuando pacta la investidura de Sánchez. En 2024 hay un nuevo Govern de progreso, monocolor con el apoyo externo de ERC y Comuns. La nueva presidencia intenta pacificar, coser las heridas, y volver a un espacio de convivencia que no sea solo monotemático independencia, república y enfrentamiento. Estamos aquí, recuperándonos poco a poco. Muchas de las 4.000 empresas que se marcharon han vuelto, como La Caixa y el Banco Sabadell, y la economía funciona. Ahora el problema es la ola reaccionaria de extrema derecha que vive el mundo y que también afecta a Catalunya. Vox ya sabemos cómo es y Aliança Catalana es un fenómeno nuevo que nos debe hacer reflexionar. El futuro es interesante, como politólogo. Como país, ya veremos.
¿Un nuevo financiación como el pactado con ERC cambiará algo?
Si finalmente consigue pasar todos los obstáculos, pero costará porque hace falta una mayoría. Al final debería ser singular, pero la primera parte es poner en orden el espacio común y repartir el dinero. Es lo que se ha pactado ahora, que antes se hacía cada cinco años y el último fue el tripartito con el Gobierno Zapatero. En 2013 se acaba y el Gobierno del PP, con mayoría absoluta, hace el laissez faire laissez passer y no se pone al día. Llevamos trece años de retraso. Además hay déficit en las comunidades autónomas, porque el señor Rajoy salvó los bancos y las condenó a ellas, que tuvieron que endeudarse para poder pagar las nóminas y los servicios. Ahora la idea es que la financiación sea más equitativa, con una diferencia menor de la brecha entre quien más aporta, Madrid, Baleares y Catalunya, y quien menos, para que no haya agujeros inmensos entre comunidades. Todos ganamos. Catalunya recibiría 4.700 millones más, porque el Estado dota el fondo de compensación. Y con la ordinalidad, si Catalunya aporta como tercera no puede recibir como novena, como pasa ahora que hay un déficit clarísimo. Con el nuevo mecanismo no se puede estar ni dos puestos por encima ni dos por debajo, así que la tercera tiene que ser como mínimo la quinta en recibir
La mayoría de las comunidades están en contra, del PP y también del PSOE
El señor Page, que está en contra, recibiría 1.200 millones de euros. La Comunidad Valenciana, 3.000. No necesitarán endeudarse con los bancos para tener crédito. Una serie de impuestos cambian y se da a las comunidades la capacidad de regularlos. Y algo muy importante también es la ley antidumping. La Madrid de la libertad y las cañas saca impuestos a quienes más tienen y hace que empresas vayan allí porque es más barato. Esto se acabaría con esta ley, porque hay un tope. No es cierto lo que dice el PP de que los catalanes son insolidarios y el resto no reciben. Han entrado la lógica típica de la catalanofobia que empezó a partir de los años 90 porque les conviene electoralmente. Ganan votos con política polarizadora, pero la realidad es que pierden dinero.
Hacen falta los votos de Junts y reclaman un concierto.
Junts llevaba la ordinalidad en el programa del 2024 y otras muchas cosas que ahora no quieren. Reivindican algo que nunca tendremos. Para salir del régimen común hay que cambiar no solo una ley, sino muchas cosas. Puedes querer la luna, perfecto, pero ahora estamos con la ordinalidad. De aquí a treinta años hablamos. Esto es el programa máximo y el maximalismo no lleva a ninguna parte. Además, la economía ahora es potente, pero de aquí a cinco años se tendrá que volver a negociar la financiación y si baja, también bajará la aportación. A Catalunya le interesa que Aragón y la Comunidad Valenciana vayan como un cohete, porque tienes unos espacios comunes y quieres que sean competitivos y que te ayuden. No interesa económicamente empobrecerlos porque "yo quiero ser el mejor".

En el último barómetro del CEO, el PSC sigue liderando, pero cae en escaños y la mayoría de investidura peligra. ¿Cómo se explica esto?
El valor de estar en el Govern no hace que el PSC salga disparado básicamente porque las condiciones actuales son las de una ola de extrema derecha, que es el elemento más preocupante que muestra el barómetro. Los Comuns también sufren, ERC se mantiene, pero relativamente; y quienes saltan de alegría son Vox, que se come al PP, y Aliança Catalana, que lo hace con Junts. Esto es un problema, porque formar gobierno se complica mucho. Ningún partido menos el PSC tiene suficientes diputados para entrar en la geometría variable.
Usted enseña marketing político. ¿Cree que cuaja este mensaje del president Illa de normalización posprocés y poner en el centro la buena gestión de los servicios públicos?
Desde 2012 todo gira en torno al derecho a decidir, de independencia y de república. Después, de los encarcelados. Todos los esfuerzos de una parte del país estaban directamente en irse. A partir de la llegada de Salvador Illa, esto se ha acabado. No nos iremos de España y, además, la geopolítica ya nos dice en estos momentos que es imposible. Mira cómo está el patio para que ahora intentemos romper. Vamos a normalizar el país y intentemos superar la fractura. ¿Recordamos cómo era la Barcelona de 2017, el 20 de septiembre ante el Departament d'Economia?
¿Pasará factura al Govern la crisis de Rodalies de estos días?
Si fueran las elecciones la semana que viene, seguro. Como son en 2028, espero que entonces el tema esté más solucionado. Con Rodalies no es un buen día para hablar de gestión, pero eso no depende tanto de la Generalitat, sino del Gobierno de España. Adif y Renfe no son nuestros. También hubo errores de comunicación. Hay que pedir perdón a la gente que se quedó esperando un tren que no llegó. Un momento que se recuerda del tripartito es el agujero del Carmel. Aquello se lo comió el conseller Quim Nadal, pero esa obra venía de Convergència. Se come el agujero de Felip Puig y este en el Parlament lo ataca por la gestión. Quien se come el agujero es quien está gobernando y nadie piensa quién es el responsable de verdad. Durante diez años no se hicieron las inversiones en infraestructuras que tocaban, porque aquí teníamos un Govern que quería otra cosa y el otro Gobierno quizás pensaba "si te vas yo tampoco te daré dinero". Tenemos una red de Rodalies que son casi mil kilómetros y tiene problemas. El déficit se tiene que llenar y en los últimos años el Estado sí que ha invertido más y está el acuerdo para la nueva agencia ferroviaria en Catalunya. Las licitaciones y cambiar normativa tarda. El ciudadano lo querrá mañana, pero se verá dentro de cinco años. Paciencia, se están poniendo las bases.
El apoyo a la independencia cae, pero los partidos independentistas tienen fuerza en el Parlament. ¿El movimiento está muerto y enterrado tras el desencanto o solo dormido y puede rebrotar si se dan los incentivos?
La efervescencia se ha acabado, pero el independentismo nunca está muerto, siempre lo habrá. Ahora bien, la alineación de los astros que se produjo del 2012 al 2017, no sé si se volverá a repetir. Veníamos de un referéndum en Escocia, del Brexit, de la presidencia de Trump. El mundo se estaba resituando en este cambio de era. En aquel momento el independentismo era una idea, una emoción, y mucha gente se apuntó. En las encuestas de la época, a partir del 2008 hay una sensación de maltrato, por el Estatut, la financiación, la campaña anticatalana, el boicot, "Endesa antes alemana que catalana". El ataque tan brutal del PP genera una reacción emocional en mucha gente que dice "basta, si no nos quieren, nos vamos". A la pregunta del CEO de usted qué querría ser —una región, una comunidad, estado federal o un estado independiente—, el núcleo duro de independentismo es un 13% y el independentismo emocional es un 30%. Ahora ha bajado la tensión con la amnistía y los indultos, se normalizan las relaciones entre gobiernos, y este 30% baja porque ya no se siente atacado. Por mucho que el PP utilice el anticatalanismo para ganar votos, ya no es la virulencia de cuando quería destruir el Estatut del 2006.
¿Y qué pasa con ese 13%?
Pueden ser pragmáticos. En Quebec son un 20%. Perfecto. Como decía un académico, podemos hacer dos cosas: trabajar con ellos o no. Si piden la independencia, no podremos. Si la quieren, pero también otras cosas, pues hagámoslas, incorporemoslos. Yo soy socialista, muy bien, el mundo perfecto es imposible. La república y la independencia son un ideal ahora mismo, para cuando puedas. Ahora trabajamos porque tenemos otros problemas. La política no es de máximos, sino de denominadores comunes, y tenemos que ponernos de acuerdo. Volver al diálogo, no a los monólogos consecutivos que habíamos tenido hasta ahora. ERC puede pactar con los socialistas porque hay cosas a conseguir, como la financiación o Rodalies. Si la independencia es el tema, no llegaremos a ningún acuerdo. Ahora bien, si ambos queremos una sanidad pública, sí. Ya sabemos que la CUP y Aliança nunca jugarán porque son partidos de lógica antisistema. Entonces, la clave es Junts: ¿qué quiere ser y qué quiere hacer? De entrada jugaban, luego se enfadaron y ahora han roto. Ahora tendrán que decidir si realmente dinamitan el acuerdo de financiación o pactan.
La situación de Carles Puigdemont también está en el aire todavía, lo que complica todo.
Volverá, está clarísimo. Catalunya no se normalizará definitivamente hasta que no vuelva. Que esté fuera del país y no pueda tomar posesión de su escaño es una distorsión del sistema. Quizás en marzo haya finalmente la sentencia del Tribunal Constitucional. Y ya veremos cómo reacciona el Supremo, porque ya hemos descubierto que los jueces no hacen política, pero hacen más que los políticos. El PP también anima a que no se aplique la amnistía. Espero que en abril Puigdemont esté en su casa de Girona, que pueda hacer entrevistas, pasear o si quiere jubilarse, quedarse haciendo pasteles en la panadería de la familia. Ahora su voluntad no está porque depende de otros.
¿La crisis de Rodalies puede despertar al movimiento independentista?
No es para inflamar Catalunya.
¿Y un Gobierno de PP y Vox?
Esto puede inflamar no solo a los independentistas, sino a mucha más gente si realmente hacen los recortes que han prometido o si cuestionan el estado de las autonomías. Pero esto no ha pasado todavía, por mucho que las encuestas digan que no hace ni falta que vayan al partido porque ya han ganado. Normalmente las encuestas cuando son tan rotundas se equivocan, como pasó en 2023.
¿Haber dormido el apoyo al independentismo con la lógica pactista, los indultos y la amnistía es una victoria política de Pedro Sánchez?
Esto no va de dormirlo. La amnistía la planteo pensando en aquellas 900 personas imputadas pendientes de un juicio porque llevaron unas urnas o abrieron un colegio. Los políticos saben perfectamente los riesgos que corren, pero aquellos ciudadanos que se lo creyeron, participaron, y les llegó un papel a casa, que puedan volver a la vida normal sin una espada de Damocles porque hicieron no sé qué el día 1 de octubre. Es totalmente injusto que acabaran ante un juez. El drama se tiene que solucionar. Por ejemplo, como académico me siento muy solidario con Oriol Junqueras cuando dice que está inhabilitado y no puede dar clases en la universidad.
¿Pero le ha salido bien la jugada al PSOE, mirando los resultados del PSC en Catalunya?
No te creas. Hay un PSOE, el de Page, Felipe y Alfonso, que es nacionalista español y está en contra. A una parte del electorado hay que hacerle mucha pedagogía. El resultado que obtiene el PSC diría que es una victoria, más que electoral, moral: haber hecho algo que el PP no estaba dispuesto porque "España una y no cincuenta y una". Me estoy quedando sordo del oído izquierdo porque tengo PP y Vox gritándome que esto es un escándalo. Estamos todavía aquí, no se creen la España plural. Les pasa como a aquel pobre personaje de Molière que descubrió un día que hablaba en prosa. PP y Vox no se han enterado de que la estructura del Estado, como la diseñaron, es casi federal. No le pusieron en aquel momento el nombre porque, como muchas otras cosas, estaba prohibido. Se ha jugado siempre con eufemismos. Y si fuéramos más valientes diríamos aquello que dijo Anselmo Carretero de una nación de naciones. El presidente del Senado le dijo a una senadora que dejara de decir nación a Catalunya o al País Vasco, porque la Constitución no lo contemplaba. Obviamente, salieron unos cuantos recordándole el artículo dos, que habla de nacionalidades y regiones. El nivel de ignorancia es muy alto y no se reconoce la realidad. Enric Juliana se ha inventado el Madrid D.F., pero no quieren serlo: como dijo la señora Ayuso, "España es Madrid y Madrid es España". Es una visión que han tenido desde el siglo XVIII.

Llevaba años que la extrema derecha parecía residual y no tenía peso institucional. Ahora es primera o segunda fuerza en muchas democracias occidentales. ¿Qué ha pasado?
Es la gran pregunta. Ha pasado la crisis económica de 2008. Se aplican unos criterios de insolidaridad, sálvese quien pueda, en lugar de una lógica de ayuda como en 2020 con el Covid, cuando decidieron hacer los Next Generation y en España los ERTE, que salvan puestos de trabajo. Entonces, Alemania tiene un ataque de pánico para salvar el Deutsche Bank, aquí hay unos culpables, los PIGS que viven mejor que nadie, y empieza el austericidio. Los países tienen que hacer una contracción económica sin ayuda y España decide salvar los bancos, no a la gente. La consecuencia es que no te llega la ayuda y te sientes expulsado del sistema y que es injusto. Lo que pasa es la rebelión de los excluidos. ¿A quién tengo que votar, a estos que no me han ayudado? Votan no para solucionar problemas, sino para llamar la atención y decir que están enfadados. No lo leímos y eso da lugar a Trump y el Brexit en 2016, al independentismo en Catalunya y Escocia, a Orbán, Salvini, Meloni, a los gemelos en Polonia, Le Pen, Wilders, AfD. Partidos residuales crecen por el sentimiento de exclusión del sistema. Hay simetría con el nazismo y fascismo en los años 1930 después del crack del 29. Ahora hay algo que no existía entonces: la Unión Europea, que hace de red de seguridad. La internacional reaccionaria, que tiene a Trump de presidente y modelo, fija que Europa es un error y que dará apoyo a los partidos patriotas iguales al MAGA americano. En España es Vox. No han descubierto todavía a Sílvia Orriols, pero ya empieza a estar en la onda expansiva. Estamos avisados.
¿Cómo explica que Aliança Catalana pueda tene 20 escaños?
Por la decepción estratosférica del independentismo. Todos aquellos que pensaron que la república estaba a la vuelta de la esquina, y finalmente no. Me imagino a todos aquellos jóvenes de 13 y 14 años que fueron el 1 de octubre, vieron cómo pegaban a sus padres, hermanos, o incluso a ellos y después que aquel acto de valentía no tiene ningún efecto. Y sale una señora de la cuna de la nación catalana, Ripoll, que les dice unas cosas y piensan: esta sí que me entiende. Esto en el espacio de la Catalunya interior, donde está el sustrato de la cultura política del carlismo, que es conservadora, ultracatólica, ultranacionalista. Esta gente ha cambiado de partido a uno fuera del sistema porque no se siente representada. En estos momentos Orriols representa el voto antisistema independentista. Ahora tiene dos diputados, aunque estuvo a punto de tener cinco, y estar en el Parlament, como dijo ella, es que "finalmente tenemos altavoz, nos escuchará toda Catalunya", lo cual es cierto. En las generales, cuando Aliança no se presente, este voto principalmente se quedará en casa. Volver a Junts es difícil. Y no veo que vaya a Vox, porque el modelo de Estado es la antítesis. Veremos en las municipales del año que viene.
Aunque Aliança también tiene una parte importante de votante no independentista.
Sí, pero la mayoría lo son.
¿Cómo gana más un partido tradicional cuando aparece alguien así que le come el voto: acercando el discurso y adoptando algunas de sus medidas para que no se le escape el votante o tratando de distanciarse?
Con todo el respeto a PP y Junts, pero no puedes luchar contra una marca original, porque eres la copia de Hacendado. El señor Abascal dijo en sede parlamentaria al presidente del Gobierno que es el peor de los últimos 80 años. Puso al Quico allí dentro y se quedó tan ancho. El PP, un partido de Estado liberal-conservador, no puede entrar en esa lógica e intentar ser más neofranquista que Vox. Una parte de tu electorado tiene reminiscencias y a algunos les ha conectado y descubierto que tienen ocho apellidos franquistas, que el abuelo era un franquista y que, por lo tanto, vuelvo a casa por Navidad y dejo el PP por Vox. Entonces pierdes un millón doscientos mil votos. Pablo Casado se plantó y dijo que no a Abascal. Fijó la línea y se situó en partido de Estado y defensor de la democracia. El problema del PP es que tiene un líder que no tiene la autoridad para imponerse. La pierde el día que anuncia que ha pactado el Consejo General del Poder Judicial con Pedro Sánchez y Ayuso sale y dice que ni hablar. Ella le marca la agenda. Ayuso es como Aznar, de raíz ideológica falangista. En Madrid no tiene problema y se come a Vox, porque el electorado la ve como "una de los nuestros", pero Feijóo no lo es. Él debería jugar a ser liberal-conservador y hacer pactos de Estado, pero compró la estrategia de destrucción del gobierno "ilegítimo, ilegal, corrupto". Abascal habla poco, no lo necesita porque cuanto más hable Feijóo más votos le da. Lo tienen callado, que es una buena estrategia. Con Junts y Aliança, lo mismo: no puedes entrar en la batalla de la inmigración, porque estás comprando su marco y, entonces, estás liquidado. En vez de fijar un muro de contención, la estrategia ha sido abrir las compuertas. Entonces, tenemos un problema. Sobre todo los alcaldes, que ven en primera persona en los municipios y tienen la sensación de que se les está escapando el voto históricamente suyo hacia Orriols. Encontrar mecanismos para evitar esto no es fácil, pero entrar en su marco es un error. Hay que volver a la lógica de los demócratas y la defensa de la Res publica.
¿Cómo?
No tenemos cultura republicana francesa. Allí, que tuvieron un régimen colaboracionista, el Vichy de Pétain, o en Italia, que tuvieron el fascismo, cuando hacen la reconstrucción democrática tienen muy clara la idea de que con la extrema derecha no se pacta. Hay una línea roja: a un lado están los que quieren destruir la República y al otro, los demócratas. El voto republicano significa que cuando en una segunda vuelta Le Pen es primera fuerza, todos los demás se unen para que no gane. No hay color, ideología, religiones, solo hay un voto democrático. En España y Catalunya el voto republicano ha pasado dos veces, pero no en clave de extrema derecha, sino independentista. Cuando Manuel Valls da a Ada Colau tres concejales para evitar que haya un alcalde independentista, Ernest Maragall. Y en 2023, cuando Xavier Trias hace un pacto previo con Maragall que prefigura una alcaldía independentista y el PP hace un voto republicano para evitarlo y vota a Jaume Collboni. Con Vox creciendo por toda España, Aliança Catalana aquí, Trump en Estados Unidos y Europa moviéndose en este sentido, los partidos demócratas deberían plantearse dar apoyo a la lista más votada y evitar, por ejemplo, que en las próximas elecciones municipales Junts pacte con Aliança. No poner más gasolina al fuego y hacer una defensa del sistema democrático, que es más importante y lo que nos une. ¿Se hará? No creo, porque no tenemos esta cultura francesa o italiana.

¿Cree que Pedro Sánchez y Salvador Illa también juegan un poco a alimentar estas opciones para erigirse en bandera de todo lo contrario y tener un “enemigo” que movilice a los suyos?
Pedro Sánchez normalmente no se equivoca de objetivo. La gran batalla es con Feijóo. Con Abascal es más bien una relación de desprecio, que no de confrontación: "¡Mira! ¿Ha venido usted hoy? Con lo poco que trabaja...". En el Parlament, el president Illa se enfrenta a Orriols desde el punto de vista de fijarle la barrera. Como cuando [Orriols] le dijo aquello a la diputada de ERC [Najat Driouech], buscando el elemento de confrontación más primario. El discurso de Aliança ataca las bases fundacionales del sistema, que todos somos iguales, respetuosos y respetables, y el president fija la línea: nosotros estamos aquí y ahí estás tú.
¿Puede haber normalidad institucional con partidos como estos en el poder, que sean un actor más y haya alternancia, o está la democracia en juego?
Que puedan estar en un gobierno depende de los partidos que quieran que estén. El PP podría jugar otras variables. En cambio, se ha casado con Vox. Visto desde Madrid, me recuerda tanto al Procés... Convirtió el Parlament en dos bloques: independentistas y no independentistas. Entonces, el electorado funcionaba en ascensor dentro de cada bloque: el que perdía Junts lo ganaba ERC, o al revés. Ahora tenemos dos bloques PP y Vox, por un lado, y luego los otros. Hay partidos, como Junts y PNV, que están en un bloque incómodo, porque de izquierdas no son, pero están ahí por contraposición al otro. Con la alianza con Vox, comprando su discurso y asimilándose, el PP les cierra la puerta para una geometría variable y automáticamente los obliga a estar al otro lado. El PP se ha dejado atrapar allí con Vox, ellos mismos han marcado la frontera. Y claro, todos los demás suman y ellos dos, no. Este es su drama y tal como van las encuestas, 200 diputados no tendrán. Para tenerlos, todos los demás tendrían que hundirse. Y no lo hacen, resisten. Cuando haya elecciones veremos.
¿Se agotará la legislatura o habrá elecciones anticipadas?
Cuándo serán solo lo sabe una persona, que se llama Pedro Sánchez. Y él ha dicho 2027. Pues nos lo tenemos que creer. ¿Que pueden pasar cosas extraordinarias antes? No lo sabemos. Quizás hay una tercera guerra mundial, pero eso no lo controlamos. Si no lo podemos controlar, relajémonos y disfrutemos.