A lo largo de la última década, la extrema derecha ha pasado de ser una opción política aparentemente residual, minoritaria y anacrónica a ser primera, segunda o tercera fuerza en muchas democracias occidentales. La ola reaccionaria es una realidad y prueba de ello son los gobiernos de Donald Trump, Jair Bolsonaro, Javier Milei o Giorgia Meloni. También que en Francia Marine Le Pen haya estado a punto de presidir la República, que en el Reino Unido Nigel Farage vaya disparado en las encuestas o que José Antonio Kast sea favorita en las presidenciales de Chile este diciembre. En Catalunya, la última encuesta del Centre d'Estudis d'Opinió (CEO) augura a Aliança Catalana una veintena de escaños en el Parlament y a Vox, quince. El Oriol Bartomeus, politólogo, profesor y director del Institut de Ciències Polítiques i Socials (ICPS), tiene algunas de las claves para entender qué está pasando.
La extrema derecha parecía residual y no tenía peso institucional. Estaba asociada en el imaginario colectivo a una minoría de nostálgicos exaltados o skinheads en las calles. ¿Qué ha pasado?
La crisis de 2008. Lo que empieza como una crisis financiera impacta en el corazón del sistema político. Una parte muy considerable de la ciudadanía queda con la impresión de que la política no les defiende, sino que forma parte del "sistema". Y que este no les tiene en cuenta y no trabaja para ellos. Hay una ruptura absoluta con los partidos tradicionales en Europa desde el año 1945 —en España y en Catalunya desde finales de los 70 y principios de los 80— y que es muy visible en las nuevas generaciones. Hay un cambio profundo en la manera como nos relacionamos con la política: la impresión de que la política ya no es aquello que sirve, que te puede cambiar la vida, sino que los políticos van a lo suyo y no nos hacen caso. Esto es algo que históricamente la sociedad española y catalana siempre ha tenido muy dentro, pero el cambio es que en la nueva generación democrática se invierte la relación con la política. Las generaciones antiguas concebían a los dirigentes jerárquicamente por encima. Aunque se pudiera considerar que no hacían lo que debían, había como una cierta idea de que esta gente sabe. Con las nuevas generaciones esto no se produce: hay una igualación o incluso el político ya no es igual que tú, sino que es un sirviente a tu disposición. Entonces, cuando este "servicio" que esperamos de la política no se nos da, nos enfadamos. Primero aparece una desafección importante, y este vacío que no cubren los partidos tradicionales lo hacen ofertas nuevas que desde un punto u otro, apelan a superar el sistema existente: es el caso de Podemos, del Brexit o del procés en Catalunya. Rompamos con el sistema porque ya no funciona. Y es el caso de la extrema derecha. "La cosa va mal, todo es una mierda, ¿quién tiene la culpa? Los políticos, los inmigrantes, las feministas". En los últimos quince años hemos vivido la aparición y el éxito electoral de toda una serie de outsiders, porque hay un público asegurado que está esperando esto. Alguien que "hable claro, que diga las cosas claras, que se enfrente a los poderes establecidos y que haga un gran estruendo". Esto liga con un ambiente social generado por las redes, que es muy crispado, porque se basan en el odio. Y la extrema derecha señala quién es el objeto de tu odio.
Años después de 2008, hay una crisis de falta de vivienda, el coste de vida es alto, hay precariedad en muchos sectores económicos y un paro juvenil alto. Estos factores materiales adversos son el combustible para la extrema derecha o, por el contrario, ¿se alimenta más de otras preocupaciones como debates identitarios o de la inmigración?
Se mezcla todo. Si miras los datos con frío, la economía crece, pero hay una sensación de que no hay futuro. Una encuesta del CEO revelaba que la mitad de los hombres jóvenes decía que los mejores años ya han pasado: "no hay futuro, la vida de las generaciones nuevas será peor que la de sus padres y abuelos, no hay progreso posible". Eso lo tienen muy integrado. Si me permites la caricatura, es un poco la pintada aquella de Emosido engañado. "¿Qué pasa? Yo he hecho las cosas bien, ¿no? Lo que tocaba, lo que me han dicho, he estudiado, ¿pero qué futuro me espera? Un futuro precario, un trabajo que bueno... La imposibilidad de subir, de progresar económica y socialmente". El contrato social se ha ido al carajo. A esto se añade la crisis climática. Esta sensación de que te han robado el futuro genera rabia y demanda de refugio. Todo es incierto y quiero seguridad. La extrema derecha recoge y vehicula este desasosiego. Le dice a la gente "yo sé que sufres, yo sé que te han robado. ¿Sabes de quién es la culpa? De los inmigrantes y de los políticos". Y quien no hace la salida por esa vía, la hace por la otra: "la culpa es de los boomers, de mis padres o abuelos, que tuvieron una vida regaladísima y ahora les pagamos unas pensiones monumentales, y mira yo, con mi sueldo precario, mi vida de mierda, no me puedo comprar un piso porque ellos tienen todos los pisos".
La sensación de que te han robado el futuro genera una rabia y demanda de refugio. La extrema derecha recoge y vehicula este desasosiego
¿Esto ha pasado antes, verdad?
Hay concomiencias con los años 30. Las épocas resuenan. Siempre tiramos del tópico de que la historia no se repite pero rima. Steven Forti lo ha estudiado. Pero toda época es particular y a la vez hay elementos diferentes: entonces no venían de 50 años de mejora social y económica, no había estado del bienestar, nosotros sí que lo tenemos. Las redes sociales también lo hacen diferente, entonces lo más parecido podría ser la prensa partidista muy polarizada.
¿Hay un perfil concreto de votante de la extrema derecha, una fotografía que se pueda delimitar?
Hay elementos comunes y otros incluso contradictorios. El más común de todos es que son principalmente hombres. Y tienden a ser votantes de genealogía nacional, europeos. Entonces, en cada país hay diferencias: que atrae más el voto joven es cierto en el este de Alemania o en España con Vox, pero no por Aliança Catalana ni por el Rassemblement National francés, que tienen un votante más mayor. Vox, a pesar de lo que se pueda decir, su núcleo de voto más sólido son las clases altas. Aquello que se ha dicho siempre que la extrema derecha levanta el voto de los perdedores de la globalización, no es cierto del todo. En el barrio de Salamanca no sé si son perdedores de la globalización, ¿sabes? Después tiene un núcleo de voto rural acomodado. Estamos viendo en Europa el resurgimiento de brechas que habían prácticamente desaparecido, como el campo-ciudad. La extrema derecha inglesa es básicamente de pequeña ciudad rural y antiurbana. Y, finalmente, un núcleo de voto en el otro extremo de la escala social: el de Le Pen es el primer partido de los obreros de Francia desde 2012. Catalunya es otra cosa porque siempre hemos tenido una brecha clarísima entre el interior y la costa-área metropolitana.

¿Estos partidos crecen solo a partir de un votante de la derecha tradicional que se radicaliza?
Hay dos fuentes principales de voto. Una es el votante tradicional de derecha que se siente tentado por esta nueva versión con anabolizantes, más radical. En el caso de España, este votante hace un camino estrambótico. Un sector muy claramente generacional del voto del PP, de menos de 40, se va a Ciudadanos, porque representa una oferta de regeneración, mientras que el PP era un partido viejo, corrupto. Y este mismo votante es el que después se vehicula hacia Vox. En Catalunya se ve también en el votante de Junts que se radicaliza y se va a Aliança. La otra fuente es que el discurso antipolítico hace emerger un voto que no existía. A pesar de comportar un riesgo para la democracia, la extrema derecha moviliza e incorpora a esta todo un segmento de gente que estaba fuera del sistema. Gente a la que no le importaba la política y no votaba, se siente llamada a participar en ella por estos partidos. Estas dos fuentes van nutriendo en toda Europa un ascenso.
Vox, a pesar de lo que se pueda decir, su núcleo de voto más sólido son las clases altas. Aquello que siempre se ha dicho de que la extrema derecha levanta el voto de los perdedores de la globalización, no es del todo cierto
Sobre este voto abstencionista, ¿podría explicar las presidenciales de Chile? Por primera vez con voto obligatorio, hay récord de participación y, a la vez, la extrema derecha ha crecido con un apoyo enorme
Chile es un caso interesante de sistema roto que recuerda al español. Es una democracia desde 1989 y tiene un esquema de partidos muy similar: una derecha civilizada, la mayoritaria, y entonces hay una derecha pinochetista. El sistema estalla en 2019 con grandes protestas y en origen hay un cansancio del sistema. Entonces, hay una salida por la izquierda que es la Constitución de 2019, que es el programa máximo de la izquierda radical, y fracasa. Pero alimenta el miedo de una parte del votante de la derecha moderada que se va a la radical, que llegará a la presidencia el 18 de diciembre. El fracaso del intento de renovar el sistema por la izquierda, conduce a un intento de renovar el sistema por la derecha. Esto liga con la experiencia española: en 2014 el sistema que nace en 1978 se agota y revienta. La aparición de la generación de la democracia con el 15M, la abdicación de Juan Carlos I, la confesión de Jordi Pujol. Hay una pulsión de renovación democrática por la izquierda, Podemos, que no llega a fructificar. Y ahora nos conduce a una salida hacia la derecha: en 2018 aparece Vox. Asistimos ahora a un intento de renovación del sistema por la derecha. Aquí hay un sistema que está en parada cardiorrespiratoria desde 2014 y no se ha llegado a un acuerdo para renovarlo, porque no hay consenso posible.
¿Qué opina de la narrativa de que los trabajadores, los marginados, las periferias, votan a la extrema derecha porque la izquierda los ha abandonado?
Es un discurso interesado. No es cierto. Es verdad que Vox penetra en los barrios más desfavorecidos, pero no de una manera contundente. Sí que pasa en parte en el caso de Barcelona, pero es algo más ligado a la lengua o la inmigración, no al hecho obrero. El caso catalán es complicado por el eje de la lengua. Ahora bien, también es verdad que la deriva de la izquierda de los últimos años, sobre todo de la radical, no apela a las condiciones materiales de vida y a los problemas de las clases trabajadoras. Ha centrado mucho su discurso en lo que llamamos la política de la identidad. Además, con un discurso moralizador, aleccionador, con un cierto punto de superioridad moral. Y la extrema derecha ha sabido levantar temas que conectan más con este electorado. La campaña del Brexit rompió las piernas del Partido Laborista en sus áreas tradicionales de voto porque supo imponer el eje nacionalista, que es transversal y no apela solo a las clases altas. Uno de los éxitos de la primera campaña de Donald Trump fue conseguir el voto de áreas que tradicionalmente votaban demócrata, como Kansas, que curiosamente se parecen a aquellas áreas donde el antiguo Frente Nacional francés ganaba votos a costa del Partido Comunista en los años 90. Las típicas áreas desindustrializadas, con problemas graves económicos y sociales, sin perspectivas de futuro. La izquierda mayoritaria, de la globalización, se había olvidado de ellas, y la política de la identidad de la izquierda de la izquierda, no apelaba. Entonces viene la extrema derecha en versión nacionalista, populista y proteccionista de la economía, y apela a los problemas de esta gente, con un discurso aparentemente de izquierdas. Ahora bien, es un discurso tramposo: después sus políticas son claramente de derechas. Esto no es nuevo, en los años 30 también lo hacía.

Usted ha trabajado en la cuestión generacional. El Departament d'Educació ha tenido que repartir materiales para contrarrestar discursos franquistas de los chicos en las aulas. ¿Ha habido un giro de mentalidad, de manera que antes lo que era punk, rebelde, era correr delante de los grises, cantar Al vent, el amor libre y Woodstock; y ahora en la mente de un joven todo eso es boomer y lo punk es decir Viva Cristo Rey en la escuela y odiar a los inmigrantes?
Hay un libro de Pablo Stefanoni, que se llama ¿La rebelión se volvió de derechas? Un ejemplo lo tienes con Isabel Díaz Ayuso, lo más punk del panorama político español. Esto viene del vacío: si el sistema falla te vuelves antisistema. Aquí hay una parte de pose, pero es cierto que la transmisión generacional de los valores democráticos ha fallado completamente. No ha habido voluntad de que los niños y niñas lo aprendieran, y se relegó al ámbito doméstico. Pensamos que no hacía falta hacer militancia democrática porque la sola experiencia vital de la democracia haría que las nuevas generaciones lo fueran. Hemos descubierto que no, la democracia se aprende y los demócratas no nacen como las setas. Había una idea, muy propia de los años 70, de que el futuro siempre será mejor y que el progreso social y económico avanza. Tener un sistema democrático equivalía a progresar y ser como los franceses, como los suecos, lo que generaba esa simpatía y preferencia por la democracia. La generación de la democracia la rechaza porque entiende que esta democracia no implica necesariamente progreso social y les ha fallado. Y no han creado el vínculo sentimental de la generación de la posguerra. Esto es lo que está un poco en el fondo de la gente que se está descolgando; que dice, no tanto que preferiría una dictadura, que son minoría, sino "a mí me da igual que haya democracia o no, no me cambiará la vida". Eso es muy heavy. Cuando se intenta convencerlos de las bondades de la democracia, "hostia, tú no has vivido una dictadura, tú no sabes...". Eso les rebota completamente y te dicen: "Muy bonito, ¿y yo qué saco de todo esto?". También es verdad que es muy llamativo, pero no es mayoritario entre los jóvenes.
¿Qué hacer para solucionarlo?
Con las nuevas generaciones estaría muy bien poder crear un vínculo, no con la democracia del 78, sino con la de ahora. Que nos detuviéramos todos y dijéramos "el sistema falla, vamos a mirárnoslo bien". Sus padres y abuelos hicieron un sistema, ¿no? Pues que esta gente haga su sistema. Durará 40 o 50 años más. Y después la gente que venga después hará lo mismo. ¿Cuál es el problema? No nos pondremos de acuerdo. Todos compartimos el mismo diagnóstico de que el sistema falla pero no creo que tengamos las mismas soluciones.
Pongamos la mirada sobre la actualidad catalana. ¿Es el votante de Aliança un votante independentista rebotado que quiere romper la baraja tras el desencanto del procés?
Completamente. Del voto a Aliança hay una parte que viene de la abstención, que es antipolítica pura y dura. La parte de Aliança que viene de Junts son los huérfanos del procés. Una gente que es posible que antes no estuvieran en el mundo político, no tuvieran interés, pero que el procés los activó de una manera muy potente. El procés fue un movimiento de politización muy bestia. Era como el núcleo de central nuclear de uranio calentándose, cogiendo fuerza, un proceso de politización muy heavy. Han descubierto la política, han participado y han ido a los CDR y a las concentraciones, durante una década. Y llega un momento que de repente hace puf, aquello se acaba y se queda allí. La cosa muere. De tal manera que aquí hay toda una gente que es uranio enriquecido. Entonces una parte de ellos se queda buscando algo para continuar este impulso de activación. Y Aliança les ofrece eso. Y liga con su aprendizaje del procés: fuertemente antisistema, de rompamoslo todo, todo a la mierda. Sale Silvia Orriols y les dice "yo os digo lo que nadie es capaz de decir". ¡Bam! Y eso engancha a una gente. Aliança es la continuación del procés, o mejor dicho de la activación política del procés, por otros medios.
La transmisión generacional de los valores democráticos ha fallado completamente
¿Qué consecuencias tendrá para la gobernabilidad de Catalunya que Aliança pueda ser tercera fuerza política con 20 escaños?
Las mismas que tiene para la política española que Vox sea tercera fuerza: tendrá una posición ineludible. Esto si las cosas acaban como dicen las encuestas. Ya veremos, quedan tres años y entre medias pasarán muchas cosas. La tendencia la estamos viendo de manera sostenida. Tenemos unas elecciones municipales de aquí a un año y medio que van por ahí. Será todo más complicado en el caso del Parlament de Catalunya, como está siendo en todos los parlamentos del mundo. Tendremos baile. No solo porque haya más partidos, sino porque algunos de ellos están vetados, porque sus posiciones son tan radicales que no pueden ser aceptables para un partido como el PSC o para ERC. Aquí, históricamente, hay un partido que queda fuera del juego, el PP. Más allá de Vox, no tiene ninguna otra alianza posible. A estas alturas Junts no buscará su apoyo, todavía tienen que pasar unos años. Y por lo tanto tienes ahí todo un seguido de escaños que no juegan. Después tendrías una veintena de escaños, los de Aliança, que tampoco jugarían. O solo en el caso de una nueva mayoría independentista, pero estaría por ver si ERC y la CUP lo aceptan.
¿Es realista pensar en ver en Catalunya, o en el conjunto de España, un gobierno con presencia de la extrema derecha, como en Italia, o muy cerca de llegar a él, como en Francia?
En el caso de España, en un plazo de dos años. Primero no nos lo creíamos, pero luego en algunas ciudades, después en comunidades autónomas... En el caso de Catalunya, veremos a partir de mayo de 2027 ayuntamientos, y no solo el de Ripoll, con gobiernos municipales con presencia de concejales de Aliança Catalana. Estoy convencidísimo, esto lo hemos visto en toda Europa. Y primero creímos que lo que pasaba en Europa a nosotros no nos afectaba. No estamos vacunados. Veremos cosas que ahora mismo nos cuestan de pensar. Son tendencias generales que evidentemente acabarán impactando aquí, seguro.
¿Cómo gana más un partido tradicional cuando le aparece un partido de este tipo que le come el voto: acercando el discurso o adoptando algunas de sus medidas para que no se le vaya el votante o tratando de distanciarse, hacer oposición, y cambiar el marco?
A estas alturas nadie ha dado con la tecla. Adoptar su discurso es el billete hacia la desaparición. Hay una regla inapelable, que es la de que la gente prefiere el original a la copia. Todos los partidos que ante el ascenso de un partido de extrema derecha han intentado reproducir su discurso, generalmente con temas de inmigración, han pringado todos. La derecha italiana y francesa de toda la vida se ha hecho inaudible, los alemanes aún aguantan de aquella manera, el PP está viendo que se le va un millón y medio de votantes hacia Vox, el agujero que le está haciendo Aliança Catalana a Junts no para de crecer. La extrema derecha ha capturado la conversación pública, es quien toca la música y bailas al son. El problema principal para los otros partidos es que sabe imponer sus temas y, además, con una lógica muy confrontacional. No puede haber un debate sereno sobre la inmigración, se impone la pataleta. Y gana cuando la gente asimila su discurso al sentido común, porque no aceptar su marco quiere decir que te puede pasar que quedes como un marciano. Siempre podrás hacer el discurso contrario y enfrentarte. Es lo que el president de la Generalitat [Salvador Illa] hace de una manera muy contundente, cuando en general tiene un discurso bastante suave y es muy poco confrontacional. Esta es una apuesta arriesgada.
Del voto a Aliança hay una parte que viene de la abstención, que es antipolítica pura y dura. La parte de Aliança que viene de Junts son los huérfanos del procés
Entonces, ¿qué se debería hacer?
Por parte de los demócratas, crear un sentido común alternativo. En el caso de la inmigración, un tema importante y que tiene unas consecuencias relevantes, aquí debería haber un gran acuerdo nacional para tratarlo dentro del marco democrático. En los sondeos, la opinión sobre la inmigración no es mala. No es una maravilla, la sociedad chirría, pero no hay una posición mayoritaria radicalmente en contra. Pero si miras según qué ámbitos, resulta que aquí esto es un drama monumental y están pasando cosas horribles. Todos deberíamos decir qué parte de la responsabilidad tenemos de que el marco sea este. Como país, ¿nos interesa la división o nos interesa aquello de intentar un acuerdo de convivencia que no satisfaga a todo el mundo del todo, pero que sea cómodo para todo el mundo? Eso sería muy bonito, pero, claro, es anti-Twitter total.
¿Cree que Pedro Sánchez y Salvador Illa juegan a alimentar estas opciones para erigirse en bandera de todo lo contrario y tener un “enemigo” que movilice a los suyos?
Esta es la tesis Mitterrand. En los años 80 y 90, el presidente francés alimentó el Frente Nacional para debilitar a la derecha gaullista. Y ya vemos el resultado. Es jugar a ser un poco brujo. No interesa. Si lo hacen, pensando en la democracia, mal. En el panorama polarizado en España la clave no es robar los votos al contrario, sino activar los tuyos. En el corto plazo, quizás a Sánchez aquello de hacer de Vox su principal enemigo ninguneando al PP le puede servir para activar a los suyos. Feijóo no activa el voto de la izquierda, porque básicamente no activa nada, pero la posibilidad de tener un gobierno con Abascal sí apela al miedo. Sin embargo, a medio y largo plazo es un problema, porque hace crecer a Vox, debilita al PP y nos puede pasar como pasó en Francia: que al final la extrema derecha acabe siendo el partido del espacio conservador y los partidos conservadores históricamente mayoritarios acaben siendo como ahora los republicanos en Francia, cuatro gatos. En el caso catalán correríamos ese peligro debilitando a Junts, que debería parar y reflexionar sobre qué quiere ser.
¿Solo los políticos tienen responsabilidad?
Lo hacen también los medios, que compran la asimilación: los opinadores tienden a decir que tanta inmigración es inasumible, que no se habla de ello pero que es verdad... Cuando entras aquí, ya has comprado el marco. Además, tenemos un problema, el facha vende. Si hablas de Sílvia Orriols, tienes más clics que si hablas de Puigdemont, de quien ya se ha hablado mucho. Y llega un momento en que los rivales no te los pones tú, te los ponen. ¿Cuál es la alternativa de Illa a Catalunya? ¿La decide Illa o los medios? Hay algo muy peligroso y es que a Sílvia Orriols se la trata como si tuviera 20 escaños y no como lo que es: un partido con dos escaños. Tiene menos que la CUP. Pero lo que dice es tan llamativo, tan goloso, que ocupa un espacio que no tiene nada que ver con su peso electoral. Claro que crecerán, ¡es que no paramos de hablar de ellos! Somos nosotros los que inflamos el globo. Y ellos son muy hábiles a la hora de hacer un discurso muy radical, muy duro, que circula fantásticamente por redes sociales. Es una dinámica muy diabólica.

¿Puede haber normalidad institucional con partidos como estos en el poder, que sean un actor más y haya alternancia, o están las democracias en juego?
Estos partidos cuando llegan al poder acostumbran a defraudar las expectativas. Piensas que se lo quedarán todo, desmontarán el Parlamento o derogarán el matrimonio igualitario, y después no hacen nada. Es el caso de Meloni: todo el mundo está encantado con ella. El problema no es cuando llegan al gobierno, es cuando tienen que salir, porque no lo aceptan. El caso de Orbán es paradigmático, o los Kaczynski en Polonia. Acostumbran a tener un programa aparentemente normal, pero también un subprograma de transformación institucional: colonizar las instituciones y atar corto a la sociedad civil. Acaban controlando los medios de comunicación, el poder judicial, utilizan los instrumentos del estado en contra de sus rivales políticos... Imagina un gobierno de PP y Vox en España: ¿el poder judicial? ya está; ¿los medios? relativamente fácil, solo hay que cambiar a todo el mundo de Televisión Española y ya lo tienes. En muchos lugares se mantienen formalmente las apariencias democráticas y las elecciones formalmente son libres, pero la competencia es completamente desequilibrada y los opositores tienen muchos menos medios. Y es así como la extrema derecha va capturando la democracia. Con un cierto apoyo mayoritario de la población, porque se ha hecho toda una tarea previa de erosión de la confianza en las instituciones públicas. No es que la gente sea tonta, ni que se haya vuelto facha, es que ha habido una tarea previa de vaciamiento democrático: cada vez hay menos confianza en las instituciones. Todo esto que nos pasa desde hace 10-15 años. Y una vez llegan al poder, lo único que necesitan es acabar la tarea. La cuestión es no hacer nada que pueda excitar el voto contrario, que pueda generar aquello que generó Aznar en el segundo gobierno, una reacción ciudadana. Tener a la gente bien aturdida y a partir de aquí ir aplicando el programa.
¿Es reversible?
El vaciamiento democrático se está produciendo ahora. Creo que ya empezamos a ser conscientes, pero todavía hay mucho tacticismo y cortoplacismo. Pero bueno, es reversible. No estamos condenados a perder la democracia. Empezamos a ver cómo sería posible revertir esta tendencia, que evidentemente no es con discursos de la democracia es maravillosa porque sí, y el franquismo era muy malo. Todo eso ya lo sabemos. Eso no hace la democracia, ni la hace más atractiva. Se la tiene que dotar de alguna cosa. Yo creo que estamos en este punto que podemos romper la tendencia profunda de sistema.