La primera rueda de prensa del nuevo Gobierno fue un homenaje involuntario al célebre artículo Vuelva usted mañana. El periodista Mariano José de Larra, bajo el seudónimo de Fígaro, ironizaba sobre el carácter procrastinador de los funcionarios españoles. Fue escrito y publicado el año 1833, pero parece estar plenamente vigente. Este martes, la nueva portavoz Isabel Rodríguez esquivaba todas las preguntas relacionadas con el conflicto catalán, escudándose que tan sólo hacía veinticuatro horas que había llegado al cargo y no se había podido informar. Y también planteaba hablar de Catalunya "en otros términos", en términos económicos. Una comparecencia muy sintomática de las intenciones de Pedro Sánchez en Catalunya, otro viraje.

El presidente español ha remodelado su gobierno, como es público y notorio, con hasta siete caras nuevas y la salida del gran gurú Iván Redondo. Pero también ha remodelado su mensaje sobre el conflicto político catalán, que no tiene que ser una prioridad en plena recuperación económica que se tiene que capitalizar electoralmente en el 2023. Las encuestas no sonríen de momento y fuentes gubernamentales admiten que no quieren que Catalunya sea una losa. Pedro Sánchez no quiere oír hablar de Catalunya. Es el mensaje que traslada, tanto con sus decisiones como en círculos más íntimos.

La muestra más evidente es que todos los ministros que tenían alguna relación con los indultos a los presos políticos han acabado fuera. El caso más evidente es el del titular de Justicia, Juan Carlos Campo, que ni siquiera estaba convencido de su concesión y es quien ha acabado pagando el precio más alto. Pero también la vicepresidenta Carmen Calvo, que coordinaba las principales patatas calientes del ejecutivo. En el caso de Miquel Iceta, era feo cesarlo sólo seis meses después. Lo han enviado de Política Territorial a Cultura. El mismo primer secretario del PSC admitía su decepción en público. Los socialistas catalanes están dolidos. Su lugar lo ha ocupado justamente la manchega Isabel Rodríguez, que en todas sus apariciones públicas ha esquivado el conflicto político catalán más allá de referencias genéricas y vagas al pacto y el acuerdo. Rodríguez llegó a ser susanista cuando Susana Díaz era alguien.

La apuesta es por hablar menos del conflicto político a cambio de dinero, de inversiones. Ahora en septiembre, en paralelo a la reactivación lenta de la mesa de diálogo, se iniciará la negociación para los presupuestos del Estado. Y también empezarán a llegar los primeros 9.000 millones de euros de fondos europeos de recuperación. De ahí la apuesta por la catalana Raquel Sánchez, exalcaldesa de Gavà, como ministra de Transportes. Hacía veinticinco años que no había ningún ministro catalán de Foment, desde que Josep Borrell dejó la cartera, que fue el primer y único catalán en asumir estas responsabilidades. Tan siquiera llegar al despacho, la primera decisión de Raquel Sánchez ya fue al menos sintomática: la licitación de la duplicación de vía entre Parets del Vallès y La Garriga (66 millones de euros de obra y 8,4 millones en suministros) que mejorará la R3 de Rodalies. Por aquí van los tiros. Además, Raquel Sánchez es una persona próxima a Salvador Illa. Es una forma implícita de señalar la puerta de salida a Miquel Iceta como primer secretario.

Otra pieza en este puzzle es la elección del exdiputado del PSC Francesc Vallès como nuevo secretario de Estado de Comunicación. Se va el periodista Miguel Ángel Oliver, que a pesar de las crisis comunicativas de La Moncloa tenía un perfil más profesional. Ahora la comunicación del ejecutivo central la dirigirá alguien que es muy político —ni siquiera tiene formación en comunicación o periodismo, sino en derecho— y que es catalán. Ha sido una apuesta del nuevo jefe de gabinete, Óscar López, también un hombre de aparato. Se han acabado las figuras independientes. Vallès tendrá mañana lunes su primera reunión con Pedro Sánchez en La Moncloa, previa a su nombramiento martes en Consejo de Ministros.

Por delante está la mesa de diálogo, que se reunirá de nuevo la tercera semana de septiembre. Pero ya hace tiempo que desde La Moncloa asumen que si esto del diálogo tiene que dar algún tipo de fruto —son muy escépticos— será a muy largo plazo. Antes de que eso se produzca, hay una nueva legislatura por delante, centrada en la recuperación económica y en la capitalización de la lluvia de millones de Europa. Esta legislatura culminará en el 2023, con una triple convocatoria electoral: elecciones generales, elecciones autonómicas y elecciones municipales. De ahí la apuesta por un nuevo gobierno, que es más joven y femenino, pero también más municipal y más de partido. Para llegar bien a esas citas, habrá que evitar el conflicto político y también el conflicto en general.

¿Desaparece la voluntad de abordar el conflicto como un conflicto político? ¿Se sustituye la respuesta política por la respuesta clásica de los trenes y las lluvias de millones (que no acaban de llegar nunca)? Sólo el imprevisible Pedro Sánchez podrá dar respuesta a estos interrogantes.

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