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Robert Prévost, el Papa actual, nació en Chicago, Estados Unidos, un país donde domina lingüísticamente el peso del inglés a pesar de la presencia de otros idiomas. Su capacidad políglota se desplegó con el tiempo, y se consolidó en Chiclayo, Perú, donde ha vivido casi cuatro décadas. Esto significa que el Papa actual se ha expuesto de manera natural a otros idiomas, empezando por el quechua, pero también ha estudiado y conoce el francés y el italiano. Y domina el latín, de hecho lo usa diariamente. Y ahora, sabe pronunciar y entender el catalán. Pero el idioma que habla el Papa es otro. De hecho, le encajaría ser un defensor del esperanto. También es muy bueno en el lenguaje del silencio: el papa León XIV es muy elocuente, y sin hablar, comunica.

Desgranando un año de pontificado, su obsesión era conseguir una Iglesia más cohesionada (unida, que no uniforme), menos polarizada y más humana. Y si le dejan hacer, este mensaje lo hace extensivo no solo corporativamente hacia los creyentes, sino que lo propulsa hacia afuera. Quien se había imaginado un Ratzinger 2 ha quedado frustrado. Quien se esperaba una copia del Papa Francisco, también se encuentra en dificultad. La gracia del Papa es que es él, y los viajes lo están ayudando a desplegarse. Y la encíclica. Y los escritos que hará en el futuro y las personas con las que se encontrará lo irán moldeando y será cada vez menos Prévost y cada vez más Papa. Será menos del Real Madrid y más del Barça y de otros equipos, porque es con la gente y con la realidad con lo que él, que se siente y se sabe revestido por el Espíritu Santo, actúa. Como un buen sistema educativo, donde es más importante cómo sales después de la experiencia educativa y no el nivel, competencias o expectativas que tenías cuando entraste.

La gracia del Papa es que es él, y los viajes le están ayudando a desplegarse. Y la encíclica. Y los escritos que hará en el futuro y las personas con las que se encontrará lo irán moldeando y será cada vez menos Prévost y cada vez más Papa

Al cónclave se entra con un bagaje previo, pero el elegido como Papa tiene margen para ir dejándose imbuir de sensibilidades, problemáticas y situaciones que lo cambiarán para siempre. El Papa Francisco tomó algunas decisiones al final de su vida gracias a la relación y amistades que fue forjando. Dejó su testamento a sor Lucía Caram, por ejemplo, para que lo dedicara a ayudar a Ucrania. Naturalmente, Jorge Bergoglio, cuando lo habían elegido o cuando llevaba solo un año en el pontificado, no tenía planificada esta acción determinante, tanto que incluso ha condicionado al Papa siguiente. De hecho, en Cataluña, el Papa León ha bendecido ambulancias que sor Lucía se ha llevado hacia Ucrania, gracias a los recursos del papado anterior. La línea de continuidad y de herencia es un marco generoso donde moverse, y deja tanto personas en forma de regalo, como también instituciones que son un enigma —como fundaciones o congregaciones donde más que el amor evangélico se respira opresión y abuso—. El Papa ya está actuando, contundente, por ejemplo con el Sodalicio en Perú, y también ha advertido a los obispos españoles que estén atentos a cualquier tipo de desviación o abuso en el seno de las propias obras e instituciones.

El papa León XIV en Canarias ha dicho que se inclina ante la dignidad de los migrantes, un gesto de humanidad que lo distancia de pomposidades y rigideces. De momento no tenemos constancia de que coja el teléfono alegremente como su predecesor, ni que tenga su agenda saltándose el protocolo. Pero está dejando pistas de su libertad responsable. El viaje a Madrid, Catalunya y las Canarias es una prueba de ello. La visita a la isla de Lampedusa el 4 de julio, donde el Papa Francisco dijo que era una vergüenza dejar morir a personas en el Mediterráneo, será una nueva prueba. Los hippies habrían valorado el mensaje del Papa: paz y amor. Su espíritu agustino lo configura, pero ahora ya es universal. Desde París, donde escribo este artículo, lo esperan en septiembre y creen que les hablará de la laicidad, como condición para que la convivencia funcione. El Papa, con buena dosis de diplomacia, también sabrá dirigirse a los pulcros defensores de la separación Iglesia y Estado, porque cree en ella: no quiere Estados confesionales sino autonomía y libertad. Pero libertad también para poder expresarse a pesar de las discrepancias. Voltaire le está esperando.