No es difícil vivir de escribir. En Catalunya, al menos, solamente con que tengas un cierto sentido de la disciplina —lo que le hace falta a cualquier autónomo, en general— y una mirada más o menos propia sobre la actualidad o el país puedes ganarte una tribuna para bramar. La tribuna puedes conseguirla sin la disciplina ni la mirada más o menos propia, porque a cualquier medio le interesa tener unos cuantos polemistas que garanticen tráfico de lecturas. Pero para empezar a tener una verdadera voz dentro de la conversación del país, una voz reconocida incluso para los que te detestan, hacen falta una constancia y una solidez, o una voluntad de hacer bailar las ideas, que requiere un trabajo de fondo. A veces me encuentro con lectores que me explican que les parece que a ellos les costaría mucho escribir o publicar cada día, y me parece que la mayoría de los que escribimos o publicamos cada día no lo sabría hacer de otra manera. Me despierto, me tomo un café, me emperifollo y escribo. Llega un momento en que tu conversación interior y la parte del cerebro que dedicas a perfeccionar una idea y darle estructura se hacen prácticamente la misma cosa. Esta es una de las gracias de escribir recurrentemente: la misma habilidad de explicar cosas que vas puliendo para poder explicar el mundo te sirve, al mismo tiempo, para explicarte a ti mismo.
No es difícil vivir de escribir, en el sentido de que con la medida justa —justísima— de talento y un sentido de la rutina bien trabado se pueden ir agrupando facturas. Lo que es difícil, en realidad, es vivir bien. O vivir bien sin vender aquella parte de ti mismo que hace que aquello que escribes no sea una absoluta farsa. Aquello que te hace sentir que, mientras escribes, en realidad, buscas una verdad que te puedas hacer tuya. No es difícil vivir de escribir si estás dispuesto a abandonarte a ser el intelectual orgánico del partido de turno, o a no escribir nunca a contrapelo. Siempre con la capillita garantizada, nunca con el ánimo de hacerte responsable del todo de las consecuencias que puede tener y que tiene escribir en este país y en un sistema de medios que solo es leal a sí mismo. Por eso, supongo, es habitual que los altavoces no estén nunca del todo repartidos en una concordancia estricta con el talento de quien los ostenta. Lo escribió Miquel Bonet en su columna de Fin de Año de este año: "he experimentado reconocimientos cosméticos, promesas interesadas, maniobras farisaicas, traiciones y censura. Para, al fin y al cabo, acabar siempre viendo cómo personas de valía discutible, pero de más fácil doblegar, te acaban pasando la mano por la cara".
No es difícil vivir de escribir en Catalunya, lo que es difícil es vivir sin morirse de hambre. Y sin perder el juicio por el camino, si puede ser. O sin perderse a uno mismo
No es difícil vivir de escribir en Catalunya, lo que es difícil es vivir sin morirse de hambre. Y sin perder el juicio por el camino, si puede ser. O sin perderse a uno mismo. Cuando pensaba en cómo quería rellenar la columna que leéis me he planteado si convertirla en una columna más sobre el calvario de ser autónomo, la imposibilidad de hacer vacaciones —incluso cuando tu conversación interior y tu trabajo son la misma cosa, sí— y la precariedad de un trabajo que la mayoría de los lectores creen reservado para un grupito de mentes privilegiadas y, por lo tanto, bien pagadas. Me parece que este tipo de columnas no me pegan. Y me parece, aunque que es cierto que para que salga a cuenta agrupar facturas hace falta empezar a agrupar muchas facturas, que el problema de fondo es la estabilidad. Todos los que tenemos voz en la conversación pública la tenemos porque alguien nos la ha dado y porque a alguien le interesa mantener que eso sea así. Y los intereses de uno y otro no siempre son los mismos. No es difícil vivir de escribir, lo que es difícil es oponer resistencia —y saber cuándo oponerla— para no acabar convertido en la puta de nadie. El problema es de estabilidad porque un mal cálculo a la hora de confrontar intereses te puede obligar a reestructurar todo el entramado de pactos que hasta entonces te han permitido escribir. Y publicar. Todo el mundo tiene el culo alquilado. En realidad, lo que cuenta es lo dispuesto estés a vendértelo.
No es difícil vivir de escribir, lo que pasa es que quedas a merced de un sistema que beneficia y premia aquellos discursos o aquellas ideas que le permiten mantenerse. En el fondo, es una especie de juego de equilibrios muy desagradecido, porque a veces —casi siempre— escribir bien y pensar bien es encontrar la manera de no tener que hacer muchos equilibrios. De tener que calcular solo lo cerca queda el texto de la realidad que querías explicar, y no tanto si las consecuencias de aquello que has escrito te permitirán seguir escribiendo o no. Todos los que escribimos y publicamos en este país y tenemos una mirada más o menos crítica sobre el sistema de medios del que formamos parte, escribimos conscientes de la pequeña reserva de cinismo que nos hace falta para poder seguir haciéndolo. De hecho, simular que eso no es así es profundamente deshonesto. Pero gente haciéndose la distraída hay en todas partes, supongo. En fin, el lunes empieza un curso nuevo, aunque para los que vivimos de escribir cuesta hacer un corte limpio entre aquello que hacíamos hace cosa de un mes y todo aquello que haremos a partir de ahora. Y entre los días que vivimos de escribir y los días que escribimos para vivir. A ver quién me pasa la mano por la cara esta vez, y se convierte así en mi consuelo, en la muestra con quien compararme y disfrutar de comprobar que yo todavía no me he doblegado del todo.