Pere Aragonès firmó un acuerdo de investidura que sabía que la dirección de su partido no estaba dispuesta a cumplir, pero no tenía más remedio que firmarlo si no quería perder la oportunidad de ser president. Y lo que empieza mal no puede acabar bien. En el tiempo que llevamos de coalición, Junts per Catalunya se ha comido todos los sapos habidos y por haber. Sólo tres ejemplos para no alargar la lista. Con toda la mala gana que se quiera, aceptaron no celebrar el pleno de investidura de Carles Puigdemont, aceptaron que Quim Torra dejara de ser diputado y president, y han aceptado la suspensión de Laura Borràs como presidenta del Parlament. Y si lo aceptaron todo, ha sido como siempre porque no querían romper la mayoría de gobierno. Por la misma razón que aceptaron el sacrificio de Artur Mas por imposición de la CUP. Junts no ha querido romper nunca la coalición de gobierno y tampoco lo querían ahora, aunque refunfuñaran continuamente, a pesar de que el pacto de gobierno había quedado en papel mojado, pero tanto refunfuñar tanto refunfuñar llegaron al debate de política general en el que Pere Aragonès se reafirmó en la estrategia de acuerdos con el PSOE y no calcularon las consecuencias de plantear la moción de confianza. Le pusieron en bandeja a Aragonès que diera el golpe de autoridad que necesitaba para crecer y tal como le exigía la dirección de su partido. Tampoco tenía más remedio. La primera obligación de un presidente es mandar. Si se pone en evidencia que no manda, tiene que irse. Así pues, el president ha ejercido su autoridad, pero lo ha hecho también con planteamientos puramente tácticos que el tiempo dirá si son acertados.

Aragonès ha destituido a Puigneró y no al resto de consellers de Junts, porque es la manera de lanzar un artefacto explosivo al seno del partido rival para que se peleen entre ellos

El president ha destituido al vicepresident Jordi Puigneró, de quien se podría decir que ha sido el miembro del Govern que, en vez de hacerse el milhombres independentista, ha llevado a cabo, con toda la discreción que ha podido, las políticas más claramente dirigidas a crear espacios en los que los ciudadanos de Catalunya puedan desarrollar su actividad más soberanamente, superando la dependencia política del Estado a base de aprovechar las nuevas tecnologías. Han sido iniciativas difícilmente comprensibles para el gran público y para los periodistas, pero no para los servicios de inteligencia del Estado. Desde la fibra óptica en todas las comarcas a la nanotecnología, la iniciativa de la república digital y los nanosatélites y el Centre Blockchain de Catalunya. No serán ideas tan disparatadas cuando enseguida el Estado las ha bloqueado con iniciativas antidemocráticas y a continuación las ha copiado. Puigneró no es un político cualquiera, de los pocos que tienen un currículum presentable, ingeniero formado en el Reino Unido y con experiencia en empresas multinacionales de primer nivel. Probablemente por eso no se ha distinguido por su notoriedad como político, dado el poco nivel que ha ido adquiriendo la politiquería catalana.

Efectivamente, Aragonès ha destituido a Puigneró y no al resto de consellers de Junts, porque es la manera de lanzar un artefacto explosivo al seno del partido rival para que se peleen entre ellos. Evidentemente, ni los consellers ni los altos cargos ni la parte más sensata del partido querían ni quieren dejar el Govern, pero cuando las decisiones se sitúan en el ámbito de la dignidad, ya no hay marcha atrás. Este artículo está escrito desconociendo qué decidirá la dirección de JxCat, pero si antes decían que así no podemos seguir, hagan lo que hagan ahora, el sapo es indigerible. Oriol Junqueras estará contento, pero quizás Aragonès tampoco ha calculado las consecuencias personales. Quien sale ganando de todo esto es Pedro Sánchez, que ya tiene asegurado el apoyo imprescindible de ERC a los presupuestos del Estado al precio más barato. Por eso Salvador Illa insiste en su disponibilidad de apoyar los presupuestos catalanes.