No sabemos hasta qué punto obedecen a un cierto desequilibrio o son (erróneamente) calculados, pero los mensajes de Trump contra el papa León XIV y la difusión de una imagen de sí mismo con iconografía próxima a Cristo (luego ha dicho que era un uniforme de la Cruz Roja e incluso ha empeorado la cosa) le han generado rechazo entre los sectores religiosos más conservadores, que precisamente son los que en general le han sido más favorables. La cuestión es que esas estrafalarias maneras de Trump y el tema concreto han abierto en diversos frentes lo que hoy se conoce como “ventanas de oportunidad”, las ventajas de toda la vida.
Para el Papa, la oportunidad es evidente. Ha conseguido que hable bien de él y de su valentía incluso la izquierda más descreída. León XIV, sin entrar en el barro político, ha resultado reforzado. Ha defendido el mensaje evangélico de amor y misericordia, manteniendo en todo momento un registro moral, institucional y universalista. Cuando Trump lo ataca como si fuera un adversario partidista, degrada la institución presidencial estadounidense y, al tiempo, eleva la del pontífice como referente. De hecho, el propio León XIV ha respondido insistiendo en la paz, la unidad y en que no tiene miedo de la Administración Trump, que además así claramente diferencia de Estados Unidos. Y cuanto más bronco aparece Trump, más papal parece el Papa, la figura más importante del planeta.
La segunda “ventana” se ha abierto para Giorgia Meloni. Criticando a Trump, las ideologías que la critican por su origen y por algunas de sus políticas, alineadas con la derecha más contundente, ahora deben callar. No se ha enfrentado frontalmente a Trump, pero ha demostrado que no es su subordinada. Como en general se la ha visto en sintonía con Trump, marcar distancias con él cuando ataca al Papa o cuando fuerza alineamientos internacionales, la presenta al mundo como una líder autónoma, patriótica en clave italiana y no en clave trumpista. Y además, al calificar de “inaceptables” sus ataques a León XIV consigue que en su país y en el ámbito europeo crezca su credibilidad entre los electorados conservadores, católicos o moderados, quienes, por cierto, ya la vieron defender la tradición del belén en Navidad.
Cuanto más bronco aparece Trump, más papal parece el Papa
Pero quien vuelve a demostrar su proverbial baraka es Pedro Sánchez. Con la guerra de Irán, Trump ya le ha ofrecido desde el principio un papel de antagonista que ha sabido aprovechar cuando aboga por la multilateralidad, por la institucionalidad, por la legalidad internacional y por la diplomacia. Sánchez ya había criticado la lógica arancelaria de Trump y, más recientemente, ha reforzado su perfil exterior con su viaje a China y su discurso de “no a la guerra”. En ese marco, cuanto más excéntrico o provocador se muestra Trump, más fácil le resulta a Sánchez proyectarse como dirigente serio, europeo y previsible. Y eso tiene un efecto doméstico claro: no borra el hecho de que no haya conseguido tener presupuestos en toda la legislatura, ni que sus socios de gobierno sean en general inestables y coaccionen su mandato, ni que en su entorno existan procesamientos de familiares, de amigos y de dirigentes de su partido en los que él confió. Pero sí puede desplazarlos temporalmente del centro del foco. La agenda pública funciona así: una crisis exterior muy personalista permite a un gobernante, incluso a Pedro Sánchez, o quizás por ser Pedro Sánchez, reaparecer como hombre de Estado y ganar oxígeno político, aunque no resuelva sus debilidades de fondo. Al contrario, las debilidades crecen en la medida en que no las afronta mientras mantiene su gira de estrella internacional. Pero pasan desapercibidas.
Ventanas de oportunidad, les llaman. Algunas casi parecen amplias terrazas con vistas al mar de la tranquilidad.
