Anda Catalunya y los medios públicos de aquí y de allí tan preocupados por los asuntos del mundo, que a veces cuesta encontrar cómo, dónde y de qué manera se han dado las cosas que suceden en nuestro país. Y no me refiero a los episodios de violencia que hemos vivido en los últimos días y a los que ha reaccionado el Govern señalando que Catalunya es un país seguro, confrontando lo que dicen las estadísticas oficiales con las percepciones de la gente. Las dos cosas pueden ser verdad, pero en esta materia —como en muchas otras—, lo que acaba contando a la hora de la verdad es algo tan subjetivo como la sensación de los ciudadanos. Pero no es de esa violencia a la que quería dedicar este artículo, sino a otro tipo de violencia que no es física, pero en que la fuerza del más poderoso acaba destrozando al más débil. Es una agresión que acaba dejando malherido al país y mermando sus oportunidades para desarrollarse de acuerdo a la riqueza que genera y los acuerdos políticos a los que llega, en este caso con el Estado español.

Un estudio elaborado por la patronal de Foment del Treball, presentado este lunes a partir de los datos de licitación de obras, ofrece cifras verdaderamente alarmantes y que ponen de relieve algo tan preocupante como sabido: el déficit inversor en infraestructuras en Catalunya se sigue disparando. La falta de ejecución presupuestaria, especialmente por parte del Estado, ha disparado en 3.500 millones más el déficit, que ya asciende a los 49.543 millones de euros entre 2009 y 2025. Para hacernos una idea de lo que supone esta cantidad, hay un ejemplo que lo dice todo: el proyecto de presupuesto de la Generalitat de Catalunya para 2026 presentado en el Parlament por el Govern de Salvador Illa y que fue retirado ante la falta de apoyos parlamentarios ascendía a 49.162 millones de euros de gasto no financiero, incluyendo, claro está, las partidas principales destinadas a salud y servicios públicos. Son cifras equivalentes, casi un calco, y no parece soliviantar a los responsables, ni que las palabras del presidente de la patronal, Josep Sánchez Llibre, responsabilizando directamente al ejecutivo español y asegurando que la situación era "alarmante, profundamente indignante y absolutamente intolerable, la constatación de una nefasta gestión pública”, merezcan una reflexión.

Catalunya se encuentra estrangulada por dos cuellos de botella que le impiden desplegar los recursos que genera: el déficit fiscal y la baja ejecución de las inversiones del Estado

De hecho, vale la pena fijarse en las diferencias de ejecución entre las diferentes administraciones. Son cifras del último ejercicio disponible: el gobierno español ejecutó el 44,6% de lo previsto, la Generalitat el 87% y las administraciones locales el 96%. El año pasado, con un escenario base de una inversión en infraestructuras del 2,2% del PIB —porcentaje equiparable al de las principales regiones industriales de Europa—, Catalunya debería haber invertido 7.365 millones de euros en infraestructuras, pero solo destinó 3.990 millones, acumulando, por tanto, un déficit de 3.375 millones. En los últimos tres años, el déficit siempre ha superado los 3.000 millones. La patronal catalana ha puesto énfasis en la falta de inversión ferroviaria por parte de Renfe y, especialmente, de Adif, que no alcanza el 50% de lo que ella misma presupuesta. La propietaria de la red solo ha invertido en Catalunya el 48,65% de lo que preveía de media en el periodo 2010-2023. La falta de apuesta por las vías catalanas ha sido especialmente flagrante en los tres últimos ejercicios con datos disponibles, cuando fue del 16% en 2021, del 26% en 2022 y del 32,5% en 2023. En cuanto a Renfe, la ejecución presupuestaria en estos 14 años es del 62%, y en el caso concreto de 2023, superó lo previsto en un 28%.

Lo hemos dicho más de una vez: Catalunya se encuentra estrangulada por dos cuellos de botella que le impiden desplegar los recursos que genera. Por un lado, el déficit fiscal que no deja de crecer y que se sitúa, con pequeñas oscilaciones, en el 8,4% del PIB, que supera los 21.000 millones. No hay gobierno español que quiera sentarse a hablar de ello. Unos lo hacen con mayor disposición cara a la galería, como es, a veces, el de Pedro Sánchez, y otros de mala manera, como el anterior del PP, liderado por Mariano Rajoy. Los partidos catalanes no han hecho nunca un frente común, ni en aquellos momentos en que parecía que una cierta unidad era posible. Ahora ya no es que no vayan de la mano, sino que se tiran todos los días los platos a la cabeza. El segundo cuello de botella es el de la ejecución de las inversiones del Estado, que siempre son muy bajas en Catalunya y superan el 100% en la Comunidad de Madrid, que, como el crupier en el casino, gana siempre. Famosa es aquella frase: la banca siempre gana. Es decir, que en los juegos de azar, los casinos y casas de apuestas a largo plazo siempre mantienen su rentabilidad.

Los catalanes somos siempre aquellos jugadores en el casino que aún no hemos aprendido que la casa gana siempre. Y lo más preocupante es que siempre pensamos o publicitamos que hemos ganado, hasta que un día, como el cuento de la Cenicienta, la magia desaparece. Porque siempre desaparece.