De entre todos los géneros televisivos (la canónica de siempre suele diferenciar entre informativos, series de ficción y programas de entretenimiento, además de las posteriores derivadas yanquis del ramo de los reality, talent, sitcom y etcétera), nuestra tribu ha inventado un tipo de producto del que no me cuesta declararme ferviente adicto: los programas sin audiencia. Hay que aclarar de antemano que no estamos hablando de espacios sobredimensionados en relación con su acogida, como la serie adolescente Jo mai mai, por la que la cooperativa Abacus ha ingresado más de ocho millones de euros en tres temporadas, obteniendo resultados notoriamente inferiores a productos de coste similar (espero que su ideólogo mayor, al leer la frase citada, no corra a llamar a nuestro director, como hace habitualmente en los lugares donde opino… a bajo precio). Tampoco me refiero a productos minoritarios por definición, los cuales justifican la existencia de una televisión pública, como el poético-cultureta Marcians o el cuqui-magazine Nervi, unos espacios que sus defensores aprecian por su condición de oasis.
Hablo más bien de ese agujero negro televisivo, difícil de desentrañar, pero de una efectividad extraordinaria, urdido de forma intencional para que no lo mire nadie. Por intuición bonhomiosa, mi sabio lector —consciente del enorme esfuerzo que supone tramar un programa— dudará de que alguien se tome la molestia de parir un espectáculo visual para acabar aniquilando su audiencia. Pues esto es exactamente lo que pasa con la mayoría de los productos de este curioso invento socialista llamado 2Cat, por el que la ciudadanía ha aflojado once millones de pepinos y que, según datos publicitados por la propia empresa, no alcanza el 2,7% de share. Hay que decir que el experimento estaba bien pensado (los responsables de la tele española, entre los que se encuentran indepes caixacobris de la Tercera Vía, como Miquel Calçada y Sergi Sol) ficharon a una serie de apuestas seguras de RAC1. Pero ni la pericia entrevistadora de mi estimado Jordi Basté ha logrado que la cosa flote y, a pesar del ritmo creciente, este invento huele a Barcelona Televisió que tira para atrás.
La televisión sin audiencia es una de nuestras aportaciones al mundo de la metafísica mundial
No se puede decir que a la gente de 2Cat le falte ambición. Por ejemplo, de entre todos los programas ideados para que no los vea ni Cristo, hay una auténtica perla llamada Cinema de mercat, un espacio de entrevistas a gente de la cuerda actoral catalana… que tiene la peculiaridad de estar presentado por Pep Prieto. ¡Qué buena idea!, responderá la abuela con gran entusiasmo. Indeed, my friend, hasta que uno descubre que —además de un consumado cinéfilo— el amigo Prieto trabaja… ¡como jefe de comunicación del PSC! Esto de colocar a tu currante de prensa a presentar un programa de tele, queridos amigos socialistas, no lo había hecho ni Jordi Pujol (¡ahora entiendo que el president Illa lo aprecie tanto!). En la misma cadena, también podéis encontrar una joya de la naturaleza llamada No se n’ha parlat prou, un programa de conversaciones presentado por Laura Rosel de un nivel ideal para hacer brillar a Màrius Carol o Tian Riba, que no salva ni la sagacidad del gran Toni Garcia Ramon, y que cierra su transcurso con una cancioncita coral que encarna a la perfección el lugar donde nunca querríamos caer muertos.
La televisión sin audiencia no es patrimonio de los españoles (de hecho, ¡es una de las fuentes principales de recaudación de los virreyes autonomistas!), porque en TV3 también encontramos esta necesidad enfermiza de inventarse espacios visuales alérgicos a la pupila de los catalanes. De entre toda la ensalada de estos despropósitos, mi favorito, y no solo porque debe de tener el título más convergente de toda la tele mundial (La República del Mediterrani), es este invento conformado por unas entrevistas la mar de absurdas que tienen el sello ardiente de nuestra Maria de la Pau Janer. Al leer la frase precedente, la mayoría de los lectores se habrán sorprendido de la existencia de este programa de entrevistas. Pues esta, insisto hasta la náusea, ¡es justamente su gracia! Y mira que la cosa tiene momentos antológicos, como cuando Artur Mas y la Paueta recuerdan cómo el antiguo president, de jovencito, ¡fue obligado a desnudarse cuando la Guardia Civil le encontró revistas porno en la mochila! ¡Esto no es tele, sino poesía! Por eso, como decía antes, ¡soy un confeso devoto de los espacios de audiencia cero!
Deseo de manera honesta que los recortes que muy pronto nos impondrán del norte allá (los alemanes ya han dicho que toca gastar más pasta en misiles y menos en chorradas como pensiones y hospitales) no afecten este género televisivo en el que somos pioneros y que nuestra administración debería enmarcar no en el lado del entretenimiento, sino como una forma dignísima de aquello que llamamos I+D o como pollas se llamara. La televisión sin audiencia es una de nuestras aportaciones al mundo de la metafísica mundial y, aunque sea para regalarme el placer de pasar el rato, yo reclamo su continuidad sin ningún tipo de reserva. Aunque la vea solo yo y la paguéis todos vosotros…