Mientras la ultraderecha de València y los socialistas catalanes miran de estabilizar España reactivando las bases del franquismo sociológico, Aliança parece un ejército de campesinos parado a las puertas de Barcelona. El otro día un amigo que vive en Londres me escribió asqueado porque había oído a Salvador Sostres elogiando el disco decepcionante de Rosalía en Catalunya Ràdio. No lo puedo confirmar porque hace años que no sigo los medios públicos. Pero el mensaje me recordó que Sostres está vetado en la Corporació desde los tiempos del Avui, cuando escribía en catalán y tenía aquel blog rosa que todo el mundo recuerda. Me pareció creíble que le abran un micrófono ahora que escribe en el ABC y legitima el franquismo: “los cimientos que nos han hecho como somos —también a vosotros, aunque os duela— y que además han funcionado.”

Es lógico que Aliança no encuentre un candidato para Barcelona, porque Barcelona es la única ciudad europea de tradición democrática que los americanos no liberaron. Barcelona quedó al margen de la ruptura de 1945 y también de la caída del muro de Berlín cuando el proceso fracasó. La inmigración no se puede tratar igual en Barcelona que en Ripoll, porque en el interior de Catalunya es un fenómeno nuevo, que no tiene la misma profundidad histórica. La inmigración, en Barcelona, no solo sirvió para apuntalar el régimen franquista y protegerlo del prestigio que la democracia tomó en la segunda mitad del siglo XX. En la capital de Catalunya, la miseria de los inmigrantes sirvió para avivar el pistolerismo y la descomposición de la retaguardia durante la Guerra Civil. Sin este factor, alimentado también por la dictadura de Primo de Rivera, Franco no habría dominado España antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial.

En Catalunya, cuando alguien habla de la inmigración, en el fondo siempre habla de la relación que tiene con la clase dirigente de Barcelona y del Estado. España puede absorber los discursos de Sílvia Orriols mientras solo toque los elementos de la guerra cultural que ha estallado en el conjunto de Occidente. Otra cosa es qué pasará si toca los pilares de la continuidad franquista, o los acuerdos de la Transición, que no habrían sido posibles sin los inmigrantes que llegaron a Catalunya durante la dictadura. Orriols ha hecho bien en dar por integrada la población que se instaló en el país en el siglo XX, porque al fin y al cabo participó en el referéndum del 1 de octubre por activa o por pasiva. El problema es que en Barcelona la cuestión de la inmigración ya no tiene que ver tanto con lo que pasa en el resto de Europa, como con lo que ha pasado en España en el último siglo.

Si Aliança no sabe el terreno que pisa en Barcelona, acabará como Ciudadanos

Si Aliança no sabe el terreno que pisa en Barcelona, acabará como Ciudadanos, cuando llegó a Madrid después de inflarse como un globo. Las élites de la ciudad usan la inmigración para disfrazar el hecho de que Catalunya no ha tenido una ruptura completa ni con el fascismo derrotado militarmente ni tampoco con el comunismo derrotado geopolíticamente. La inmigración hace un siglo que se utiliza para erosionar la capacidad de organización del pueblo catalán, a través del empobrecimiento de la cultura y la agudización de los conflictos sociales. Si dos youtubers como Tucker Carlson y Jiang Xueqin pueden relacionar a la inmigración con un intento de genocidio de los pueblos europeos —o incluso del "pueblo canadiense"—, ¿por qué en Catalunya no se puede hablar de lo que ha pasado durante el último siglo? Será que Josep Benet y Heribert Barrera —combatientes antifascistas de verdad— tenían razón y que el problema es que perdieron contra los nazis.

A través de los partidos de la autonomía, las élites de Barcelona favorecen la inmigración para debilitar políticamente el país y para frenar los conflictos de soberanía, mientras se hacen ricos con una economía chapucera y rapaz. Durante el franquismo, las autoridades fascistas trabajaron de acuerdo con la burguesía superviviente para convertir la catalanidad en un factor irrelevante en Barcelona. Después de los bombardeos del siglo XIX —perpetrados desde Montjuïc— y los del siglo XX —desde los barcos y los aviones fascistas—, la inmigración que llenó los vacíos de la ciudad favoreció una Transición de mínimos, que se interrumpió con un golpe de Estado. Ahora, después del procés, parece que se trata de ampliar el viejo plan franquista y de convertir a los catalanes en irrelevantes en el conjunto del Principat. Aliança se alimenta de esta dinámica política, que ha vuelto a traer carretadas de extranjeros a Catalunya. Pero la clave es Barcelona.

Y en Barcelona el problema no son los moros, ni el rey de Marruecos. Es la clase dirigente que vive de los despojos del franquismo. Una clase dirigente más contrarreformista que el disco fallido de Rosalía que el pobre Sostres, viejo chocho, quiere fingir que escucha con el mismo placer y entusiasmo juvenil que cuando hacía traducciones al catalán de las letras de Paul Simon. Es difícil que algún político no aproveche, tarde o temprano, este espacio.