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Aproveché el viaje de vuelta de Montreal para ver en el avión una película que no había visto cuando tocaba y, al acabar la proyección, no pude contener las lágrimas. El cine tiene esa magia, a menudo corrompida por tantas películas dedicadas a los superhéroes y otros personajes atiborrados de anabolizantes. Portrait de la jeune fille en feu —la vi en francés, a pesar de mi incompetencia en idiomas— me despertó una serie de emociones difíciles de explicar y cuando la imagen de Héloïse llorando se fundió en negro, tuve dos sensaciones que pueden parecer incompatibles: la de ser un imbécil por haber tardado tanto en ver la película de Céline Sciamma y la de ser un privilegiado por formar parte de una sociedad imbécil que es capaz de crear una obra magistral como aquella. Volveré a verla tantas veces como mi adicción fílmica-terapéutica lo requiera, tal como me pasa con The searchers, la película de John Ford que forma parte de las obras cinematográficas que me ayudan a aislarme de este mundo. No tengo una, ni dos, ni tres películas terapéuticas. Tengo más de treinta, o quizás cincuenta, que veo con el mismo gozo que Ferrand, el personaje que interpreta François Truffaut en La Nuit américaine. De niño, yo también soñaba con ser director de cine e iba al mercado de Sant Antoni a comprar revistas de Fotogramas viejas, pero la realidad —mi incapacidad para explicar fílmicamente mis sueños— sepultó la ficción de ser un metteur en scène y ahora soy un mero espectador y un amigo incondicional de Héloïse y Marianne.   

Cuando era joven y volvía a Barcelona después de vivir unos meses en el extranjero, lo hacía con el deseo de reencontrar todas aquellas cotidianidades que habían ido haciéndose importantes en la distancia. No era el pan con tomate, ni el fuet, ni tampoco el jamón, ni tantas otras futilidades; eran los amigos y la familia, y algo más imperceptible, una sensación de pertenencia a un lugar que daba sentido a mi regreso. Pasado el tiempo, entendí, dada una condición de adicto que descubrí a los 52 años en el centro Hipócrates, que mis viajes o estancias en países alejados de mi realidad habían sido huidas de mí mismo, incapaz de sentirme de ningún sitio. Y recuerdo perfectamente la situación: frente a mis compañeros de ingreso y bajo la mirada cercana de Dolors, mi terapeuta, afloró una de las largas conversaciones mantenidas con mi padre, en la que me dijo que admiraba mi capacidad de adaptarme a todas las situaciones y parecer que yo formaba parte de cualquier ecosistema, como si hubiera vivido en él toda mi vida. Entonces me lo tomé como un halago —sobre todo viniendo de mi padre, persona a la que sigo idolatrando—, pero quince años más tarde de su muerte, entendí que aquella capacidad de ser y no ser de ningún sitio era una desgracia, consecuencia de mi condición de adicto. Ahora, ocho años más tarde de aquella confesión grupal, sé de dónde soy, y cuando viajo soy consciente de que volveré a un lugar del que formo parte y donde no debería sentirme un extraño.

Cuando paseo por mi ciudad, lamentablemente, me siento un extranjero

Me fui a Canadá sudando y he vuelto a Barcelona para seguir sudando, metido de lleno en las aguas de un verano convulso, en el que los incendios siguen quemando los bosques de un país agridulce. Y da pereza volver, y me recuerda a una repetida escena cinematográfica en la que un personaje habla y habla descontroladamente a otro personaje, que decide encerrarse en el lavabo para ir a cagar y descansar de la cháchara, y cuando abre de nuevo la puerta del baño, la verborrea del colega sigue ahí donde la dejó. España es como una cháchara descontrolada y, encima, provoca estreñimiento.

Y ahora que me reconozco, cada vez que llego a mi país, la sensación de pertenencia me la mata mi propio país, aquel que, como dice la canción, és tan petit que quan el sol se'n va a dormir mai no està prou segur d'haver-lo vist. Porque existe una realidad innegable, inimaginable cuando yo vagaba por el mundo como una peonza, y es la de la desaparición de la lengua catalana de Barcelona, la ciudad que debería ser el baluarte del catalán. First we take Manhattan, then we take Berlin, dice la estrofa de una letra de Leonard Cohen. Cambiemos Manhattan por Barcelona y Berlín por Catalunya, y veremos cómo operan los poderes castellanizantes del país. También podríamos emplear otro dicho popular para entender la situación de la lengua catalana: entre todos la mataron, y ella sola se murió.

Señalar a los responsables es sencillo. Yo mismo lo soy, aunque mi responsabilidad es mínima, dada mi influencia en la sociedad. Que el Estado nos quiere sometidos y la lengua es el principal enemigo a batir es una evidencia, pero el enemigo interno también es fácil de señalar. Podríamos culpar a la derecha constitucionalista catalana y catalanófoba, y también a la sucursal del PSOE con toda aquella retahíla de alcaldes desarraigados y orgullosamente charnegos, pero una parte de la culpa la tienen los políticos del procés, que vendieron la piel del oso antes de cazarlo con el cargador de la escopeta vacío de cartuchos. Con su cháchara y sus luchas internas, nos dejaron desarmados y en pelotas para ser aniquilados por lo civil y por lo criminal. Sin olvidar tampoco a los Comuns, ciudadanos del mundo que piensan que preocuparse por el catalán y por Catalunya les hace sospechosamente pujolistas y poco cosmopolitas, ellos, que son ejemplares ciudadanos del mundo y portavoces de un "queremos acoger" irresponsable y aniquilador de la identidad de este país sin Estado.

Entonces, cuando era joven, el catalán parecía una verdad tan absoluta que no entendía que aquella maldita lengua era la cosa imperceptible, por cotidiana, que me daba sentido de pertenencia. Mucho más que el pan con tomate, el fuet y el Barça. Porque sin la lengua, Barcelona es como todas las intercambiables ciudades del mundo, sucursales de capitales antropófagas y vampíricas, postales urbanas sin vida, y cuando paseo por mi ciudad, lamentablemente, me siento un extranjero. Y que me pase ahora, cuando ya no necesito huir de mí mismo, ¡tiene cojones la cosa!

Lingüísticamente, el país está perdido. Hoy haré terapia y volveré a ver Portrait de la jeune fille en feu con las ventanas selladas. No soportaría que la magia me la rompiera una canción de Bad Bunny.