Durante muchos lustros, los españoles no metieron mucho las narices en la vida suntuosa de sus antiguos presidentes y del rey emérito. No lo hicieron cuando Adolfo Suárez pudo jubilarse muy tranquilo gracias a la pasta bancaria que le había conseguido Mario Conde (con el permiso expreso de Juan Carlos I), ni cuando Felipe empezó a dejarse retratar en unos yates y aviones privados que no concordaban mucho con los ahorros de un alto mandatario, ni tampoco cuando José María Aznar, a pesar de un nivel de inglés que no llegaba al First Certificate, consiguió irrumpir en el consejo de administración de News Corp —del que todavía forma parte, a razón de trescientos mil pavos al año— gracias al apoyo de G.W. Bush. En una decisión que nuestros enemigos lamentarán profundamente, la veda se abrió con el emérito, un hombre a quien los mismos políticos que lo adoraban, aun conociendo perfectamente sus negocios, ahora tratan como un malhechor.
Con su obsesión por matar a Pedro Sánchez (o, más bien, por eliminar cualquier fundamento de plurinacionalidad en la gobernación española), la cúpula más facha de la judicatura ha puesto al expresidente Zapatero en el punto de mira. Primero fueron su mujer y su hermano; después los cuatro fontaneros-conseguidores del PSOE que lo habían ayudado a alcanzar la secretaría general con lo puesto (el clan del Peugeot 407 diésel, lo llamaban), y ahora le tocaba pagar el pato al pobre ZP, quien, por ironías de la vida, pasó de ser uno de los principales asesinos políticos del actual presidente español —cuando el aparato del partido defendía a Susana Díaz— a ser su primer valedor. En este movimiento, los jueces no han hecho nada más que seguir los designios de la derecha mediática del kilómetro cero, la cual, y no hacía falta ser el hermano gemelo de Sherlock Holmes, intuía que ZP no solo iba a Venezuela a hacer misiones de paz.
La omertá sobre la vida económica de los padres fundadores de la democracia española (y del rey como garante moral de todo el invento) era una forma más de mantener vivo el relato de una Transición impoluta. Pero todo el mundo sabe contar… y era bastante evidente que el sueldo de la mayoría de altos cargos españoles —como también el de arribistas catalanes para asegurar la unidad de la patria, del tipo Albert Rivera— no daba para mantener un caserón en La Moraleja. De hecho, no es nada extraño que las investigaciones sobre la existencia millonaria (y mujeriega) de Juan Carlos I empezaran más o menos con el pressing sobre Jordi Pujol y su familia. De una forma involuntaria, pero fatal, los españoles empezaron a cargarse la mística de su propia democracia, y ahora tendrán que ver cómo su ídolo monárquico tiene que volver al país a escondidas y tampoco podrán agradecer a Pujol todos los servicios que les regaló para castrar el independentismo.
Todavía tiene más gracia que los convergentes que renegaron de Pujol y cambiaron el nombre de Convergència para lavarla de corruptelas, ahora quieran resucitar el invento de una forma oceánicamente cínica
Tiene cierta guasa que el principio de la posible caída de Zapatero haya hecho llorar mucho más a Gabriel Rufián, que ya empieza a tener asumido eso de ejercer de muleta española del PSOE, que no al mismo partido del presidente de la ceja. Y todavía tiene más gracia que los convergentes que renegaron de Pujol y cambiaron el nombre de Convergència para lavarla de corruptelas, ahora quieran resucitar el invento de una forma oceánicamente cínica, solo porque incluso un juez español ha acabado exonerando al Muy Honorable 126, aduciendo que tiene las capacidades cognitivas limitadas. Todo ello no solo certifica la muerte del autonomismo español, sino que también expone el fin de un gesto muy habitual en la política estatal, consistente en liarla del todo y esperar que un catalanito te salve el chiringuito. Por lo tanto, que todo el mundo esté al tanto y no caiga en la trampa; aquí se han metido ellos solitos y ellos solitos se lo tienen que guisar.
Los políticos catalanes ya advirtieron a la corte madrileña de que la práctica del lawfare acabaría rebotando contra ellos mismos. Lamentablemente, además de advertirles de ello, decidieron que los investirían-ayudarían en casi todo, a pesar de que fueran los principales responsables de haberlos metido en la cárcel. Por fortuna, la mentalidad de nuestro país está cambiando y en Catalunya quedan muy pocas ganas de salvar la papeleta de los progres españoles. A Rufián solo le hacen caso en los bares de Malasaña y procesos judiciales como los de Pujol muestran la incompletitud de la Transición española (y la escasa calidad moral de los hijos del president). Este caos estatal nos ayudará, a la larga, porque el Estado quedará sin mucho fundamento. Pero por ahora, lo importante es alejarse de las trampas de los virreyes catalanes en Madrit; si quieren salvar a ZP, que lo hagan solos, que por eso acabarán cobrando del PSOE, muy pronto…