"Se lo pues pedir a Victoria Kent/ que lo que es a mí, no ha nacido quién"
Maestro Alonso (Zarzuela Las Leandras)
Gabriel Rufián es ya tan madrileño como el chotis, no sé si se habrán percatado. Total, en Madrid todo el mundo es de fuera y con diez años de callejeo castizo estás más que homologado. De hecho, él ya es más chulo que un ocho, el chulo que castiga, que se canta aquí. Por eso, porque castiga, si no a las chulapas, sí a los adversarios, se le ha levantado una fama en el foro que el CIS coloca ya por encima de la de Yolanda y la de Pedro. No es difícil, por otra parte, superar a esa dupla, pero empodera mucho.
Así que Rufián se lanza a "intentar algo" que frene a esa ultraderecha que él y sus socios se han ocupado tanto de estimular. Se junta para ello con Emilio Delgado, un gran desconocido, excepto en el ecosistema de botellines y conspiraciones zurdas, y se marca un acto en Madrid para hablar del frente de izquierdas "no de siglas sino de los pueblos". ¿Que de dónde sale tal esfuerzo inútil abocado a la melancolía? No lo duden, de las tertulias. No tienen sino ver cuál ha sido el trampolín utilizado por Delgado para plantarle cara a Mónica García, quién modera el acto, quiénes lo han publicitado como si fuera a alguna parte y quiénes les han empujado a hacerlo. ¡Todo tan madrileño!
Dice Rufián al dar un paso adelante, en el que le ha dejado solo todo quisqui, que no hay que ser muy listo para proponer esa unión de izquierdas nacionalistas para concurrir a nivel nacional, que "basta con salir cinco minutos a la calle y escuchar". ¿A quién y dónde escucha? Debe ser en el entorno de Malasaña o de after o donde guste salir con sus coleguitas rogelios, porque ya les digo yo que en Madrid, Madrid, en la calle, es harto difícil que haya escuchado que los indepes de izquierda en comandita tengan posibilidad alguna de recabar votos aquí o en el resto del Estado y mucho me temo que en Barcelona o en Bilbao tampoco los ha oído. Confundir lo que se dice por la calle con lo que se dice en las tertulias de televisión y en las de los baretos es mucho confundir. Así le ha ido. Ni siquiera parece que sea cierta su enorme popularidad en la meseta y otras periferias. Los zascas ocurrentes hacen gracia a algunos, aunque hace tiempo que es evidente que a otros les resultan una patada en las gónadas y que, por tanto, nunca puedes estar seguro de que tus ocurrencias te encumbren.
Ninguno de los partidos de la Izquierda Dividida está dispuesto a admitir ni un liderazgo más. A fin de cuentas, ya luchan a brazo partido no por una forma de estar en política o por un programa, sino por quién manda y quién se lleva la tostada para poder repartir después las migajas que les dejen las urnas. A lo sumo, las izquierdas "de los pueblos" aspiran a hacerse con el mando en sus propios territorios, y esa es la apuesta de Bildu, que no comparte expectativas reales con la formación de Rufián ahora mismo. Lo de saltar de las tertulias y los pactos de botellines al gobierno le pasó a Pablo Iglesias y, tras ello, todo el mundo ha aprendido mucho. Todos menos un grupo de nuevos en Madrid, que, por lo que sea, creen que controlan el cotarro de "dentro de la M-30", como si este no fuera un reservado demasiado excluyente como para que hayan asomado ni el morro. Eso rige para la pomada de la derecha y de la izquierda.
Lo de saltar de las tertulias y los pactos de botellines al gobierno le pasó a Pablo Iglesias y, tras ello, todo el mundo ha aprendido mucho
Lo más curioso de todo es que preocupados que se dicen por el auge de la ultraderecha, la central y la del país propio, no hayan hecho ni la más mínima reflexión sobre la cuota parte que a la izquierda radical le corresponde en este pendulazo. Toda acción desata una reacción y nunca las minorías pueden arrastrar a la mayoría a un lugar donde no quiere estar. Esto es lo que ha hecho el PSOE de Sánchez convirtiéndose en una sucursal de izquierda radical y posicionándose donde nunca estuvieron los socialistas. Han hecho más por el crecimiento de las derechas extremas con sus aspavientos con el control estatal de todo, con la prohibición por bandera, con su intolerancia a la hora de crear viviendas o de desocuparlas, con su encogimiento ante la corrupción porque es la de un poder que les favorece, con su negativa a hablar en serio del volumen de la inmigración y su gestión, que Abascal con su laxitud y las cuatro chorradas copiadas de Bardella que suelta de vez en cuando.
"O se inventa algo o nos vamos al carajo", dice Gabriel. Está todo inventado. La izquierda lo que tiene que hacer es escuchar de verdad a la calle, a los barrios, a los trabajadores y dejarse de contubernios de alfombra o de quinto de Mahou. Y si lo que les molesta o hace sufrir a tu parroquia no coincide con tus premisas de diseño, pues te aguantas y piensas cómo hacer frente a sus demandas sin vulnerar los principios de igualdad y el respeto a los derechos fundamentales. Eso es fastidioso, claro, porque no tiene una respuesta fácil, si no quieres lanzarte al populismo que ahora está en auge. Lo que bajo ningún concepto suma a la izquierda más a la izquierda, sea independentista o no, es alejarse de sus votantes potenciales y amorrarse a la teta del poder y conservarlo a cualquier precio, hasta al precio de llevar sus convicciones más allá de la demanda de tus votantes.
Rufián es solo una muestra más del desnortamiento de cierta izquierda que ronda los centros de poder madrileños. Digo los ronda porque no los penetra. Los que siguen pensando que la verdad está en sus premisas y que el pueblo llano, el que debe ser su sustento, ya se adecuará al mensaje o se contentará con sus ocurrencias. Rufián, ese que ve una lideresa en Irene Montero. Los de los pactos y recosidos con fines electorales que olvidan que, antes de la mixtificación fundacional de Podemos, la izquierda radical pugnaba por revalidar el mítico diez por ciento de Anguita. Un desnortamiento que olvida que los castigadores, los televisivos, los auto postulados nunca tienen qué hacer si no es con el respaldo de las viejas organizaciones asentadas en los territorios. Todos los que lo han intentado de otra forma se han estrellado.
Aquí hemos ganado un madrileño más; Rufián ya está integrado del todo. Pichi, es el chulo que castiga. No se les ocurra intentar llevárselo de vuelta. Le darían el disgusto del siglo.