Hubo imágenes que no son admisibles. Espero y deseo que la gente se haga responsable de sus actos, y que Renfe y Adif entiendan que la solución no pasa simplemente con poner más trenes. Estas dos primeras frases no las ha dicho literalmente ningún usuario enfadado. Tampoco ningún dirigente de ningún partido político de la oposición, ni mucho menos este humilde analista de la actualidad. "Hubo imágenes que no son admisibles. Espero y deseo que la gente se haga responsable de sus actos, y que Renfe y Adif entiendan que la solución no pasa simplemente con poner más trenes" es una cita literal de Rubén Viñuales, alcalde de Tarragona y, para más información, miembro de la comisión ejecutiva nacional del PSC, de donde es secretario. Esta información es muy relevante porque, en el caos pos-eclipse que se vivió la noche del miércoles en la estación de Tarragona, hay la alineación de tres administraciones socialistas: el ayuntamiento, la Generalitat y el Gobierno. Resulta significativo, pues —y también loable—, que el máximo responsable de la ciudad ponga la queja municipal por delante de la afinidad ideológica o el quedar bien con los máximos dirigentes de PSC y PSOE, que son, precisamente, los presidentes de la Generalitat y del Gobierno.
La clave de bóveda de esta polémica de verano no es el incidente en sí, sino el contraste entre el principal eje de gobierno del PSC, la buena gestión, y los episodios —como PISA, la AP7 o Rodalies— que lo contradicen. Y en el caso concreto del eclipse, el contraste es todavía mayor porque el ejecutivo vio en el fenómeno astronómico una oportunidad de lucimiento, aprovechando que, efectivamente, su espectacularidad lo haría fascinante, bello, pero sobre todo irrepetible. Tal como escribió el viernes mi colega de columna Jordi Cuminal, los días previos al eclipse llegó a dar la sensación de que el Govern se lo apropiaba cultural y políticamente, e incluso se hicieron dos actos institucionales 24 horas antes en Lleida y Tarragona (dos ciudades gobernadas por el PSC). Precisamente en el de Tarragona, el president Illa pulsó el botón de cuenta atrás como si de aquella pulsación dependiera su celebración. Aquello fue el colofón a una operación comunicativamente muy bien diseñada y que pretendía transmitir la imagen de un gobierno, y de un presidente, asociado a un acontecimiento único, impresionante, pero sobre todo que, en medio de tanta gestión, desataba belleza y alegría.
El operativo comunicativo y político del eclipse se pensó al detalle, excepto Renfe
Digo colofón porque, efectivamente, estos actos institucionales previos fueron la culminación de meses de dedicar recursos comunicativos, económicos y logísticos a aquel momento. Por ejemplo, el hecho de que el president siguiera el eclipse en las Terres de l'Ebre fue también una decisión política. Se descartaron otras opciones, como por ejemplo la más científica: el Parc Astronòmic Muntanyes de Prades, donde el cubrimiento del Sol también era del 100% y, además, ya había la infraestructura montada y, sobre todo, había menos contaminación lumínica, lo que permitía un visionado aún mejor. No escribo esto para enfrentar a Prades con el Ebre, sino como muestra de cómo todo se pensó hasta el último detalle para obtener un rédito comunicativo —que quiere decir estético, que quiere decir político— positivo.
Si montas un escaparate mediático, conviene que no te falle nada. Y, por lo tanto, no es aconsejable contar con Renfe: te fallará. Aunque seas el president de la Generalitat
Pero para que todo este escaparate mediático pueda lucir en su totalidad, es necesario que no falle nada. Y, por lo tanto, no resulta aconsejable encomendarte a Renfe: te fallará. Es como si, en el pasado, te haces llamar el "gobierno de los mejores": si haces esta apuesta nominal, entonces no puedes tener ninguna mácula en el expediente, porque a la primera crisis, al primer accidente, a la primera polémica, esta etiqueta necesariamente se te girará en contra. Y es que en este engranaje gubernamental para el día del eclipse había también la creación, hace casi un año, de la comisión interdepartamental que debía velar precisamente por la gestión de los efectos colaterales que desencadenaría el fenómeno. Esta comisión se ha reunido, en total, más de 100 veces. Había representado más de medio Govern: desde todo el Departament d'Interior (Mossos, Protecció Civil, etc., etc.) a Salut (con un refuerzo de urgencias oftalmológicas en previsión de lesiones oculares), pasando por Territori, que tiene las competencias en transporte público, o Educació, porque en las últimas semanas de curso —entre huelga y huelga— se hicieron sesiones específicas al alumnado.
¿Cómo es que la misma noche no salió ningún portavoz como sí hacía Antonio Carmona?
Pues bien, todo este aparato administrativo puesto al servicio del eclipse no cayó en que quizás se tenían que reforzar los trenes de Renfe una vez que el evento hubiera terminado. O no cayó en ello o no osó enfrentarse a los poderes fácticos que mueven esta empresa ahora mixta. Ya se había advertido que, si el eclipse era a las 20:29 de un 12 de agosto, la población interesada iría cogiendo sitio a lo largo del día, pero —previsiblemente— querría volver a casa de una manera no tan escalonada como a la ida. Después de un año de preparativos, la decisión de poner un tren más, solo un tren más, de Tarragona hacia Barcelona se tomó la misma tarde del día 12 y después de comprobar que durante toda la jornada los trenes iban muy llenos. En declaraciones a Catalunya Ràdio, Manel Nadal, que es el secretario de Mobilitat, admitió que se habían vivido situaciones de "colapso" pero que las previsiones habían sido "adecuadas", cosa que resulta una contradicción en términos.
Ante todo ello, sin embargo, no hay que olvidar que el núcleo radiador de todo ello vuelve a ser Renfe. De toda la jornada, la única mancha gorda en el expediente fue, nuevamente, la oveja negra de la movilidad de este país. Tanto Adif como Renfe admitieron la mala gestión pos-eclipse, pero tampoco especificaron si, tal como hicieron los CAP, Mossos o la policía local de Tarragona, se movilizó personal extra. Y como no hay información, lo máximo que se puede hacer es preguntar. Por ejemplo: ¿se cancelaron vacaciones y permisos de maquinistas de Renfe para reforzar el servicio como sí se hizo en otros colectivos públicos? ¿Se previó personal de refuerzo para impedir que los usuarios fueran a los andenes? ¿Cómo es que aquella misma noche no salió ningún portavoz como hacía Antonio Carmona antes de ser destituido? ¿Cómo es que, en nombre de Rodalies, salió, al día siguiente, el gerente de operaciones? ¿Dónde estaba Óscar Playà, director general de Rodalies, antes, durante y después del eclipse? Las respuestas seguramente irán saliendo los próximos días, pero una afirmación sí es cierta: cualquier plan que tengas, por bonito y milimetrado que sea, Renfe te lo puede estropear: aunque seas el propio president de la Generalitat.
