El puño en alto, los dos dedos levantados en señal de victoria, la pantalla con la final del Mundial de fondo y, en la muñeca, la bandera española. Atada como una correa, estampada como un tatuaje, colgada como un nomeolvides. Esta foto, que podría haber publicado cualquier seguidor de Vox o de la Falange, corresponde a la muñeca del conseller de Presidència de la Generalitat, Albert Dalmau. Sin duda, él considera que la connotación fascista o autoritaria de la pulserita ya no existe porque, al fin y al cabo, hablamos de una bandera constitucional y democrática, moderna. Ganadora, incluso. Es un modo de verlo, respetable y comprensible. Nadie está tampoco obligado a darse cuenta de cuándo se comporta como un hortera, porque normalmente uno mismo no lo ve. Incluso —o sobre todo— en los ataques de euforia.
El problema de la bandera de España es que, aunque haga cincuenta años que murió Franco, el autoritarismo de pandereta se ha quedado adherido a ella. Puede haberse modernizado, actualizado, maquillado y vestido de seda, pero es que no se ve en el espejo. No se da cuenta; cree que lleva un vestido sofisticado, cuando en realidad todo el mundo le ve las costuras. Todavía hoy basta con poner una bandera española en un balcón para que toda la casa se transforme automáticamente en una comisaría o en un estanco. Pese a sus colores vivos de sol y sangre de toro, no puede evitar contagiar —todavía ahora— una amargura en blanco y negro a todo el vecindario. Tampoco se da cuenta Jordi Évole cuando toca el bombo, o Rosalía cuando se cansa de ir contra corriente, o Ferran Torres cuando se pone la gorra trumpista. Por mucho que España intente alejarse del águila, el águila nunca se aleja de ella. Como ya vio todo el mundo durante el 1-O, y como ahora ve el tribunal de Luxemburgo. Y esto no se borra a golpe de títulos futbolísticos, ni de esos constantes saqueos reales a La Masia, ni de pantallas gigantes en el Camp de la Bota. Ni siquiera acaba de borrarse, me temo, a golpe de transformistas franjas moradas a modo de sombra de ojos republicana.
Conseller, president, alcalde: de esta forma no van a hacernos españoles. Y les recomendaría que entendieran que, de cualquier otra forma, tampoco
De Jaume Collboni ya me lo esperaba más, ¿ves? Ese irremediable abanderado del mal gusto, arrastrado también por el éxtasis españolista, colgó en su Instagram el falo rojigualdo de la Torre Glòries iluminada. Confío en que, con el paso de los años, tanto él como los propietarios de la torre se den cuenta de la lamentable imagen de apéndice prescindible y casposo, de esa estética incívica de etiqueta de vino malo, de tipografía vulgar y diseño primitivo, de calzoncillos de tercera mano, de meada de borracho marcando territorio en una farola. Una devaluación imperdonable de la torre de Jean Nouvel, que, en lugar de ofrendar las nuevas Glòries a España, podría haber aprovechado sus inmejorables vistas a la Sagrada Família para aprender a saber estar. Todo ello debe de encajar con la visión y la misión empresariales del propietario, Merlin Properties, pero sin duda debió de contar con el visto bueno del Ayuntamiento, que ya anteriormente tuvo la iniciativa de proyectar sobre el supositorio la campaña municipal "Poca vergonya". Por lo tanto, el alcalde estaba indudablemente informado, entusiasmado con esa monstruosa contaminación lumínica, inmerso en una especie de Día del Orgullo renovado. El president Illa, por su parte, escogió la red X: "¡Vamos España! ¡Volvemos a hacer historia!", como en sus mejores momentos de manifestación junto a Vox y el PP, de defensa del 155 o de negación de cualquier amnistía. Un president digno de las Brigadas Blanquiazules, que, aun así, en un país virtualmente mitad independentista, se proclama además president "de tothom".
España tiene la mejor selección del mundo, eso es indiscutible. Apropiada de una masía catalana, indiscutible también. Pero, fútbol aparte, no hay ninguna diferencia entre la pulserita del conseller Dalmau y un artículo de Mariano Rajoy. Es como la familia real viendo un partido en un búnker, como un paracaidista colgado de una farola, como esos Gaudís hechos con IA que hablan en castellano, como tener un himno sin letra o promover los grafitis de TVBoy. Una cuestión de estética. Aquello que nos pierde a los catalanes, decía Unamuno, pero también aquello que nos hace saltar todas las alarmas. Si el socialismo tenía alguna esperanza de convencernos de que podemos entendernos, de que existe otra España posible, esta semana ha acabado de dilapidarla. Y lo ha hecho a través de las imágenes más indigestas y reveladoras. La plurinacionalidad no es una senyera testimonial atada a la cintura, ni una condescendiente retransmisión en catalán por La 2. La promoción de las selecciones deportivas catalanas figura en el pacto de investidura del president, es decir, en los papeles más mojados del planeta. Todo son gustos, claro que sí. Pero precisamente por eso no se puede evitar ser lo que se es, y es perfecto que así quede expuesto ante todo el mundo con total transparencia. Pero conseller, president, alcalde: de esta forma no van a hacernos españoles. Y les recomendaría que entendieran que, de cualquier otra forma, tampoco.
