El martes, el presidente Illa cerró el ciclo de actos, conferencias y exposiciones que han formado parte de lo que se ha denominado el Año Paco Candel, con motivo del centenario del nacimiento del escritor conocido sobre todo por su obra Los otros catalanes, un ensayo sobre el impacto de la inmigración en Catalunya. Sostiene el president que la obra de Candel es de lectura imprescindible para “saber de dónde venimos y hacia dónde queremos ir, para conocer cuáles son los valores que son el fundamento de Catalunya y para aprender a construir convivencia”.

En primera fila lo escuchaba el president Jordi Pujol, que, a pesar de las dolencias propias de su avanzada edad, quiso asistir al homenaje. No solo eso, quiso dejar constancia escrita en un artículo en La Vanguardia de la importancia que, a su parecer, supuso hace más de 60 años la publicación del libro Los otros catalanes: “Despertó el interés por un hecho social, político y humano —se refería al fenómeno de la inmigración— de la máxima trascendencia para el futuro de nuestro país. Una trascendencia vital. De ser o no ser. De supervivencia. De ser en términos positivos, de progreso y de convivencia”. Según Pujol, Candel contribuyó a fomentar la esperanza, el progreso, la justicia y el bienestar global en Catalunya. “De todos los que vivimos en Catalunya”.

Es bien conocida la buena relación que mantuvieron Pujol y Candel, a pesar de ser personas de procedencias ideológicas opuestas y bastante confrontadas. A Pujol, más allá del nacionalismo, se le puede definir como un político socialcristiano, y Candel militó y ocupó cargos de responsabilidad en la órbita del PSUC y del sindicato Comisiones Obreras. Aun así, sus posiciones fueron opuestas por el vértice, por el vértice compartido y comprometido con el reto de la convivencia a partir de la diversidad con la idea de “Catalunya, un solo pueblo”.

La tesis de Candel, pero sobre todo la interpretación dominante de su texto, formulada básicamente por sectores catalanistas, ha sido posteriormente revisada de manera crítica por diversos autores y sociólogos. Algunos la consideran un exceso de optimismo y otros, una claudicación. Sin ir más lejos, la propia Najat El Hachmi, en el prólogo de la reedición que se hizo en 2008, critica que se haga una visión parcial del libro para encajarlo ideológicamente dentro de “un catalanismo reduccionista”. El Hachmi se muestra muy escéptica ante ideas resumidas en eslóganes del tipo “Catalunya es tierra de acogida” o “Es catalán quien vive y trabaja en Catalunya” (y quiere serlo, añadió Pujol), pero aun así admite como “realmente sorprendente que Catalunya no sufra una fractura social más grave, que no tenga problemas semejantes a los que tiene Francia con descendientes de argelinos y marroquíes”. Tal vez no tenga en cuenta algunas razones de fondo.

En Catalunya ha habido, por supuesto, lucha de clases, muy encarnizada en algunos momentos de la historia, pero el movimiento catalanista que irrumpió en paralelo a la revolución industrial siempre ha tenido una vocación transversal, una aspiración cohesionadora y un efecto moderador, cuando no conciliador. Nunca ha sido un movimiento estrictamente burgués, como sostuvieron algunos autores contemporáneos con intereses inmediatos y como han demostrado ampliamente historiadores de la categoría de Josep Fontana y Josep Termes. Valentí Almirall, pensador de izquierdas como era, publica en 1886 Lo Catalanisme, que viene a ser una propuesta de cohesión nacional. Esta cohesión, esta búsqueda del consenso, ha sido constante en el movimiento. En el propio siglo XIX, en plena Renaixença, surge un asociacionismo cultural diverso, también de obreros organizados en ateneos y sociedades corales. Las Bases de Manresa (1892) sí estuvieron inspiradas en ideas conservadoras, pero pocos años después las fuerzas catalanistas se agruparon políticamente en una candidatura unitaria, la Solidaritat Catalana, interclasista y políticamente heterogénea, que obtuvo el 67 % de los votos y 41 de los 44 escaños en disputa. Este resultado propició años después la constitución de la Mancomunidad, una primera experiencia de gobierno autónomo, presidida por un conservador como Prat de la Riba, que fue pionera en la aplicación de políticas sociales: concesión de pensiones a los trabajadores, seguros infantiles, mutualidades y políticas de inserción laboral. Prat supo incorporar ideólogos de la izquierda como Rafael Campalans para dirigir la Escuela del Trabajo, un proyecto clave destinado a preparar obreros cualificados. Incluso Albert Einstein impartió allí una masterclassAbierto a las influencias europeas, el catalanismo asumió desde un buen principio la modernidad como una causa inherente a su propio ideario.

En épocas posteriores, la aportación catalanista siempre ha acompañado la reivindicación nacional con la inseparable defensa de derechos y libertades. Lo hizo tanto en la Primera como en la Segunda República españolas y, en democracia, no se puede negar la prioridad de los distintos gobiernos catalanistas de garantizar los derechos universales a la salud y a la educación con el objetivo de fortalecer la cohesión del país.

Los adversarios del catalanismo han utilizado sistemáticamente la inmigración para dinamitar la cohesión y la convivencia con el objetivo de debilitar el país. Antes lo hizo el lerrouxismo y no hace tanto lo ha hecho el partido Ciudadanos. Siempre, eso sí, en nombre de la España eterna. Ahora Orriols hace lo mismo, pero apropiándose de la bandera catalana.

No hace falta decir que todos los debates en torno al Año Candel, incluso el propio hecho de la conmemoración, han adquirido un mayor sentido dado que la inmigración ha sido en los últimos años un fenómeno creciente y que está teniendo consecuencias sociales y también políticas. Catalunya ha sido y vuelve a ser un país de inmigración y, en el ámbito del catalanismo, tanto los partidarios como los críticos con Candel y Pujol comparten en el fondo una idea principal: si los recién llegados no se incorporan a la catalanidad —y eso es tarea de todos—, no habrá progreso comunitario, porque las diferencias étnicas o culturales impedirán la cohesión social. Precisamente por eso los adversarios del catalanismo han utilizado sistemáticamente la inmigración y de paso la lengua para dinamitar la cohesión y la convivencia, para dividirlo y debilitarlo. Antes lo hizo el lerrouxismo y no hace tanto lo ha hecho el partido Ciudadanos. Siempre, eso sí, en nombre de la España eterna.

En una España donde el fascismo triunfó, el catalanismo ha sido por definición un movimiento antifascista. Su trayectoria histórica lo ha situado en el lugar correcto de la historia, en el bando de las causas nobles. Si quienes se consideran catalanistas se dejan engañar y arrastrar por discursos demagógicos pero contrarios a la cohesión social del país, del país real, la causa catalana dejará de ser una causa noble, tal como siempre han querido sus enemigos.

Ahora irrumpe un nuevo agente, el partido de Sílvia Orriols, que, con apoyos desconocidos, quiere hacer lo mismo: enfrentar a unos ciudadanos contra otros, fomentar el conflicto y la división. La gran novedad es que, a diferencia de los anteriores, no lo dice agitando la bandera española, sino en nombre de la causa catalana, alimentando la idea españolista de que las reivindicaciones catalanas forman parte de un ideario xenófobo y supremacista. Por supuesto que siempre ha habido fascistas catalanes, minoritarios pero muy poderosos, precisamente los adversarios internos del catalanismo, entregados a los poderes españoles en cuerpo, alma, dinero e incluso armas. A los que antes se llamaba botiflers siempre los ha habido y siempre los habrá, porque a menudo han sido bien recompensados, pero la realidad es que no se puede ser botifler sin ser catalán. El país es el que es. Sin embargo, el catalanismo, que en democracia ha sido mayoritario, ha ejercido siempre un movimiento de resistencia frente a los autoritarismos y las dictaduras. En una España donde el fascismo triunfó, el catalanismo ha sido por definición un movimiento antifascista. Precisamente por eso su trayectoria histórica lo ha situado en el lugar correcto de la historia, en el bando de las causas nobles. Si quienes se consideran catalanistas se dejan ahora engañar y arrastrar por discursos demagógicos pero contrarios a la cohesión social del país, del país real, el país sufrirá las consecuencias, pero se logrará también una regresión histórica: que la causa catalana deje de ser reconocida como una causa noble, tal como siempre han pretendido sus enemigos.