“…y podremos quitar lo de Sant Jordi”. Así se sumaba Javier Mariscal a la “muy buena idea” de Eduardo Mendoza de prescindir de la referencia al santoral y dejar la cosa en el Día del Libro (en nombre de la defensa de los animales, entre otros delirios seniles). “A mí me gusta mucho cambiar las cosas”, argumentaba Mariscal, quejándose también del concepto de Semana Santa o de la Navidad. “Sant Jordi es una de esas cosas catalanas que ‘no se puede tocar’, como el pan con tomate. A tomar por culo. ¿Pero qué me estás contando?”. Y finalmente: “El Día del Libro es una fiesta maravillosa. Ahora que dentro de nada el pobre Pujol nos dejará, ya podremos quitar el nombre de Sant Jordi”.

Estos son los amigos federalistas, los comprensivos y progresistas, los olímpicos “amigos para siempre”. Después del 155, esta supuesta intelectualidad debía demostrar que existe un camino intermedio, que debemos convivir, que hay fórmulas para el entendimiento y la reforma, pero tras demostrar que no tenían ninguna idea para el conflicto (¿conflicto? ¿qué conflicto?), acaba aflorando su resentimiento o su autoritarismo de siempre. Mariscal, con ese pensamiento tan bidimensional como su perro, hablando directamente de la muerte (indisimuladamente deseada) de Pujol. Como si Pujol hubiera creado, impuesto y todavía mantuviera, desde su vida retirada, Sant Jordi por real decreto. Mendoza, atacando directamente una de nuestras fiestas nacionales más antiguas y singulares con una gratuidad y una falta de rigor y de necesidad verdaderamente inquietantes. Loquillo, en su momento, diciendo que no quiere encajar en el papel de “charnego agradecido”. Juana Dolores, hablando de destruir la librería Ona y todo lo que representa. Boadella pasando de su saludable sátira “Ubú president” a considerar el nacionalismo o el independentismo catalanes como “religión laica”. Loles León con aquello de “Salió eso de la normalización lingüística del catalán y entonces fue muy difícil. Empecé siendo charnega, después botiflera y ahora me dicen colona porque estoy allí en Madrid”. Maruja Torres calificando a Puigdemont de “carioco, el escapista”, pero al mismo tiempo “escapando” de Barcelona porque dice que no soporta el independentismo. Etcétera. Algunos han decidido que hay que aplicar la “solución final”, o aquello que Josep Borrell llamaba la “desinfección”. Si antes lo hacían apuntando contra la “fiebre” independentista, ahora lo hacen apuntando contra la propia cultura catalana. Deben de creer, y no les falta parte de razón, que una cosa lleva inevitablemente a la otra.

Estos son los amigos federalistas, los comprensivos y progresistas, los olímpicos “amigos para siempre”

En conclusión, las dos Españas nos han declarado la guerra: han decidido aprovechar la gobernanza de Catalunya bajo el régimen del 155 para hacer limpieza, para imponer las tesis de Sociedad Civil Catalana, desmontar la línea nacional de los medios de comunicación públicos, laminar la inmersión lingüística con la ayuda de los jueces y normalizar la españolidad (en forma de bandera, de idioma, de partidos de la Roja o de invitados en "Col·lapse") como si el nacionalismo o el conflicto fueran la verdadera anomalía artificial. Se equivocan, huelga decirlo. Quien pervivirá después de la (no deseada) muerte de Mariscal será la diada de Sant Jordi, tal como también sobrevivirá al iluso enterrador Eduardo Mendoza y todo el tufillo de Foro Babel que se le cuela bajo el bigote. La cultura catalana, la librería Ona, la identidad, los símbolos, la voluntad de decidir el propio futuro (sí, en efecto, una cosa lleva inevitablemente a la otra), la “infección” y la “religión laica” seguirán sobrevolándolos como un país de los prodigios perdurable, como una Sagrada Familia irreductible e inalcanzable. No podrán con nosotros. “No pasarán”. Lo que sí sorprende es cómo, precisamente ahora, la guerra se nos declara de forma más explícita. Se han destapado de una manera, y con unas formas, que hasta da lástima. Menos mal que el gobierno de Illa venía a superar los conflictos, a establecer la concordia y a abrir una etapa de coexistencia pacífica. Como decía aquel, lo único que han hecho es “despertar al monstruo” del fascismo. Se empieza venerando el 155 o manifestándose con Vox, como Salvador Illa, y se acaba deseando la muerte de Pujol y de Sant Jordi. Tal vez Mendoza y Mariscal sean voces de ultratumba que aún no saben que, ellos sí, ya han pasado a mejor vida.