En un mismo día, ayer viernes, este diario publicaba dos artículos que, a mi criterio, tienen máximo interés y relación entre ellos: el editorial del director de ElNacional.cat sobre el traspaso al País Vasco de competencias en prestaciones y subsidios por desempleo y el artículo del catedrático de economía de la UPF Guillem López Casasnovas sobre el despropósito de financiación autonómica gestado por la pareja de hecho PSOE-ERC. Una lectura desapasionada de los dos artículos hace pensar que los catalanes no vamos bien, ni caemos bien donde reside el poder (Madrid), ni sabemos hacer bien el arte de negociar el interés colectivo. Me refiero, como puede suponer el lector, no a los ciudadanos normales y corrientes, ni quizás tampoco a nuestra comunidad empresarial, sino a nuestros representantes políticos, que, por cierto, elegimos nosotros mismos.
Aunque lo que plantean ambos artículos es netamente político, en el trasfondo hay un dilema colectivo que es "¿qué va primero, la economía o la nación?".
Es fácil constatar que el entorno social, empresarial, mediático y político antepone de manera sistemática la economía y su crecimiento a cualquier otra consideración. Esto ocurrió en la segunda mitad del siglo XX y se ha acentuado el primer cuarto del siglo XXI. Históricamente, también es fácil constatar que en Catalunya se ha priorizado la economía por encima de la nación. Más allá de las circunstancias políticas completamente adversas y conocidas del Estado español, del maltrato financiero, de la animosidad latente en contra de los catalanes por parte de políticos de derechas y de izquierdas, de la justicia, de las estructuras de Estado, etc., de ser siempre los malos de la película, la verdad es que desde Catalunya, con los medios propios que teníamos al alcance, hemos evolucionado a remolque de los intereses de la iniciativa empresarial, con la complicidad de los diferentes poderes políticos que se han sucedido.
La economía catalana se construyó el siglo pasado sobre la base de grandes corrientes migratorias procedentes del resto del Estado que cubrían las necesidades de mano de obra de un sistema productivo deficitario en este factor productivo. El crecimiento que se produjo era razonablemente integrador, y en buena parte permitió mantener hasta final de siglo el famoso “Somos una nación” y “Somos 6 millones” en un contexto económico y social de fuerte progreso en términos de bienestar y de identidad colectiva, de nación. En el siglo XXI esto se ha roto. Aquel proceso migratorio se ha repetido, pero con una doble circunstancia añadida: la mano de obra que llega es mayoritariamente extranjera y de culturas muy diferentes, y ya no responde necesariamente a las necesidades de mercado de trabajo propiamente dichas (que también), sino que se añade el atractivo de una especie de El Dorado con puertas abiertas y donde hay oportunidades para todos.
Desde Catalunya, con los medios propios que teníamos al alcance, hemos evolucionado a remolque de los intereses de la iniciativa empresarial, con la complicidad de los diferentes poderes políticos que se han sucedido
En este contexto —no necesariamente pensando en catalanes y vascos, sino de una manera general—, uno se puede preguntar si una nación pequeña como Catalunya debía priorizar la economía y su crecimiento, o bien debía priorizar la nación. El dilema puede tener diferentes respuestas, y sobre todo depende de lo que quiera y pueda hacer la estructura de liderazgo político del país, con el presidente de la Generalitat como figura destacada.
En el afán económico encontramos al principal actor, el empresariado que, respondiendo a sus motivaciones, tiene claro que su prioridad es el crecimiento sin considerar mayoritariamente la nación, una parcela que corresponde al poder político democráticamente surgido de unas elecciones. Es este poder el que tiene capacidad de modular y modelar los aspectos de la sociedad que pertenecen a la esfera de la nación teniendo presente la economía. Es cuestión de decidir si el crecimiento económico es un objetivo, o bien si es un medio al servicio de la nación.
Catalunya, voluntaria o sencillamente porque lo más fácil es dejarse llevar por lo que pide el empresariado, el país autonómico ha optado por el crecimiento como objetivo más que por el crecimiento como instrumento para mejorar el bienestar de la población, tener mejores servicios públicos, reforzar la cohesión social, conservar/potenciar la lengua y la cultura propias o aumentar la capacidad política. El País Vasco es un caso paradigmático de esto. Más allá de tener más dinero (que no es poca cosa, pero que no lo es todo), han cultivado la nación, y a cada paso que dan en traspasos no hacen otra cosa que reforzarla. Realmente vale más caer en gracia que ser gracioso, cierto; pero tener políticos con ideas claras y que estén entroncados con la nación es fundamental para avanzar. Estamos donde estamos y debemos mirar hacia el futuro. Uno de los ingredientes para resolver el dilema de economía o nación es disponer de liderazgo político.
Continuar priorizando la economía a la manera de este siglo XXI comporta tener arrinconada la nación y continuar creciendo con salarios bajos, trabajo de baja productividad, con sobreturismo, con sectores subvencionados, con proyectos como ampliar el aeropuerto para que Aena pueda traer algunos millones de turistas adicionales, continuar con una Generalitat estrangulada económicamente, desbordada en servicios públicos esenciales, con graves déficits en sanidad y educación básica, con altas tasas de riesgo de pobreza, con una demanda altísima de protección social... Todo esto mientras se dejan relativamente desatendidas amplias parcelas como los sectores agrario, industrial, eléctrico, el medio ambiente, el territorio o servicios esenciales como el transporte ferroviario. Venimos de un crecimiento económico descompensado con el potencial demográfico del país, con la consecuencia de una identidad colectiva catalana a la baja, que nos aboca a pasar de “nación” a un espacio económico regional, sin más.
O cambiamos, o RIP de nación.
