"No sé con qué armas se luchará en la Tercera Guerra Mundial, pero la cuarta será con palos y piedras", dijo Albert Einstein. La primavera no es la mejor época para la paz. Aunque la Segunda Guerra Mundial empezó en septiembre, muchas empezaron en primavera, que, con la llegada del calor, fue forjando en 1914 la Primera Guerra Mundial, en 1968 la Primavera de Praga y en 2022 la guerra de Ucrania. ¿Por qué? El clima permite mover ejércitos, y por eso muchas ofensivas se inician pasado el mes de marzo, con la esperanza de que terminen en otoño, como ya ocurría en las guerras medievales o napoleónicas. Precisamente esta última es la que se dibuja como protagonista en Guerra y paz, de Lev Tolstói, que describe la vida de la sociedad rusa del siglo XIX y, sobre todo, la diferencia entre la vida normal en tiempos de guerra y en tiempos de paz.

"De indiferencia global a la violencia generalizada", acusó a la humanidad León XIV el día de Pascua. Y la verdad es que nos hemos acostumbrado a vivir, más o menos, con cierta tranquilidad (que no paz) en tiempos de guerra. Todos los días vemos algún reel protagonizado por Trump que tienes que mirar dos veces para entender si es un farol o una broma de muy mal gusto. TACO (Trump Always Chickens Out), llaman a estas amenazas de patio de escuela o de parachulomipirulo. ¿Qué habría pasado si hubieran votado a Kamala o si aquella bala hubiera ido en otra dirección? No paro de preguntármelo. El que quería ganar el Premio Nobel de la Paz es, para más inri, el primero en mover la mano izquierda para que nadie vea la derecha. Y así pensamos más en el alto el fuego que en las pruebas de abusos a adolescentes del caso Epstein.

Como decía Napoleón Bonaparte: “Nunca interrumpas a tu enemigo cuando está cometiendo un error”. Si algo tienen en común los narcisistas es no reconocer nunca que se han equivocado. La guerra entre EE.UU., Israel e Irán. La de Rusia y Ucrania. El conflicto en Gaza y en Oriente Medio, con extensión al Líbano, Siria y el mar Rojo. La guerra civil en Sudán. Pero también en Myanmar, el Sahel africano, Yemen y Haití. Se encuentran entre las 36 emergencias humanitarias globales prioritarias, según la OMS, este 2026. Como decía John F. Kennedy: "La humanidad debe acabar con la guerra, o la guerra acabará con la humanidad". Ante esto, los conflictos armados que cada uno tiene en su interior —y que revisa antes de ir a dormir en su cómoda cama— parecen más banales, en comparación con los huérfanos que duermen sobre las piedras en medio de las heladas primaverales.

¿Esta primavera también altera la sangre? Quizás sí. A pesar de que la luz debería ponernos de mejor humor, también estamos crispados. "Urbi et orbi", bendijo el papa de Roma desde la plaza de San Pedro. Como si la alta tensión y los conflictos armados se evaporaran por arte de magia de la vida cotidiana con una plegaria. "Quien esté libre de culpa, que tire la primera piedra", dijo Jesucristo. Como si cada uno no tuviera suficientes combates y confrontaciones en su día a día. Como si no tuviera fantasmas a los que disparar y hostilidades a abatir. El precio de la gasolina parece que no es el único tiro que nos llega de los conflictos en Oriente, como no paran de repetir en los informativos. O el no poder ir de vacaciones ni aquí ni allá, ni por Semana Santa ni pensando ya en las vacaciones de verano. "En Estados Unidos seguro que no pasa nada, pero quizás no te dejen entrar por lo que has dicho de su presidente y por la inestabilidad de no saber cómo estará ese día de la chaveta”, me dice una amiga. “Tampoco se lo esperaban los instagramers, que pasara algo en Dubái y que tuvieran que seguir haciendo ver como si nada”, pienso yo.

Como decía John F. Kennedy: "La humanidad debe acabar con la guerra, o la guerra acabará con la humanidad"

Tengo claro que siempre quiero ser del equipo de los buenos y que en una guerra perdemos todos, pero los ejecutados más. A quien más daño hace el odio es a quien lo siente. Pero cuando alguien no cumple lo que dicen las leyes, crea mucha impotencia. Cuando no hay reglas morales, es muy difícil pactar. También es superficial, en medio de nuestras miserias, recomendar aquello de “haz como si tal cosa, que el mejor desprecio es no hacer aprecio”. A veces, la autoestima —o el ego— también debe aceptar que, a pesar de tener razón, hay que hacer lo que corresponde y dejarse abatir.

Personalmente, mis heridas tienen la bala del maldito síndrome de la niña buena, que me hace contentar a los demás y ser amable, aunque ellos no lo sean. Esta educación todavía me oprime y me ahoga, y me hace creer, en el subconsciente, que solo soy válida en función de cuánto cuido y de cuánto callo. Para intentar ser y estar perfectas, aunque nos haga daño y acabemos enfermas. Pero la niña buena, cuando está perimenopáusica, también puede explotar y dejar de romantizar cierta violencia. Tengo claro que lo que debe ganar siempre es lo mejor para mis hijos, pero también que no puedes dejar que te sigan torturando. La paz no es tan fácil, ni con uno mismo ni con los demás. Es naïf decir que paren todos los conflictos: significaría dejar de poner límites a la maldad y dar el sí al sometimiento y a la injusticia perenne. Quienes viven en aversión lo hacen en un campo de minas. Sobrevivir a la rabia —como acaba La casa de los espíritus, de Isabel Allende— no es fácil. Cuando el rencor te devora y entras en bucle en la parte oscura de ti mismo, eres una bomba de relojería. Es un estado emocional que nos moviliza para responder a una situación que percibimos como injusta. Pero, ¿dónde está la justicia hoy? ¿En la venganza? ¿En el resentimiento? ¿En el desprecio? ¿En querer hacer daño a quien te ha herido para bajar el cortisol? Destruir cosas que tanto han costado construir: ciudades, familias, amistades, negocios. Es como una infección viral mortal evitable con vacunación. Pero el contacto cero no siempre es posible.

Es fácil ser coherente cuando todo te va bien. Lo que es difícil es no tener mala leche y un rechazo visceral cuando no. Escribir cartas de la rabia, hablar con alguien, denunciar, actuar, defenderte, luchar por lo que es tuyo. Tu silencio tampoco te protegerá. “Queda como una señora y calla”, te dicen los más conservadores. “La gente no tiene que hacer nada”, te recomiendan. Morir matando también es un absurdo. Cuando no puedes detener todas las guerras, solo queda la aceptación de la profunda antipatía… ¿O podríamos cambiar entre todos lo que deciden esos cuatro señores? Estamos tan absortos por sus enfrentamientos que solo tenemos la perspectiva de la pantalla en los conflictos bélicos y el filtro de nuestras creencias.

Ares —dios griego asociado al caos de los combates brutales— no era, ni mucho menos, el más querido, y representaba la parte más destructiva de la guerra. Hijo de Zeus y Hera, los reyes de los dioses, era también criticado por su espíritu violento, furioso e impulsivo. En Roma era Marte y protegía los ejércitos. Tuvo un romance con Afrodita; quizás de ahí viene esa frase tan manida de “quien se pelea se desea”, que no siempre encaja. Lo único que sé es que Atenea también era diosa de la guerra, pero de una forma inteligente y estratégica. Como decía Sun Tzu: "El arte de la guerra es someter a tu enemigo sin combatir". ¿Quién será el que siga apretando el gatillo?