El Papa ha revelado ya su agenda oficial en España y en Catalunya. Para entender la repercusión y las consecuencias políticas de una visita papal, podemos remontarnos a 1982. Ningún papa había visitado nunca la católica España. Tradicionalmente, los papas no salían del Vaticano. En casi veinte siglos, solo Juan XXIII había visitado España —en 1954—, pero lo hizo en calidad de cardenal y patriarca de Venecia. Así que la visita de Juan Pablo II sería la primera visita de un papa a España en toda la historia del cristianismo.
En 1982, España acaba de superar el golpe de Estado del 23F, había celebrado un Mundial de fútbol que exportaba al mundo su Transición y, tras las elecciones del 28 de octubre y por primera vez desde la guerra civil, habría un gobierno de izquierdas, en un mundo en plena revolución conservadora —con Reagan, Thatcher y un papa polaco y antimarxista en el Vaticano—. Pero fue todavía el gobierno de Calvo Sotelo el que organizó el viaje de Juan Pablo II.
Cuando Karol Wojtyla besó suelo español el 31 de octubre, había un gobierno en funciones y un país que parecía salido de una película de Berlanga. Fue un retrato de la nueva España de las autonomías. La visita de un polaco a la corte del rey Juan Carlos. A la nueva España de Felipe González. Pero fue algo más. Fue el inicio de una reconquista que influiría en la política española de las siguientes décadas.
La visita de Juan Pablo II a España en 1982 destiló un aire de final de época para la Iglesia española
El cardenal Vicente Tarancón desempeñó un papel conciliador durante la Transición como presidente de la Conferencia Episcopal Española —desde 1971 hasta su sustitución por Gabino Díaz Merchán, el 23 de febrero de 1981—. Pero la elección de Juan Pablo II en el segundo cónclave de 1978 supuso un cambio en el apoyo de la Santa Sede. Mientras que Pablo VI mostró su apoyo a la progresiva separación de la Iglesia respecto al régimen, Juan Pablo II siempre consideró que la Iglesia se había equivocado al tener un comportamiento neutral en la Transición. Tal era su disgusto que cuando en 1982 Tarancón se reunió con el papa para presentarle su renuncia al cumplir los 75 años, el papa le echó una bronca: “Hemos perdido a España y usted es el culpable”.
Y aunque los discursos del papa (la mayoría escritos en España) mostraban cariño por las nuevas instituciones democráticas, aquella visita destilaba un final de época para la Iglesia española. Juan Pablo II inició una labor de rectificación. La postura de la Iglesia se endureció. De la mano del cardenal Martínez Somalo, del nuncio en España Mario Tagliaferri, de obispos como Suquia y Rouco, y de nuevas realidades como el Opus Dei, se empezaba a derrumbar la Iglesia de la Transición y la reconciliación.
Rouco Varela fue el hombre de confianza de dos papas. Tanto Juan Pablo II como Benedicto XVI confiaron ciegamente en él. Durante dos décadas, creó un modelo de Iglesia de resistencia, para lo cual se entregó a los movimientos eclesiales más conservadores. Y se alineó con el PP. Y a través de sus púlpitos —la Cadena Cope y, posteriormente, 13 TV—, cargó contra quienes, incluso dentro de la Iglesia, no comulgaban al cien por cien con sus postulados. No parece poco para una visita de la que, 44 años después, parece que solo se recuerdan anécdotas.
