Al día siguiente del golpe de Estado fascista del 18 de julio de 1936, el mapa militar de situación indicaba que el gobierno legítimo y legal de la Segunda República tenía todas las cartas para ganar esa guerra incipiente. El gobierno controlaba más de la mitad del territorio, incluidas las grandes áreas urbanas e industriales del país, como Madrid, Barcelona, València, Bilbao, Gijón, Cartagena o Málaga. También controlaba buena parte del ejército y muchas bases militares. La mayoría de la población vivía en los territorios que habían permanecido fieles a la República y el gobierno tenía toda la legitimidad democrática frente al mundo. Los sublevados, por el contrario, habían logrado el control del protectorado español de Marruecos, de la mitad occidental de Andalucía, de Galicia, de buena parte de Castilla y León y de algunos territorios del País Vasco y de Aragón. Básicamente, habían triunfado en territorios menos poblados y de carácter agrícola. Más aún, las zonas sublevadas carecían de una continuidad territorial y estaban desconectadas entre sí. La República lo tenía todo de cara para aplastar la revuelta durante los siguientes meses, pero perdió la guerra tres años después. Las causas de la derrota son diversas y ahora no vamos a profundizar en ellas. Algunas son mérito de los sublevados, como su buen criterio militar, su capacidad represiva y el apoyo descarado de la Alemania nazi y la Italia fascista. Al bando republicano hay que reprocharle el poco acierto militar, la división política, su escasa habilidad diplomática y, por encima de todo, el desbarajuste de la retaguardia, donde las escuadras anarquistas sembraron el terror entre muchos sectores afines a la propia República. Hacer simultáneamente la guerra contra Franco y hacer la revolución solo podía terminar mal. Los sublevados no tuvieron un mejor aliado que la FAI, que hizo cambiar de bando a mucha más gente que la famosa quinta columna.
Cuento todo esto a raíz de las elecciones aragonesas del pasado fin de semana. Como todo el mundo sabe, la extrema derecha (Vox y SALF) superó el 20% de los votos, mientras que los partidos situados a la izquierda del PSOE sufrieron una derrota mayúscula. IU obtuvo un único escaño y Podemos quedó fuera de las Cortes regionales, pese a tener una notable cobertura mediática. El único partido de izquierdas que subió en votos y escaños fue la Chunta Aragonesista (CHA), pero no sabemos si subió debido a su vertiente progresista o a su vertiente nacionalista. La batalla aragonesa tiene más lecturas de las estrictamente locales. Por ejemplo, evidencia que hace ya mucho tiempo que Vox no basa su estrategia de confrontación en combatir el independentismo vasco o catalán, tal y como había hecho durante años. Hace ya mucho tiempo que ha cambiado su objetivo y ha redirigido sus cañones hacia otros enemigos: el feminismo, la inmigración desbocada, la ideología de género, la condescendencia con el delincuente, el cambio climático y el wokismo, banderas todas ellas que enarbolan sin freno Podemos y Sumar.
Ya deberíamos haber aprendido que cuando la extrema derecha y la extrema izquierda española se pelean, nosotros solemos poner los muertos
Merece la pena señalar que Podemos no solo tiene un discurso extremista en el contenido, sino que también lo es en las formas. La agresividad y violencia verbal que emplea Irene Montero es también gasolina para Vox, que le responde con la misma agresividad y violencia verbal. Cualquier persona centrista y centrada, o moderadamente de izquierdas o de derechas, puede sentirse amenazada por unos y otros. Hoy, Vox y Podemos son un juego exacto de espejos, en el que solo cambia el fondo ideológico, pero no la radicalidad formal y argumental. Han alcanzado una simbiosis casi perfecta, donde el argumento de la extrema izquierda es únicamente que no gobierne la extrema derecha y el argumento de la extrema derecha es desalojar a la extrema izquierda del poder. ¿Qué propuestas y soluciones concretas aportan? Nadie lo sabe y ni a ellos mismos les importa; únicamente les importa aplastar al enemigo y perpetuar el guerracivilismo endémico castellano.
Recuerdo perfectamente el día en que Pablo Iglesias afirmó que el independentismo catalán había "despertado al fascismo". Pues no solo no es así, sino que han sido Podemos y sus sucesivas escisiones las que han hecho resurgir el franquismo. Fijémonos en un detalle relevante: Vox nació en 2013 y Podemos al año siguiente. El independentismo ya existía desde hacía tiempo, tanto en Euskadi como en Catalunya. Desde entonces, la extrema derecha y la extrema izquierda españolas se han alimentado mutuamente hasta la fecha, de forma irresponsable. La partida llega ya a su fin, con la victoria clara de los primeros. Como en 1936, pero cambiando las balas por las urnas. Nosotros, los catalanes, deberíamos mirarnos todo esto con cierta perspectiva histórica; ya deberíamos haber aprendido que cuando la extrema derecha y la extrema izquierda española se pelean, nosotros solemos poner los muertos, ya sean catalanes de derechas o catalanes de izquierdas. Por eso es necesario que esta vez no nos dejemos llevar por sus guerras africanas y nos dediquemos a protegernos un poco y a defender nuestros intereses nacionales. Por eso debemos rehuir alianzas estrambóticas con izquierdas periféricas que solo se abocan al fracaso, como fracasó la operación reformista de Miquel Roca. A ver si lo entendemos de una vez: España no quiere ser reformada. Está encantada de ser como es y de vivir siempre anclada en 1936.