Realmente, los catalanes no podemos ser más desgraciados. O tener una situación más desgraciada. Nos expolian los recursos, nos niegan la soberanía básica para administrar nuestras necesidades, dependemos de un Estado depredador que daña nuestros sectores vitales y cuando la suma de todo ello nos lleva a una degradación de los servicios, entonces nos dicen que volvamos a pagar si queremos resolver el desorden. Es decir, pagamos dos veces: cuando enviamos nuestro dinero y cuando tenemos que poner más para resolver el estropicio.
Este es, entre otros, el caso de la AP-7 que, después de años de sangrar a los contribuyentes con peajes que se alargaban eternamente (porque el negocio era redondo), pasó a manos del Estado, responsable directo del mantenimiento y la seguridad de la vía. Finalmente, pues, los catalanes conseguíamos dejar de sufrir el agravio comparativo con los ciudadanos de otros territorios (especialmente Madrid), que circulaban gratuitamente. Pero la felicidad tenía una prenda: el Estado tenía que cumplir con su deber de mantener en buenas condiciones una vía vital de comunicación que, lógicamente, aumentaría en volumen de circulación. Especialmente en cuanto a mercancías, ya que las empresas aprovecharían la nueva situación. Sobre todo si se tiene en cuenta que la otra opción de traslado de mercancías, el corredor del Mediterráneo, ni se ha hecho, ni hay intención de hacerlo. Pero más volumen de coches y camiones implicaba inevitablemente más deterioro del asfalto y, en consecuencia, más siniestralidad. Si el Estado no cumplía con las exigencias de la nueva situación, es decir, si no invertía lo que era necesario, solo podía pasar lo que ha pasado: la degradación severa de la vía. Y, como es costumbre cuando se trata de Catalunya, el Ministerio ha optado por la desidia y el abandono.
Es todo el enjambre de vías de comunicación que han sufrido décadas de desidia y desinversión del Estado, en un proceso depredador que ha dañado y daña seriamente el bienestar de los catalanes
¿Qué ha pasado a partir de este momento, una vez asumida la situación de degradación de la AP-7? ¿Que el president de la Generalitat ha reclamado más inversiones del Estado y ha exigido un plan de choque? ¿Que ha puesto el grito en el cielo por la situación de las infraestructuras en Catalunya, que acumulan décadas de incumplimiento y de estafa del Estado? ¿Que el Parlament ha exigido un plan de contingencia? Nada de todo esto, no fuera a ser que la sirvienta de Sánchez que se sienta en el trono de la Generalitat, se despeinara. Antes al contrario, el señor Illa ha sacado el Santo Cristo Grande y, con la voz clerical que le es característica, ha lanzado una pregunta para la historia: "Quizás todos nos equivocamos cuando pedíamos que desaparecieran". Es decir, parece que para el president no es el Estado el que ha abandonado completamente una vía de comunicación central para la economía de nuestro país, sino que somos nosotros, los catalanitos, los que somos tan burros que no nos gusta pagar más de la cuenta. Y he aquí la solución: que regresen los peajes. Va tan rápida la cosa que su secretario de Movilitat, Manel Nadal, no ha tardado ni cinco segundos en ir a la SER a poner fecha para volver a pagar: "lo podríamos tener en dos o tres años", y Nadal se ha quedado tan ancho.
Probablemente es la única salida para evitar la degradación absoluta de nuestras vías centrales y reducir el colapso al que estamos llegando. Pero es la única solución porque sufrimos un Estado fallido que no invierte en mantenimiento, ni en mejoras, y que es especialmente indolente en Catalunya. Ciertamente no podemos mantener la situación deplorable en que está la AP-7, sobre todo porque si la red viaria está mal, la red ferroviaria está todavía peor, y se imponen medidas urgentes, si no queremos dañar todavía más la vida y la economía de nuestro país. Pero qué patética situación la nuestra, atrapados por un Estado que nos chupa los recursos y nos impide tener la soberanía para administrarlos, pero a la vez nos deja abandonados y nos obliga a volver a pagar, si queremos que las cosas funcionen. De momento tenemos las autopistas sobresaturadas y degradadas, el AVE al ralentí, los aviones cada vez más caros y la red ferroviaria en estado de choque. Nosotros, la nación que inauguró el primer tren del Estado para poder conectar con el mundo, estamos ahora más aislados que nunca por culpa de la inutilidad y la depredación del Estado que nos controla.
