Aunque la mayor parte de mi vida laboral ha sido llevada a cabo en el ámbito privado, he trabajado para los gobiernos de todos los presidents de la Generalitat de Catalunya, salvo el president Pujol, el president Aragonès y el president Illa. A veces he estado toda una legislatura y otras veces solo unos meses, para algún encargo específico y acotado. Siempre, por supuesto, en el ámbito de la comunicación. Creo que el paso por la política ejecutiva solo puede llevarse a cabo en aquellas áreas que uno domina. No todo el mundo vale para todo, aunque algunos parecen olvidarlo rápidamente una vez están instalados cómodamente sobre el algodón de las altas esferas del Govern. En consecuencia, he visto gobiernos de casi todos los colores y combinaciones posibles, y también las he visto de todos los colores. Puedo, por tanto, opinar con un cierto conocimiento de causa sobre los asuntos gubernamentales de nuestro país. Otro día hablaré de otras cosas igualmente interesantes, si les parece bien, pero hoy me gustaría referirme a un rasgo distintivo que es perenne, inmutable, que se perpetúa administración tras administración, irremediablemente.
Me refiero a la sensación de que tienen muchos altos cargos y eventuales, que este paso por la política es para siempre y que han sido elegidos en una especie de sorteo de la fortuna, ungidos por la divina providencia para servir al país, al partido y a ellos mismos. Estas personas, en términos generales, no tienen intención de volver a su vida anterior. Entre otras razones porque, a pesar de lo que se proclama a menudo con una enorme hipocresía, a menudo ganan más dinero dentro de la política que fuera. El caso es que, una vez dentro, muchos altos cargos y eventuales se elevan sobre el resto de mortales y tienden a sobrevalorar su trabajo y a infravalorar los problemas de la ciudadanía, que es a quien deben servir. No hay ninguna mala fe; simplemente llevan una vida muy endogámica y rodeada de personas que piensan exactamente igual, que tienen los mismos intereses y quieren perpetuar la situación el máximo tiempo posible. La expresión "vivir en una torre de marfil" se creó pensando en casos como estos, sin duda. Creo que fue Pasqual Maragall quien dijo una vez, durante las eternas guerras africanas entre CiU y el PSC, que el peor error en política era menospreciar al adversario. Por extensión inversa, un error igualmente grave es sobrevalorar sus propias fuerzas y capacidades. He aquí que, una vez más, Maragall demostró ser un visionario y un político de primera categoría.
La autocomplacencia, cuando nada funciona, no ayuda a mejorar el descrédito de la política y es gasolina para los polos extremos
En este sentido, existe una anécdota que cualquier periodista que haya seguido una campaña electoral puede corroborar. Habitualmente, los periodistas que siguen un partido en unas elecciones, dentro del bus electoral y en estrecho contacto con sus candidatos, acaban desarrollando un síndrome de Estocolmo y tienden a hacer una previsión excesivamente generosa de los escaños que ese partido obtendrá la noche electoral. A menudo, en el autocar de campaña, se hace una porra del resultado, que se convierte en testimonio mudo de aquella euforia tan ilusoria como efímera. Lo mismo ocurre con los dirigentes políticos. Recuerdo, la jornada de reflexión de las elecciones catalanas del 2010, que un dirigente de ERC me dijo que alguien de confianza les había dicho que pasarían de 21 escaños a 28 o 30. Yo le rebatí que esto era imposible y le advertí que el batacazo sería fuerte. Al día siguiente, el partido pasó de 21 escaños a solo 10. Cuento esta anécdota porque estoy convencido de que todos los partidos catalanes consideran, hoy mismo y todos los días que faltan hasta las elecciones, que obtendrán más escaños de los que finalmente lograrán. Es un teorema de poca monta, ciertamente, pero tiene la virtud de no fallar nunca. Nadie quiso escuchar a Pasqual Maragall y todo el mundo sobrevalora las propias capacidades y expectativas. Por eso las noches electorales suelen ser dolorosas y nunca sale ningún portavoz, con cara de sorpresa, a decir que han sacado más escaños de los que habían imaginado.
Y ahora voy al núcleo del artículo. El gobierno actual del president Salvador Illa sufre también este síndrome de la autocomplacencia. Más aún, creo que lo sufre de forma superlativa. No creo que haya, hoy, ningún catalán que piense honestamente que las cosas van bien. Cuesta mucho encontrar un ámbito específico donde las cosas funcionen de forma correcta. Es una obviedad que la enseñanza no funciona, que la financiación no funciona, que el sistema sanitario no funciona, que la seguridad pública no funciona, que las infraestructuras no funcionan o que la lengua catalana no funciona. Por eso me sorprendió mucho que el president Illa, al que tengo por una persona honesta y bien informada, afirmara solemnemente en el Parlament de Catalunya, en junio de este año, que "Catalunya va bien". Pienso que el primer deber de los gobernantes es tratar a los ciudadanos como personas adultas, capaces de entender la complejidad de la situación y de comprender que las soluciones, a veces, no son de un día para otro. La autocomplacencia, cuando nada funciona, no ayuda a mejorar el descrédito de la política y es gasolina para los polos extremos. Es cierto que, posiblemente, el PSC retenga la presidencia de la Generalitat de Catalunya después de las próximas elecciones, aunque pierda un puñado de diputados. Si ocurre esto será por pura aritmética parlamentaria y porque no habrá demasiadas combinaciones alternativas, pero no porque los ciudadanos hayan premiado a este gobierno o lo hayan reforzado. Esto bastará a los aprendices de brujo del Govern y a los cientos de cargos que dependen de él, porque no verán peligrar su vida laboral ni su dominio institucional, pero estoy convencido de que hay una manera más honesta, más legítima y más saludable de retener el poder.