Siempre me decía que era su cuarta hija. Él era el mejor amigo de mis padres. Se llamaba Jesús y era de Pamplona. Sí, de esos amigos que son más que familia. Un relojero que sufrió un ictus y ya no pudo volver a trabajar porque la mano no le respondía. Recuerdo aquella Semana Santa que, en vez de pasarla juntos en algún punto de la Península, fuimos a verlo pensando que quizás no saldría de esa. Y lo vi llorar, y lloramos todos: sus hijas, mi hermano y mis padres.

—Escucho tu corazón —le decía de niña cuando escuchaba su marcapasos.

Siempre que nos despedíamos de él, me quedaba un rato en silencio pensando si quizás sería la última vez. Por eso saboreábamos los momentos con él como si fueran únicos, especiales, mágicos y encantadores. Ha acabado muriendo a los 84 años y, aunque me da mucha pena, solo puedo celebrar todo el tiempo de más que hemos podido disfrutarlo y que le ha permitido ver crecer a sus nietos.

Todos tenemos padres putativos que nos ayudan ahí donde nuestros padres no llegan, y que nos recuerdan que las cosas más importantes no son cosas, sino momentos. Jesús era el hombre de su generación más feminista que he conocido: cocinaba para sus tres hijas y para su mujer, Gloria, que seguía trabajando.

—Te he traído chistorra y los filetes que tanto te gustan —me decía para hacerme feliz y demostrarme cuánto le importaba.

Llevaba tanto tiempo viviendo de propina, que cada vez que lo veía con su mujer pasando unos días en casa de mis padres y me los encontraba jugando al dominó, me emocionaba profundamente. Hace más de tres años, cuando empezaba con Daniel, Jesús, que conocía mejor a mis padres que yo misma, tuvo una gran idea:

—Vamos a tomar un gin-tonic y nos lo presentas bien.

Bueno, Daniel solo tomó tónica. Este hombre que caía tan bien a mis padres cuando era mi amigo e hijo de su amigo, no causó la misma impresión cuando entendieron que éramos pareja. Sus divorcios, sus adicciones pasadas… En fin, los hombres de mi familia estaban estupefactos y a la defensiva. Así que, una vez más, Jesús supo, con un pequeño gesto, arreglar una dinámica familiar. Y de ahí viene que Daniel y mi padre compartan libros, vayan juntos al mercado, sean amigos, miren el fútbol, cuiden a Vita y a Leo… Bueno, menos compartir vino, lo comparten todo.

La familia no es la que te toca, sino la que eliges

Padres putativos como Tono Tombas con mi hijastro. Justamente, el Clínic Barcelona ha seguido su legado con la segunda beca que lleva su nombre para mejorar la vida de los enfermos renales. Fue el mejor padrastro que podía tener mi hijastro. Como también lo es mi pareja con mis hijos, cuando todos los días me preguntan qué comerán hoy y se preocupa de llevarlos a los cumpleaños de sus amigos. Es un lujo tener a estos padres putativos en nuestras vidas. Sobre todo, para aquellos padres (o madres) no tan presentes, que siempre tienen madres (o padres) que sí están. Padres putativos que nos adoptan sentimentalmente y nos explican su perspectiva vital.

Esta columna quería ser como Sex and the City con vino. Lo que pasa es que los amantes, las bodas y los nacimientos han pasado a ser funerales. A esto se le llama tener 44 años. ¿De qué me quejaba cuando tenía tres bodas en un verano? Es mucho peor tres funerales en un invierno. Escuchando The Cranberries, me despedí de él en Pamplona. Porque para una evitativa como yo, que solo quiere trabajar para no pensar, ahora que por fin tengo el alta de todos mis traumas, soy capaz de entender lo importante que es tomarse el tiempo para llorar lo que duele. Y así ir aprovechando para dejar salir las lágrimas acumuladas.

Llorar cansa mucho, como cuando eres niño. Da igual que te pongas gafas —aunque sean de sol—, que te maquilles o que te seques las lágrimas: la cara de llorar se nota. No recordaba qué era ir llorando por los rincones. Aquellas lágrimas que, como un estornudo, no puedes controlar. Estas lágrimas, como dice Daniel, que son como el colirio del dolor. Lágrimas de recuerdo de los veranos en Salou con esta familia pamplonesa que también es la mía. Porque la familia no es la que te toca, sino la que eliges.