Tan aficionadas a las movilizaciones como son las entidades soberanistas Òmnium, la ANC y otras, así como partidos políticos que todavía sufren la represión postprocés, resulta incluso misterioso que no aprovecharan el foco internacional de la cumbre progresista convocada en Barcelona por Pedro Sánchez bajo el título “En defensa de la democracia”.

Sorprende esta desmovilización cuando, desde el punto de vista catalán y también español, hay suficientes argumentos para poner en evidencia la regresión democrática del Estado español en derechos, libertades y legislación. Al fin y al cabo, Pedro Sánchez se estaba autodecorando como príncipe de la democracia, cuando bajo su Gobierno sigue vigente la ley de seguridad llamada ley mordaza, denunciada por todas las entidades de defensa de los derechos humanos; bajo su mandato sigue encarcelado un rapero como Pablo Hasél por, entre otros pretextos, cantar lo que no convenía al rey, y bajo el mandato de Pedro Sánchez siguen exiliados y perseguidos dirigentes políticos elegidos democráticamente y destituidos con una demostración de abuso de poder incompatible con el Estado de derecho.

Siempre ha sido peligroso tener razón cuando el Estado no la tiene, pero se ha producido en Occidenteun cambio, digamos, cultural. Antes, la guerra sucia del Estado se hacía a escondidas y disimulando, y ahora parece absolutamente legitimada, cuando no aplaudida

Si hubiera surgido alguna iniciativa de denuncia, poniendo en evidencia el cinismo y las contradicciones del anfitrión de la cumbre, seguramente los medios locales la habrían silenciado, unos por el oficialismo servil habitual y otros por rechazo político. Sin embargo, dada la escasa simpatía que genera la cruzada personal de Sánchez tanto en la Europa oficial como en Estados Unidos, podría esperarse que los medios globales se hicieran eco, aunque fuera para desacreditar el carácter tan proclamadamente progresista del encuentro. Incluso podrían haber forzado alguna declaración comprometida de los líderes invitados, partidarios como son algunos del derecho a la autodeterminación.

Si los agitadores habituales ya han perdido la fe, que Dios nos coja confesados, porque la tendencia marca una evolución tan negativa que, como decía aquel, no sé a dónde iremos a parar. Se ha perdido la exigencia moral, se han perdido las formas y se ha perdido la vergüenza en un proceso que va de arriba abajo. Cuando el rey roba, invita a sus súbditos a hacerlo también, porque marca el listón moral del sistema. Y cuando lo hace el presidente, el virus se extiende como una metástasis…

Un ejemplo paradigmático lo tenemos esta semana con los juicios de la operación Kitchen, del caso Koldo, también de Begoña Gómez y el juicio a los Pujol. La arbitrariedad judicial en el tratamiento de unos y otros casos solo es comparable a la de los árbitros de fútbol, también en este caso decantada siempre del mismo lado. El espectáculo de Mariano Rajoy y de María Dolores de Cospedal, uno que fue presidente del Gobierno y la otra ministra de Defensa, mintiendo al tribunal descaradamente y, lo que es más significativo, con una actitud de absoluta confianza en su impunidad, nos sitúa al resto de los mortales en la indefensión. Sin embargo, parece que ya nos parece bien. Con todo lo que ha robado y todos los abusos de poder que ha practicado el Partido Popular, sigue siendo el favorito de los españoles para gobernar, según las encuestas.

Lo que mejor describe la situación de la democracia española es la absoluta confianza en su impunidad que han demostrado Rajoy y Cospedal mintiendo descaradamente ante el tribunal

No es un consuelo, pero el mal no es autóctono. Es una pandemia. Donald Trump ha contribuido a rebajar drásticamente el estándar moral occidental. No solo por la inmoralidad de sus actos, políticos, financieros y bélicos, sino también —y no menos importante— por la persecución de los disidentes, ya sea el presidente de la Reserva Federal, un activista por los derechos humanos o un inmigrante que busca asilo. Queda lejos el tiempo en que la moral colectiva forzó la renuncia de un presidente de Estados Unidos como Richard Nixon.

Siempre ha sido peligroso tener razón cuando el Estado no la tiene, pero se ha producido en Occidente un cambio, digamos, cultural. Antes, la guerra sucia del Estado se hacía a escondidas y disimulando, y ahora parece absolutamente legitimada, cuando no aplaudida. Este cambio cultural se percibe muy claramente en las producciones audiovisuales de series y películas. No solo las americanas, también las europeas. En todas las que hacen referencia al poder político, el Estado aparece sistemáticamente como una organización criminal dirigida por delincuentes. Siempre la realidad supera la ficción. ¿Y la democracia? La democracia son los padres, nos advierten.