Cada vez que Oriol Junqueras pacta con el PSOE y presume de un supuesto avance en el autogobierno de la tribu, algún necio de las redes sociales le recuerda un vídeo de aquellos tiempos del preprocés en que el líder de Esquerra se fortificó tildando de blandos a los convergentes, recordando que “con España no hay nada que acordar porque nunca cumple con sus compromisos”. Ahora no nos encontramos en aquello que los cursis llamarían “aquel estado de cosas”, porque tanto el PSOE como el procesismo han sobrevivido durante muchos años a base de vender motos a su electorado. Por eso Junqueras se presentó muy ufano en la Moncloa, ataviado con una americana azulada de esas que van igual de bien para una boda o un brunch, con el único objetivo de compartir la gran hazaña del pragmatismo republicano, la financiación singular, que vendría a ser el nuevo sustituto del ancestral “mejor financiación de nuestra historia”.

La memoria de los catalanes es tan terca como pueril resulta su indulgencia, y esto explica el escasísimo entusiasmo que ha provocado el pacto en cuestión en la mayor parte del común. Solo los diarios subvencionados de la prensa concertada, sedientos de nuevos presupuestos en Catalunya y del consiguiente aguinaldo, han celebrado el acuerdo como un paso más en la anhelada pax autonómica que persigue el president Salvador Illa. De entre todos ellos, me ha parecido especialmente divertida la portada del pasado sábado del diario ARA donde, aún sin conocer la cifra total que nos dispensará el Estado, los chicos de can Fernandito Rodés habían calculado que cada catalán tendrá en el bolsillo 1.792 euros más cada año (espero que el ARA comercialice muy pronto su colección de calculadoras, porque en casa nos encantaría tener un ejemplar para cuando vayamos a la plaza). Como veis, esto no va de la pasta, sino de quién quiere repartirse las migajas.

Cuando se escribe sobre política catalana hay que explicar cosas muy básicas, la primera de las cuales es la escasa singularidad de este “nuevo” sistema que no tiene ningún tipo de trazo específico ni particular, como queda patente por el hecho de que la ministra Montero se dedicara a justificarlo diciendo que todas las comunidades se beneficiarán de él y que “nadie perdería”. A falta de un sistema de aquello que los antiguos convergentes llamaron “hacienda propia” —es decir, un aparato de recaudación impositiva global—, lo único que ha ocurrido aquí es el trasvase de una carretada de pasta. Esto no se explica por un soñadísimo ataque solidario del PSOE, sino porque el kilómetro cero hace mucho tiempo que aumenta su rapacidad en el robo impositivo de la clase media; el Estado ha saqueado a las familias, ha dejado a los autónomos como yo viviendo a crédito, y lo único que perpetra es un nuevo reparto de la propina donde Catalunya, cierto, tiene más paguita.

Esto no va de números, sino de alargar diferentes agonías de políticos medio muertos. Así se verá, creedme, cuando llegue la pasta y empiece el reparto

Desde esta perspectiva, las enmiendas que ha hecho Junts al acuerdo resultan del todo justificadas. El único problema de los convergentes es su poca credibilidad, pues ni los papis fundadores de este partido ni el mismo Artur Mas creyeron nunca en la fórmula del concierto para Catalunya (el president 129 solo la compró para que Rajoy se la denegara y así poder presentarse de mártir a unas elecciones, con el magnífico resultado que la mayoría debéis recordar...). Puestos a hacer memoria, también hay que ver cómo el PSOE y el procesismo han traicionado incluso la opción de mínimos del PSC, que pasaba porque Catalunya gestionara sus impuestos de una forma casi similar a nuestros aparentes amigos del norte. Pero eso, a Salvador Illa, tanto le da, pues Esquerra le permitirá flotar en el Govern y eso de poder repartir 4.700 millones de pepinos es una buena forma de comprar voluntades, callar bocas, y tener las panzas colmadas de grasa.

Dicho esto, y justamente porque este nuevo sistema plurisingular solo prolonga el sistema de prebendas del autonomismo, yo me esforzaría para que los partidos (incluidos los lameculos juntaires, que no experimentarán ningún beneficio electoral de su numantina postura resistencialista) lo acaben aceptando. Al fin y al cabo, ellos son quienes han apuntalado a Pedro Sánchez en el Gobierno y deben ser bien conscientes de que el líder del PSOE —y así cualquier presidente de España— tendría menos inconvenientes en autorizar un referéndum sobre la independencia que en regalar el concierto económico a los catalanes. Si ellos querían billete para repartírselo, que se lo queden y que les aproveche. El resto de ciudadanos sabemos que esto no va de la economía, porque lo único que importa, de cara a los intereses de los catalanes, es si aguantar a Sánchez podría desencadenar una reforma estructural del Estado bien difícil de imaginar en un gobierno de matriz derechista.

Los ideólogos de Foment y algunos convergentes de siempre ya deben estar pensando en cómo aterrizar las pretensiones de las élites barcelonesas a un gobierno de Feijóo que se acerque al concierto económico. Pero yo no dejaría caer a Sánchez tan pronto porque, aunque actúe por conveniencia supervencial, es un político formado en democracia y con pocas hipotecas dentro del mundo económico del franquismo madrileño. Si se trata de engordar nuestros cerditos, él es el hombre perfecto. Afortunadamente, incluso los antiguos votantes del procesismo ya saben que esto no va de números, sino de alargar diferentes agonías de políticos medio muertos. Así se verá, creedme, cuando llegue la pasta y comience el reparto.