He visto en Netflix la serie documental Rafa, dirigida por Zachary Heinzerling. Y esta es justamente la clave. Que la ha dirigido un señor estadounidense, gracias al cual nos hemos ahorrado el patriotismo barato que era previsible en una productora española. Y, sin embargo, el resultado es extraordinario. Primero, porque el tenista convertido por España en un símbolo, se pasa el documental hablando mallorquín. No en la entrevista que le hacen. Pero sí en el día a día con su mujer, su hijo, su familia y su equipo. Hasta ahora, lo único que había trascendido es que, durante los partidos, su equipo le gritaba "vamos, Rafa". Pues no. Le hablaba en catalán a Rafael. Y esto ya lo hace un retrato distinto. Más real de lo que el filtro de los medios del Reino de España nos ha hecho llegar. Es la importancia de la construcción del relato. Estos días en los que parece que tengamos que mendigar al Papa que hable catalán, cuando el problema es el Estado, queda claro que existe una España que se niega a sí misma.
Y, más allá de eso, que no es poco, por primera vez se aborda en serio la relación con su tío Toni. He leído en una crítica que la película recuerda a Whiplash. Que puedes reconocer a Toni Nadal en Terence Fletcher, el despiadado tutor que no duda en exigir siempre más a su pupilo —uno con la raqueta, el otro con las baquetas—, superando todos los límites de lo que se considera humana y pedagógicamente admisible desde el punto de vista físico y mental. Está bien visto. El tío Toni le exigió tanto que en 2005, cuando apenas tenía 19 años y acababa de ganar su primer Roland Garros, le detectaron el síndrome de Müller-Weiss, una enfermedad degenerativa del pie que provoca dolor crónico, pero que en su caso fue causada por el régimen espartano del tío. Nadal estuvo a punto de dejar el tenis. Solo la solución de unas plantillas —que poco a poco le fueron destrozando la rodilla— le permitieron jugar, toda la vida, con dolor.
En 'Rafa', por primera vez, se aborda en serio la relación de Nadal con su tío Toni
Su propia madre no veía clara la exigencia enfermiza del cuñado. Era tanta la presión que soportaba Rafael, que empezó a generar tics que, en realidad, eran TOC. Que primero lo llevaron al psicólogo. Después al psiquiatra y a la medicación. Y, posteriormente, al bloqueo mental. No había forma de ganar a Djokovic. La solución de Toni Nadal era exigirle más aún. Hasta que el chico dijo basta. Pero le tuvo que llamar su padre, Sebastià, porque toda una estrella del deporte de 30 años no se atrevía a hablar con su tío. Y, oh sorpresa, sin su tío volvió a ganar.
Durante todo el documental, sobrevuela ese peculiar vínculo entre tío y sobrino. No acabas de saber si el tío lo quería o lo odiaba. Si era un ángel o un demonio. O ambas cosas. Y también es verdad que el propio tenista era el primero que parecía disfrutar del sufrimiento. Y así siguió hasta 2024, llevando el cuerpo al colapso definitivo. Ya sin su tío. Pero, igualmente, sobrevuela la sombra de la responsabilidad, del veneno introducido en su mente. La pregunta, sin respuesta, es si hubiera logrado lo mismo con otro método.
Dos escenas. Primera: Cuando Rafael comenzaba, durante su primer torneo, Toni le prometió que haría llover si iba perdiendo. Y, efectivamente, ese día se puso a llover cuando perdía. El sobrino le dijo a su tío: "Creo que ya puedes parar la lluvia, puedo ganar". En la mítica final de Wimbledon de 2008, cuando Federer había remontado dos sets y se paró el partido por la lluvia, Toni fue al vestuario pensando en qué decirle para animarle. No fue necesario. Al verlo, el tenista le dijo: "Ya puedes parar la lluvia; puedo ganar".
Segunda: Una vez retirado, en el homenaje que le hacen en París por sus catorce Roland Garros, sus primeras palabras de agradecimiento son para su tío, que no puede contener las lágrimas.
Y uno se queda con las ganas de que un psicólogo le cuente esa relación y si se desarrolló una patología y qué nombre tiene.
