Esta mañana (cuando vosotros lo leáis ya será otro día, pero da igual, son cosas que, desafortunadamente, nos pasan cada día a los catalanes), un par de hombres me han traído a casa una lavadora nueva. Yo, amablemente, me he dirigido a ellos en catalán, como siempre hago con todo el mundo, porque soy catalana y porque vivo en Catalunya —una actitud completamente lógica, natural y racional (aunque nos quieran hacer creer lo contrario). La sorpresa (es sarcástico, porque ya lo veía venir) ha aparecido cuando uno de ellos (el que tenía la expresión facial más seria y prepotente, por no decir que me odiaba) me ha dicho: “No te entendemos”. No un “perdona, todavía no hablo catalán, hace muy poco que he llegado, ¿te importaría hablarme en castellano o un poco más despacio?”. No, un "No te entendemos" —haz el puto favor de hablarme en la lengua del imperio—. Cuando ha terminado de pronunciar la ese, su seriedad, y la mía, han aumentado considerablemente. No os sabría decir quién de los dos estaba más cabreado, si él o yo. A mí me salía fuego por los ojos y humo por la nariz; y a él, más o menos lo mismo pero con un acento diferente. Tres segundos después, mi cerebro se ha activado y les ha lanzado un “Estáis en Catalunya, deberíais aprender a hablar catalán” y lo he acompañado de una ligera sonrisa —más forzada que Brigitte Vasallo hablando catalán—, que me ha convertido en una mezcla de Cruella de Vil y de Blancanieves. He usado un condicional a pesar de que mi lengua se moría de ganas de estamparles un imperativo en los morros. Es que ya estoy harta de tanta falta de respeto. Imaginaos por un momento que yo me voy a Colombia y con toda la prepotencia del mundo le digo a un cliente: “No te entiendo, háblame en catalán”. Creería que voy drogada o que me falta un hervor.
Han abusado de mí psicológica y lingüísticamente en mi propia casa
Reconozco que, por miedo a que no me entregaran la lavadora (que necesitaba urgentemente) y porque estaba sola en casa con dos hombres, que no sabía hasta qué punto estaban como un cencerro (las personas que habéis sufrido agresiones físicas me entenderéis), les he acabado hablando en castellano. Me avergüenzo profundamente y hace que sienta todavía más rabia por no haber sido capaz de plantarles más cara. ¿Y de qué me ha servido? Pues de nada, porque además de malas personas eran unos ineptos: me han entregado la lavadora abollada y estropeada (no lo he visto hasta que ya se habían ido; el estrés y la rabia me han jugado una mala pasada). Han abusado de mí psicológica y lingüísticamente en mi propia casa. Lo que debería haber hecho y que ahora me arrepiento mucho de no haber hecho, y que estoy segura de que haré la próxima vez, es decirles: escuchad, coged la lavadora y vuestra prepotencia y ya os podéis ir por donde habéis venido.
Esta gente se viene a vivir a Catalunya creyendo firmemente que esto es la madre patria y que tienen todo el derecho de hablar en castellano cuando les salga de las narices. Les importa un rábano Catalunya, el catalán y, por supuesto, el alioli, los caracoles a la llauna y los balls de bastons. Creen que Catalunya es una simple provincia (colonia) de España; por eso actúan con esta prepotencia y falta de respeto. No tienen ninguna intención de aprender a hablar catalán ni de respetar nuestra cultura. Se mean encima de ella día sí día también. Sí, estoy cabreada. Y mucho. Y no solo por los latinos que vuelven a su casa (la madre patria) después de unos cuantos siglos de haber conquistado Sudamérica —porque queda claro que esta gente son los descendientes de los colonizadores que destruyeron todas las lenguas y culturas que había en Sudamérica, siguen actuando igual; deben tener el gen de la colonización. Sino también porque ya hace tiempo que veo que el enemigo lo tenemos dentro: Catalunya está llena de catalanes renegados, que ni en la intimidad hablan en catalán. Llámalos como quieras: Rosalia, Laura Escanes, Marc Giró… Que hablan catalán solo cuando es estrictamente necesario, y que, cuando lo hacen, de cada cinco palabras que dicen, tres son más castellanas que catalanas. Tienen todas las excusas del mundo para pasarse al castellano: que van desde un “es una falta de respeto no hablar en castellano a alguien que acaba de llegar” hasta “el castellano te abre más puertas y puedes llegar a más gente”, pasando por un “es que los insultos en catalán suenan muy ridículos”. ¿Sabéis qué es muy ridículo y triste? Que un catalán tenga que hablar en castellano por miedo a las consecuencias o porque le abre más puertas y no quiere ofender a nadie. ¿Hay algún país del mundo en el que los autóctonos te hablen en tu lengua materna cuando llegas porque, pobrecito/a, acaba de llegar? Ya os lo digo yo: no. Ni en España, por supersupuesto. Pero los catalanes tenemos que ser más sensibles y buenas personas que el resto. ¡Idos al cuerno! Esto sí es racismo, discriminación y maltrato lingüístico.
Empecemos a llamar a las cosas por su nombre, dejémonos ya de eufemismos: esto es una invasión en toda regla. Y lo peor de todo, te dan la vuelta a la tortilla de los argumentos: nos presentan a nosotros como unos racistas intolerantes cuando la realidad —más que comprobada— es que nos están pasando por encima con una máquina apisonadora y que no quedará ni un solo pronombre feble. ¿La solución? Solo queda una: la independencia y la obligatoriedad de hablar catalán para venir a vivir y a trabajar a Catalunya. Nada que no haga cualquier país del mundo, hay que decir. Esta es la situación, catalanes, por más eufemismos que usemos. O actuamos de una vez o ya hem begut oli (esta expresión —literalmente: hemos bebido aceite— no existe en castellano, y significa: 'estamos perdidos'). Y, aunque el aceite, sobre todo si es de primera prensada en frío, es muy sano, no tengo ganas de morir ahogada.
