¿Cómo empieza el negocio de la banca? Aunque en nuestra mente seguramente está fijada la idea del banco como depositario seguro de las ganancias privadas, lo cierto es que su actividad como prestamista es tan antigua que sin duda puede decirse que existieron antes los banqueros que el negocio en sí. La posibilidad de que quien acumula dinero, o cualquier otro bien fungible que resulte apreciado socialmente, lo deje a otros a cambio de un rédito es, no cabe duda, una profesión. Quien vea en ello algo más reprobable que cualquier otro modo de ganarse la vida debe tener en cuenta que, para ciertas personas, el disfrute del dinero en viajes, coches o aperitivos no significa nada, o en todo caso menos que el ahorro. Si quien así puede acumular algo de dinero, lo deja a otro que, por la razón que sea, no lo tiene y este otro es capaz de levantar con él un negocio o salir de una situación apurada, está colaborando a la evolución de la economía productiva aunque el dinero en sí mismo no lo sea.

Como dice Harari, no ha habido en la historia de la humanidad ningún fenómeno material que haya concitado mayor consenso que el dinero. En algún caso una moneda concreta puede alterar su valor y caer en el descrédito, pero el dinero en sí, como factor mediante en el intercambio de bienes, se mantiene inalterable desde el momento siguiente a la economía de trueque. Algunos activistas modernos, conscientes del atractivo diabólico que genera el dinero, y de la avaricia que se acaba colando entre los resquicios que siempre deja la conducta del ahorrador y el carácter especulativo adquirido por los bancos más solventes, pretenden volver a ese origen prebancario, aunque se confunda en la noche de los tiempos y no pueda el trueque organizarse bien en grandes comunidades de personas como las que existen en la actualidad. No parece que pierda ritmo la tendencia de acumulación demográfica en grandes conurbaciones, y en ellas, más que jugar a imaginar el trueque, puntualmente posible en pequeños negocios, pero imposible a escala normalizada, habría que empezar a pensar en la exigencia de una cierta ética del negocio bancario. Pero la de verdad.

Me gustaría que existiera un avisador o norma ISO que distinguiera los buenos de los malos, no tanto en su carrera de beneficio como en su calidad humana

El blanqueamiento de los sepulcros bancarios se produce en su obra social o en sus fundaciones. Sin duda es de agradecer la tarea que llevan a cabo en la promoción del conocimiento, en proporcionar una cierta igualdad de oportunidades a colectivos desfavorecidos o excluidos socialmente, o en la divulgación y favorecimiento de la cultura. Pero eso, que forma parte del balance social de la empresa, elemento siempre esgrimido en su responsabilidad social corporativa, no es ni suficiente ni indiciario de una deontología profesional global. Mucho más interesante sería una revisitación de sus protocolos en el trato al cliente, cada vez más estéticos y menos cercanos, con locales que se tornan inhóspitos al trato y contratos que cumplen los estándares normativos, pero que en el fondo siguen siendo los formularios de siempre maquillados con las nuevas exigencias legales de protección del consumidor. Quienes regentan las sucursales son cambiados a menudo para que en nada intimen con los clientes, y sobre todo las ejecuciones hipotecarias y crediticias no discriminan situaciones, como si eso no les incumbiera, como si fuese lo mismo un piso vacío que uno donde hay niños, o una segunda residencia que el habitáculo de unos ancianos que no tienen otro lugar donde ir.

Sé que todos los bancos no son iguales, pero me gustaría que existiera un avisador o norma ISO que distinguiera los buenos de los malos, no tanto en su carrera de beneficio como en su calidad humana, y no tanto con sus trabajadores como con sus clientes. Me gustaría pensar que banca y ética no son términos incompatibles. Supongo que habrá que trabajar más ese flanco de la gobernanza.

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