El running ha sustituido al jogging o al footing, pero al fin y al cabo es lo mismo: correr. Análogamente, grabar o rodar se hace servir ahora para filmar. Mi abuelo llamaba filmar a realizar imágenes en vídeo. Y la Filmoteca de Catalunya tiene justamente este nombre, recuperando esta raíz. Filmar es lo que ha hecho la directora austríaca Ruth Bekermann, a quien se le ha dedicado una retrospectiva dentro del 21.º Festival de Cine Judío. Bekermann presentó con elegancia y contención la nada fácil película Homemad(e) y estuvo acompañada por el director de la Filmoteca, Esteve Riambau, que destacó el detallismo y el rigor de la cineasta. En palabras de los programadores, Bekermann "afronta el pasado para construir el presente".

En efecto, la documentalista ha cogido la cámara y ha salido a su calle, en Viena, y la película no es más que todo lo que se cuece en como máximo 200 metros desde la perspectiva de su casa. Y, naturalmente, pasa toda una vida. Desde la aparente conversación de café se acaba evocando el Holocausto, y con la excusa de preguntar sobre comida persa se presenta toda una filosofía de vida y de trabajo. Personajes de la calle se exponen al ojo fílmico de Bekermann y hablan, lloran, ríen, fuman, critican. Y callan. Los silencios ―que ella hace durar en tiempo real y por tanto incomodan― son claves. La vida no es sólo hablar atosigadamente. Las calles y las plazas antes eran para los locales, para la gente que vivía allí y las transitaba. La gran queja es que han pasado a ser de nadie, de los esporádicos, de los turistas. Al café no vas a tomar un café. Te dejas caer para leer, hablar o para vivir tu soledad de otra manera, le dicen a la directora. Homemade quiere decir "hecho en casa", pero sin la "e" final también quiere decir "casa de locos", y naturalmente ella juega con la confusión.

Filmar lo inefable es hacer de Dreyer, Bresson u Ozu: comprender qué hay en el alma humana que siempre busca. Algunos dan una posible vía espiritual. Otros dudan. Pero no la niegan

La Filmoteca es un espacio único para este tipo de películas, directores y coloquios. Ahora pronto desembarcará la Muestra de Cine Espiritual (15-20 noviembre), y este año uno de los autores que tratará serán las visiones japonesas de Yasujirō Ozu, con su particular manera de mirar el mundo: sitúa la cámara a 90 cm del suelo, a la altura de un tatami o cama japonesa. Disponer de un festival de películas y documentales espirituales durante 15 días permite que desde salas de pequeños pueblos hasta todas las prisiones catalanas, centros de menores, universidades, centros cívicos, locales parroquiales, teatros y salas de cine comercial o alternativo puedan acoger debates en torno a películas que tienen algún elemento que trasciende y que dibuja la pregunta por el sentido de la vida. No se trata de sesiones catequísticas o películas bíblicas. Filmar lo inefable es hacer de Dreyer, Bresson u Ozu: comprender qué hay en el alma humana que siempre busca. Algunos dan una posible vía espiritual. Otros dudan. Pero no la niegan. Estos festivales son también una oportunidad para que la gente joven participe y conozca otras culturas. Es por eso que los presentadores de los debates son de diferentes tradiciones y convicciones religiosas, y de diferentes edades.

El cine hace hablar a las personas. A los más jóvenes les hace ver que no todo es nuevo y que la historia pesa y a menudo es una losa que no se puede desprender fácilmente. A los viejos, escuchar la estupefacción de los jóvenes ante lo incomprensible (el exterminio, por ejemplo) es una pizca de esperanza en panoramas turbios e inciertos. El cine ya está siendo recetado en Canadá a personas con problemas psicológicos. El cine es terapéutico y una potente herramienta de diálogo intercultural. Más recursos y atención para el cine pueden hacer milagros.

Míriam Díez
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