No hay días más dulces durante el año que esta semana de primavera que Jesucristo dedicó a resucitar. Me gusta que la gente se vaya de vacaciones, que el pueblo quede tranquilo y que los chándales y los patinetes se vayan a gritar lejos de mis calles. La Semana Santa es magnífica para meditar y ahorrar. El Maresme parece Malibú bajo la luz de abril, más importante que el artefacto ampurdanés.
Yo ahora os explicaría por qué el poder de Pedro Sánchez, que tanto sorprende a los europeos, se alimenta de la vieja rivalidad entre catalanes y castellanos. A través del presidente de España podría acabar de dejar en calzoncillos a todo este mundo que se cae dando lecciones. Pero tengo que ir a llevar la mona a mi ahijada. Tengo que aprovechar las oportunidades que los rituales me dan para hablar con ella y asegurarme de que crece bien recta.
Se avecina una época difícil que pondrá a prueba la consistencia de nuestros cimientos. Por vacaciones me gusta compartir borradores de los libros que voy reescribiendo y, viendo las políticas que se intentan desplegar en nuestro nombre, me parece que este pasaje puede hacer de espejo y despertar algunas conciencias. Si Jesucristo resucitó solo una vez, sería excesivo pedir a Catalunya que hiciera un milagro cada siglo:
(...) A partir de 1939, la Rambla es la calle que más trabaja para alejar Barcelona de su historia y dar una imagen amable del franquismo. El paseo pasa de ser el espacio más cosmopolita de la ciudad a ser una postal turística de aquel cliché europeo según el cual África empieza en los Pirineos. Esta vez no será necesario levantar una Ciutadella. Gracias a los medios de comunicación de masas bastará con una buena ley de censura y una propaganda agresiva.
A través del nuevo sistema de prestigios, la combinación de picaresca y servidumbre tan típicamente castellana que el anarquismo y el nacionalismo habían impedido que acabara de penetrar en el país, se convierte en la reina y señora del paseo. En la Rambla pronto arraigará esta alegría gregaria de proletarios y de esnobs con más charlatanería que carácter, de esclavos en el sentido profundo de la palabra, que odian a su superior pero que necesitan obedecer a un amo como el aire que respiran.
Como escribió Pla, el régimen que se estableció en Catalunya después de la guerra era tan diferente del espíritu del país que hasta los árboles parecían manoseados. En sus memorias, César González-Ruano hace una descripción de la vida literaria de los años 50 que ayuda a entender por qué la Rambla acabó en el siglo XX siendo el paseo del travesti Ocaña, después de haber empezado siendo el paseo del poeta Maragall. "En Barcelona —dice González Ruano con el cinismo salvaje del espía de la Gestapo que fue— conocí a los cinco poetas jóvenes que más contaban en el ambiente literario, no muy importante ni demasiado espléndido, contrariamente a lo que se podía esperar de la ciudad."
Los cinco jóvenes que recuerda son los célebres Mauricio Montsuárez de Yoss, Julio Garcés, Manuel Segalá, Juan Eduardo Cirlot y Ramón Eugenio de Goicoechea, y continúa enumerando figuras legendarias el escritor franquista con su prosa de cadáver perfumado: "No necesito citar entre las amistades de Barcelona amigos tan firmes como Luis de Galinsoga y Eduardo Palacio Valdés, o como José Pardo, el delegado provincial de Educación Popular con el cual está tanto en deuda la concordia intelectual, la vida literaria y toda la posible y bien entendida libertad del escritor en Barcelona."
La Rambla sí necesita recordar que el premio de periodismo González-Ruano —de los mejor pagados de Europa— fue suprimido en 2014 gracias a la investigación de dos catalanes. El marqués y la esvástica destapa no solo el dinero que Ruano hizo implicándose en el tráfico de obras de arte, sino también en la extorsión de los judíos de París que intentaban escaparse por Andorra. El libro de Rosa Sala y Plàcid Garcia-Plana sirve para recordar que el mundo que se instala en la Rambla no es solo invasivo y violento; está tocado por una criminalidad europea que la dictadura y sus herederos han intentado rentabilizar. En los archivos franceses, consta que Ruano se hacía amigo de miembros de la Resistencia para ganar puntos ante los nazis haciendo de delator.
En nombre de "la libertad bien entendida", pues, la tradición del país es aniquilada. Solo diez años después de la Guerra Civil, las grandes figuras de la antigua Rambla ya forman parte de una historia remota. El paseo de Prat de la Riba, de Cambó, de Macià, de Gaudí, de Domènech i Montaner, de Puig i Cadafalch, de Pau Casals, de Pla, de Sagarra, de Maragall, de Verdaguer, de Riba, de Carner, de Papasseit, de Rusiñol, de Dalí, de Guimerà, de Soldevila, de Pompeu Fabra, de Picasso, de Ramon Casas, de Joaquim Mir, de Isidre Nonell, de Enric Granados, de Companys, de Salvador Seguí, de Francesc Layret, de Juli Vallmitjana, de Gaziel, de Joan Maria Planas, de Francesc Pujols y de muchos otros nombres que podría continuar escribiendo; esta Rambla está enterrada bajo un montón de propaganda y represión.
El poeta Stephen Spender anticipó el papel que las izquierdas castellanas ejercerían en los aspectos más sutiles de la represión contra Catalunya
A partir de ahora la Ciutadella se construye en la vida interior de cada catalán. La Ciutadella moderna hace la guerra psicológica, perfecciona el lavado de cerebro con las técnicas de los regímenes totalitarios. El poeta Stephen Spender anticipó el papel que las izquierdas castellanas ejercerían en los aspectos más sutiles de la represión contra Catalunya. Según explica en sus memorias, cuando en 1936 llegó a Barcelona se encontró el paseo adornado con los colores de la revolución. Los edificios confiscados por los partidos estaban cubiertos de grandes carteles y eso "hacía que la ciudad pareciera más pequeña". Spender recuerda la alegría expansiva de las multitudes. Dice que caminaban por las calles como un heredero que "examina la fortuna que acaba de recibir". Aun así, añade que le sorprendió descubrir, en este contexto, que los quioscos de la Rambla estaban llenos de libros en catalán, con "las obras clásicas más importantes, empezando por Homero".
Resulta que Spender fue invitado a participar en "un gran mitin" en el que cada discurso era traducido al catalán por un intérprete que "parecía capaz de resumir en tan solo seis palabras el sentido de cada intervención". Recordando los libros de la Rambla, elogió "la iniciativa de traducir los clásicos al catalán y hacerlos accesibles a todo el mundo con buenas ediciones y precios asequibles". Spender dice que hizo el elogio sufriendo por si parecía un peloteo. Pero enseguida notó que había tocado fibra sensible porque "los delegados españoles que no eran catalanes se pusieron furiosos sin disimularlo en absoluto".
Por la tarde, una delegación de intelectuales del país fue a encontrarlo para decirle que era "uno de los pocos extranjeros que había sabido valorar los esfuerzos que hacían para difundir la cultura". Al día siguiente lo invitaron a tomar té y el poeta Rafael Alberti lo acompañó. "Tan pronto como llegaron al encuentro, Alberti inició una diatriba contra los catalanes y acabó diciendo que la República sabría cómo tratarlos después de la victoria". Con esta anécdota se entienden mejor los acuerdos de la Transición y los esfuerzos que la dictadura hizo para sustituir las clases populares de Barcelona por otras que hablaran el idioma del Imperio.
El descalabro de la guerra es bíblico y parece un castigo divino para aleccionar a todas las partes. La burguesía que no había sido capaz de entenderse con los trabajadores tendrá que pactar con los líderes de la inmigración castellana y, por supuesto, adoptar su lengua. La clase obrera, que había abandonado el patriotismo por utopías de bobos, es barrida de la ciudad y de la Rambla y el catalán desaparece en pocos años de los bajos fondos de Barcelona. En cuanto a los franquistas que llegan o regresan a Catalunya con los privilegios de los conquistadores, la historia los ha ido poniendo en su sitio.
Nadie se acuerda, por ejemplo, de Antoni Simarro, el alcalde que hizo derribar de un día para otro el quiosco de Puig i Cadafalch que había en Canaletes para que los barceloneses no pudieran oponerse a ello. El director de La Vanguardia que dijo que "todos los catalanes son una mierda" —Don Luis de Galinsoga— ha pasado a la historia como un fanático de sainete e incluso en su periódico fingen no conocerlo. Y quién sabe quién es José Pardo, aquel sargento de los carabineros de Negrín convertido en jefe de la censura que decía al director de Destino, Ignasi Agustí, franquista como él, pero catalán: "Vosotros no venís a pactar. Estamos en un Estado sectario, con una prensa sectaria, dirigida por un hombre sectario que, mi querido Ignacio, soy yo".
La historia no lo aguanta todo, y nada chabacano puede prevalecer. Tan remilgado que era con el castellano —y tantos discursos oficiales que se hicieron con su prosa—, ¿y quién lee hoy los artículos de Luis Gutiérrez de Santamarina, el director de Solidaridad Nacional, que se paseaba por la redacción de su periódico armado con una pistola?
En la primerísima posguerra, Santamarina protagonizó una anécdota que representa muy bien la dinámica que siguieron las relaciones entre catalanes y castellanos durante el franquismo, y un poco más allá. Unos evitaban el conflicto, los otros exigían la disolución de los catalanes en el popurrí español.
—Tutéame, Pla, tutéame —dijo Santamarina a Pla con una gran simpatía el día del primer año triunfal.
—Don Luis —balbuceaba Josep Pla, confundido con la boina en la mano, plantado en medio de la Rambla.
—Déjate de don Luis. ¡Somos camaradas!
—Es que don Luis…
Creyendo que le tomaba el pelo o que se negaba al compadreo falangista, el director de Solidaridad Nacional sacó la pistola que siempre llevaba encima y lo presionó.
—O me tuteas o te mato.
Limpieza de catalanistas y de anarquistas, después de la guerra la Rambla pierde el pulso vibrante que le daba la amalgama de ilusiones que le habían ido poniendo los barceloneses más osados y cultos. Como hemos visto, una calle se hace a través de la tensión entre los intereses del poder y los intereses de la gente, y son importantes las conversaciones y los ideales que circulan por ella, la inspiración que los viandantes esperan poder encontrar en ella. El vacío que la dictadura deja en el paseo ha sido bien descrito por los novelistas. (…)
