El Gobierno ya ha comunicado a ERC que no cederá la recaudación del IRPF a la Generalitat de Catalunya. Mejor dicho, Pedro Sánchez se lo dijo a Oriol Junqueras el viernes en la Moncloa. Esto ha comportado que las incipientes conversaciones para que ERC diera apoyo a los primeros presupuestos de la etapa Illa se hayan frenado en seco. Parecería más lógico que, si el que incumple es el Gobierno, la consecuencia también fuera de rango español, es decir, que los republicanos dejaran de dar apoyo a Pedro Sánchez. Pero es que en el Parlament de Catalunya, Esquerra sí puede jugar con otras posibilidades de alianzas y por eso la negativa a aprobar los presupuestos a Illa es más creíble, paradójicamente, que hacer caer a Sánchez.
El presidente español ha conseguido tejer una estrategia que consiste en esgrimir algo tan antiguo como “o yo o el caos”, donde yo es Pedro Sánchez y el caos es Vox. En Catalunya, Salvador Illa no lo puede decir, porque en su lugar no tendría el caos, sino un bloque independentista. De esta manera, haga lo que haga Sánchez, siempre podrá decir que quien no le dé apoyo estará acelerando, o directamente facilitando, una llegada al poder de Vox, ya sea como muleta del PP o, si el CIS lo infla más, a la inversa. De hecho, este es el escenario ideal y deseado para el PSOE: que Vox acabe superando al PP en intención de voto. Si el PP gana y necesita el apoyo de Vox, Alberto Núñez Feijóo siempre podrá decir que pacta con ellos para ser él el presidente y que no tiene más remedio que apoyarse en la extrema derecha. Pero si Vox pasa por delante del PP, Feijóo tendrá que decidir si es él el que facilita la presidencia a Santiago Abascal.
Una vez más, los ciudadanos de Catalunya han pagado el precio del miedo a la derecha española que esgrime la izquierda española
Sea en el rol que sea, la llegada de Vox al poder es hoy por hoy el principal punto fuerte de Pedro Sánchez. Lo es como reclamo electoral (por lo del voto útil), pero también lo es para tener sometidos a los socios estables de legislatura que, ante la inexistencia de cualquier otro escenario posible, tienen una capacidad de negociación mucho más baja que si hubiera alternativas más factibles. Es esto lo que explica, por ejemplo, que la querida imprevisibilidad de Junts se haya traducido en pactos reales como la ley contra la multireincidencia. Y es por este mismo motivo que la propuesta de Gabriel Rufián, que tiene mucho sentido y mucha inteligencia política en determinadas esferas, comete dos pecados originales que ya comprometen su potencialidad negociadora: nadie se equivocaría al pronosticar que, en caso de posible investidura a Pedro Sánchez, el frente de izquierdas español que propone Rufián votará sí. No hay otra posibilidad. Y conocedor de esto, el líder socialista puede atender de manera muy restrictiva cualquier reivindicación que le venga de esta parte del espectro ideológico. El segundo pecado original, este menos técnico y más subjetivo, es que de la misma manera que Junts pel Sí diluyó las ideologías en favor de Catalunya, el frente de izquierdas de Rufián pretende diluir las reivindicaciones territoriales en favor de una ideología (y quizás por eso Bildu, el BNG y la propia ERC ya le han dicho que no).
Aunque, ciertamente, no hay muchos escenarios imaginables más allá de una mayoría PP-Vox o de un conglomerado liderado por Pedro Sánchez, el hecho de sucumbir tan prematuramente y tan irreversiblemente hacia una presidencia socialista, hace que Sánchez se sienta con suficiente fuerza para gobernar con la misma tranquilidad que si dispusiera de mayoría absoluta, porque, al fin y al cabo, sabe que ninguna formación de izquierdas lo dejará en la estacada, y si alguien tiene la tentación de hacerlo, solo hay que mostrar el espantajo de Vox y volver al punto cero. Y Sánchez, el audaz, maneja muy bien este recurso del miedo para, cuando le conviene, plantarse. Esto es lo que ha pasado con la gestión del IRPF, ahora que se acercan elecciones andaluzas y en las que la candidata del PSOE, María Jesús Montero, es, precisamente, la ministra que debía firmar la cesión a Catalunya de los impuestos que pagan los catalanes. Y esto es exactamente lo que han vuelto a hacer los catalanes tengan la ideología que tengan: pagar, con sus impuestos, el miedo a la derecha española tan bien utilizada por la izquierda, también española.
