Esta parece una pregunta trivial, pero a veces las cosas que nos parecen más “normales” del mundo, porque siempre hemos observado que suceden de una determinada manera, son las más difíciles de explicar científicamente. El problema de la caída de los gatos de pie ha vuelto locas a generaciones de físicos, porque parece contravenir las leyes fundamentales de la física. Ya a finales del siglo XIX, en la revista Nature, se publicó una secuencia cronofotográfica de cómo cae un gato (mirad las imágenes que os adjunto), en la que queda indudablemente reflejado que, aunque el gato es dejado caer desde una posición elevada, en la que la espalda está orientada hacia el suelo (ya que una persona lo tiene agarrado por las cuatro patas), el animal se revuelve en el aire a media caída para acabar cayendo de cuatro patas, sin ningún rasguño y sin romperse ningún hueso.

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Serie cronotográfica de la caída intencionada de un gato, obtenida por Étienne-Jules Marey, publicada en la revista Nature 51, 80–81 (1894). Se considera la primera evidencia grabada de la voltereta aérea de la caída de un gato que cae de pie.

Varios físicos han intentado comprender cómo se puede producir este fenómeno. Siempre se había pensado que los gatos eran capaces de rotar en el aire porque se impulsaban desde el lugar del que saltaban, pero en esta secuencia se observa claramente que el gato no tiene las patas sobre ningún soporte que le permita impulsarse, sino que es dejado caer por una persona. Si en vez de tratarse de un ser vivo fuera un objeto rígido, como un cilindro, nunca podría efectuar este giro en el aire sobre su eje central sin que existiera un elemento de propulsión o una fuerza que lo hiciera girar, ya que no se explicaría cómo se puede generar este movimiento angular sin ninguna fuerza externa.

En 1969, se ofreció una explicación plausible, porque una observación detallada de la secuencia de estas fotos (o de cualquier observación cuidadosa de un gato cuando cae) permite detectar que el gato no es un cilindro rígido, sino que es un organismo vivo que ejecuta una maniobra inesperada cuando cae, de forma que la parte superior del cuerpo gira en una dirección (siempre se orienta hacia el suelo) mientras que la parte inferior del cuerpo gira justo hacia el otro lado. Esto implica que no se rompe ninguna ley física porque existe conservación del momento angular; un giro y el otro se compensan y quedan en valor cero.

El problema de la caída de los gatos de pie ha vuelto locas a generaciones de físicos, ya que parece contravenir las leyes fundamentales de la física

De hecho, se sabe que los gatos no nacen sabiendo cómo caer, sino que es un comportamiento que aprenden y perfeccionan alrededor de las 4-6 semanas de vida, y que ya tienen totalmente adquirido hacia las 9 semanas de vida. Cuando el gato cae, sus canales semicirculares del oído interno detectan muy rápidamente dónde es abajo y dónde es arriba, es decir, dónde está el suelo. Entonces son capaces de girar la parte superior del cuerpo con las patas encogidas, hacia el suelo, mientras que la parte trasera del cuerpo gira a la vez hacia el otro lado, con las patas estiradas. Esto implica que el giro, igual que ocurre con la gente que patina o baila, es más rápido con las patas encogidas (por lo tanto, en el caso del gato, le permite orientar el cuerpo mirando al suelo), mientras que el movimiento giratorio es un poco más lento para la parte posterior del cuerpo. Una vez el gato ya está bien orientado y mirando al suelo, solo debe girar la parte de atrás del cuerpo en la misma dirección que la parte delantera, que ya está encarada, y tocar el suelo con las cuatro patas.

¿Cómo puede una columna vertebral hacer este giro en dos direcciones opuestas sin romperse? Esta era una cuestión irresoluta, pero justo un grupo de científicos japoneses acaba de publicar unos estudios abordando esta cuestión. A partir de la donación para la ciencia de cinco cadáveres de gatos, dividiendo la columna en dos partes (torácica y lumbar) y efectuando distintos estudios de resistencia, flexibilidad, fuerza y torsión, demuestran que la parte de la columna torácica (la anterior) es excepcionalmente más flexible y capaz de girar hasta casi 50 grados respecto a la parte de la columna lumbar (la posterior) en estos felinos. Esto explica que los gatos puedan hacer esta voltereta lateral en el aire. También lo pueden hacer conejos, ratones y algunos lagartos, pero no deja de ser una proeza. Evidentemente, los científicos acaban repitiendo los experimentos en gatos vivos, para grabar los detalles del giro en el aire y la torsión de las dos partes del cuerpo.

El tema de los gatos ha hecho pensar mucho a los físicos; por ejemplo, han intentado comprender por qué, en estudios publicados por veterinarios en el ejercicio de su profesión, se ha observado que, si caen de edificios muy altos, parece que no les afecte la altura. A partir de siete pisos y más arriba, la mayoría de los gatos que caen no presentan lesiones corporales debidas a la caída de mayor altura. Esto nos puede parecer muy antiintuitivo, ya que en los humanos las lesiones son más graves cuanto más alta sea la caída. Parece lógico. Pues no ocurre así con los gatos. Si este tema os interesa, os recomiendo leer un artículo en el Scientific American, de un físico que desarrolla las fórmulas matemáticas para demostrar cómo de la manera en que caen los gatos (una vez que han girado en el aire y miran hacia el suelo), con el cuerpo y las patas bien extendidas ofreciendo resistencia al aire, puede llegar a un equilibrio con la aceleración debida a la fuerza de la gravedad, de modo que a partir de una cierta altura, la fuerza de la gravedad y la fuerza del rozamiento se compensan, y los gatos no pueden superar una velocidad límite, que se vuelve constante durante el resto de su caída, como si fueran paracaidistas.

A mí me parece increíble cómo la evolución y la selección natural han permitido desarrollar en el gato unos comportamientos no innatos, sino aprendidos, que, además, cuadran con sus características anatómicas y sus capacidades para realizar piruetas y contorsionarse en el aire. Es verdaderamente espectacular.